"Tras un accidente, hablar de mala suerte deja a la familia sola en un vacío de explicaciones"
Tras las últimas tragedias en el Pirineo Aragonés, hablamos con Alberto Ayora, expresidente de la FEDME y con más de 30 años de experiencia liderando equipos en alta montaña, sobre los riesgos que se viven en estas aventuras
Alberto Ayora, durante una travesía de alta montaña. (Foto cedida por Alberto Ayora)
"En enero de 1993, haciendo esquí de montaña en el Valle de Estós, sobreviví a mi primer alud de nieve que, como sucede en la mayoría de las ocasiones, provoqué yo mismo. No fue algo "extraordinario". No apareció "repentinamente". No nos "sorprendió". No fue "mala suerte". Nosotros sobrecargamos el manto nivoso, una capa colapsó y el alud de placa se desencadenó y nos arrastró".
El protagonista de esta historia que, nunca mejor dicho, vive para contarla, nos recuerda las tragedias que recientemente se han vivido en una tierra que conoce bien como es el Pirineo aragonés. Su nombre esAlberto Ayora, coronel del Ejército de Tierra español en situación de reserva, con más de 30 años de experiencia liderando equipos en alta montaña, operaciones especiales, expediciones internacionales y entornos de alto riesgo.
El que hasta hace un año fuera presidente de laFederación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME), al frente de la cual impulsó una transformación que logró los mejores resultados sociales y deportivos de la historia de la institución, es autor de los libros Gestión del riesgo en montaña y actividades al aire libre (Desnivel 2008) y Riesgo y liderazgo (Desnivel 2011).
Cuando en 2010 llegó a la FEDME, uno de los integrantes del equipo español de alpinismo había sufrido un accidente mortal y le pidieron ayuda para implantar procedimientos que hicieran las actividades más seguras. Se diseñó un Sistema de Gestión del Riesgo y en 2015 se constituyó el Comité de Seguridad que él mismo presidió. Una materia que conoce bien y comparte con los lectores de El Confidencial.
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PREGUNTA. Alberto, el alud del Valle de Estós, en Benasque, no fue el único que ha vivido... y del que ha sobrevivido.
RESPUESTA. Tres años después, en 1996, afrontaba un ochomil por primera vez en el Karakorum. El aerosol de un enorme alud de nieve polvo, que se desencadenó cientos de metros por encima de nosotros en el Hidden Peak, nos alcanzó y nos cubrió. Afortunadamente, sobrevivimos en ambas ocasiones. La diferencia es que en el último caso íbamos al rescate de un compañero. Sabíamos que podía suceder y asumimos el riesgo. Tampoco 'nos sorprendió'. En el alud que desencadenamos nosotros en los Pirineos, estábamos en el lugar y la hora que no teníamos que estar.
"En el alud que desencadenamos nosotros en los Pirineos, estábamos en el lugar y la hora que no teníamos que estar"
P. Y eso con su formación.
R. Sí, con formación y cierta experiencia, pero cometimos varios errores que analizo en mi libro sobre la gestión del riesgo y que he compartido públicamente. Si hubiéramos fallecido, seguro que se hubiera dicho que éramos expertos", o que éramos "federados" y que habíamos tenido "mala suerte". Nadie explicaría el porqué del accidente. Puede comprenderse en el ánimo de quien inocentemente busca dar consuelo a los seres queridos, pero invalida la búsqueda de sentido.
"Si hubiéramos fallecido, seguro que se hubiera dicho que éramos expertos o federados y que habíamos tenido mala suerte"
P. Algo que usted ha tenido que hacer en más de una ocasión.
R. Por desgracia, me ha tocado explicar personalmente cómo han fallecido amigos en la montaña y dar la noticia a sus familiares. Mi labor no ha sido darles la "respuesta" de por qué murió su ser querido, sino acompañarlos mientras ellos intentan encontrarla. En el duelo traumático por accidente, los familiares quieren saber las causas. Decir que fue "mala suerte" interrumpe ese proceso necesario de entendimiento. El error del político, el periodista y de muchas personas es que "cierran el caso" con la etiqueta de la "mala suerte", dejando a la familia sola al día siguiente en un vacío de explicaciones.
Alberto Ayora, expresidente de la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDM). (EFE/Rafael Peña)
P. Tan duro como real.
R. Mientras la familia busca un sentido humano y, en ocasiones, justicia, el discurso público busca estabilidad y protección institucional, lo que genera esa desconexión tan dolorosa entre la realidad de las víctimas y las declaraciones oficiales. Para un político, admitir que un accidente ocurrió por errores humanos abre la puerta a posibles demandas y a crisis reputacionales. La "mala suerte" para él se convierte en su escudo. Si el siniestro lo achaca a que es fruto del azar, nadie es culpable.
"Mientras la familia busca un sentido humano y, en ocasiones, justicia, el discurso público busca estabilidad y protección institucional"
P. Antes ha citado a los periodistas.
R. Sí, los periodistas, a menudo operan bajo una presión de tiempo extrema y sin entender el fenómeno sobre el que tienen que escribir. Atribuir un suceso a la "mala suerte" o a una "tragedia fortuita" es una forma rápida de narrar lo sucedido sin esperar a los peritajes técnicos, que pueden tardar más tiempo del que disponen. Por eso, muchas veces, tienden a llamar "accidente", implicando azar, a acontecimientos perfectamente explicables y que podrían haberse prevenido.
P. ¿Y cómo explica esto?
R. En el fondo subyace un intento colectivo de mantener un cierto orden social. Las catástrofes generan inestabilidad y miedo en la población. Si un tren descarrila, la gente siente que todos los trenes son peligrosos. Al decir que fue un evento de "mala suerte" se intenta transmitir que el sistema sigue siendo seguro y que lo ocurrido es una excepción estadística, uno entre un millón, que no debería repetirse.
"Al hablar de "mala suerte" se intenta transmitir que el sistema sigue siendo seguro y que lo ocurrido es una excepción estadística"
P. ¿Y qué propone al respecto?
R. Desde hace muchos años, cuando ocurre un accidente grave en la montaña, y más cuando afecta a amigos y conocidos, siempre me afectan profundamente. Y tengo muy integrada una reflexión: ¿Qué podía haber hecho yo para evitarlo? ¿Qué puedo hacer yo para impedir hechos similares en el futuro? ¿Cómo ha podido suceder? Y es que me esfuerzo en que mis hijos, mis amigos, que quienes amamos la montaña, no sufran ni suframos accidentes previsibles y que podían haberse evitado. Ese es el primer atisbo de la inteligencia, individual y colectiva, buscar y usar información para sobrevivir.
Imagen de una travesía por un monte nevado. (Fotos cedidas por Alberto Ayora)
P. Sobrevivir, en el fondo, es de lo que se trata.
R. Y ese objetivo, sobrevivir, es la semilla de la intencionalidad, que a su vez es el comienzo de la inteligencia. De los seres inteligentes. De quienes tienen la intención de disfrutar su pasión, vivir y llegar a la senectud con plenitud. De los sistemas que perciben el mundo, actúan en consecuencia y actualizan constantemente su comportamiento.
"El profesional de la seguridad no tiene que pensar en qué le parece a él esa decisión, sino pensar como un buen padre o una buena madre"
P. ¿Cuál puede decirse que es su método?
R. Cuando he sido profesor, en situaciones de riesgo siempre he tratado de pensar en mis alumnos como si fueran mis hijos. El experto o profesional de la seguridad, léase un guía de montaña, un especialista de rescate, un ingeniero o arquitecto que firma un informe de seguridad, etc., no tiene que pensar en qué le parece a él tomar esa decisión. Tiene que pensar como un buen padre o una buena madre. ¿Llevaría a esta situación de posible riesgo y expondría a su familia, a sus hijos? Si la respuesta es afirmativa podríamos decir que está muy cerca de un riesgo aceptable. Si las líneas rojas las marcara este condicionante, tú y tu familia, todo sería más seguro.
P. Entonces, ¿por qué hablamos siempre de accidente?
R. Accidente tras accidente, las primeras palabras que se pronuncian, en medios de comunicación o en declaraciones institucionales de responsables políticos, se llenan de esas frases recurrentes que anulan cualquier aprendizaje. No explican las verdaderas causas. Son excusas narrativas. Sirven para cerrar el tema rápido, no para entenderlo. Pero marcan el relato y obstaculizan cualquier intención de profundizar en el porqué. Es el silencio de la verdad y la muerte de la inteligencia.
"Accidente tras accidente, las primeras palabras anulan cualquier aprendizaje. Es el silencio de la verdad y la muerte de la inteligencia"
P. Es decir, que se debe informar sin tapujos.
R. Se condiciona cómo la sociedad entiende el riesgo. Y dificulta avanzar en el aprendizaje para evitar más muertes en el futuro. Las frases hechas que se usan habitualmente aparentemente tranquilizan, pero desinforman. Y en entornos de riesgo, desinformar tiene consecuencias muy graves. “Eran expertos”. “Qué mala suerte”. Siempre es igual. Tras el accidente una ola de “experiencia y expertos en todo” nos invade.
Ayora, con Quico Borja (i), en el campamento base del Campo 3 del GII.
P. Vamos, que estamos rodeados de expertos...
R. “Expertos” periodistas, “expertos” políticos, “expertos” presidentes de clubes y federaciones de montaña, “expertos” montañeros, “expertos” comentaristas en redes sociales… “expertos” en lo que no se sabe. Un jurado popular dictando veredicto. Un tribunal implacable señalando culpables, declarando inocencia o emitiendo juicios morales. Juicios prematuros e infundados. "Eran unos inconscientes", "hay que cobrarles el rescate".
"Expertos periodistas, expertos políticos... expertos en lo que no se sabe. Un jurado popular dictando juicios prematuros e infundados"
P.La experiencia no garantiza la seguridad, ¿no es así?
R. Correcto, porque la experiencia por sí sola no mide el grado de exposición al riesgo, ni una mejor gestión de la incertidumbre. Avala, como mucho, cuántas veces se ha sobrevivido a decisiones pasadas. Nada más. Los “expertos” no somos infalibles. Y somos víctimas de las 'trampas' a las que nos enfrentamos en nuestras decisiones. Porque por muy expertos que seamos nos equivocamos. Y no es mala suerte.
"Si tras leer una noticia de accidente, el lector solo piensa "qué mala suerte" o "a mí no me pasaría", hemos fracasado como comunicadores"
P. Es decir, que es mejor no mentar a la suerte.
R. Si tras leer una noticia de accidente el lector solo piensa: "Qué mala suerte” o “a mí no me pasaría”. Entonces hemos fracasado como comunicadores. La función del periodismo o del político no es consolar ni sentenciar, sino ayudar a comprender el riesgo real. Porque cada excusa repetida es una lección perdida. Y en montaña, y en la vida, los errores que no se aprenden a evitar, se repiten.
"Informar sobre un accidente de montaña no es solo narrar un suceso: es construir cultura de riesgo. Es evitar muertes en el futuro"
P. ¿Puede decirse entonces que no solo se trata de informar, sino también de educar?
R. Informar sobre un accidente de montaña no es solo narrar un suceso: es construir cultura de riesgo. Es evitar muertes en el futuro. Los seres vivos sobreviven prediciendo el futuro, prediciéndose a sí mismos y prediciéndose entre sí. Trabajando en equipo.
Alberto Ayora, durante una travesía.
P. Hablamos de deporte y sale a relucir la palabra equipo.
R. Sí, porque más que la brillantez individual, lo que se necesita es inteligencia de equipo. Inteligencia que se construye a través de la confianza, que es fundamental para la inteligencia colectiva. La confianza permite que la información fluya libremente y crea la seguridad psicológica, donde los miembros del equipo realmente comparten conocimientos, exponen abiertamente “cómo lo ven”, admiten errores, y si es necesario renuncian y se dan la vuelta. Por eso los equipos cohesionados son más seguros que grupos de gente que se juntan ocasionalmente para una actividad.
"La mala suerte y el control total no existen. Entre ambos está la posición honesta: la humildad ante un riesgo que no desaparece"
P. Y una vez más vamos a parar a la experiencia, en este caso colectiva.
R. La verdadera experiencia no es acertar siempre. Es dudar incluso cuando todo parece claro. Es aceptar que podemos equivocarnos, que nuestros modelos mentales son incompletos, que la intuición también se sesga, y que la seguridad no se basa en haber sobrevivido muchas veces, sino en reducir sistemáticamente la exposición al error.
P. Y no creer en la mala o buena suerte.
R. La mala suerte no existe, como tampoco existe el control total. Entre ambos extremos está la única posición honesta: la humildad frente a un riesgo que nunca desaparece. Recuerdo que cuando publiqué el libro sobre la gestión del riesgo en montaña, muchos titulares recogieron un axioma: el riesgo cero no existe. Hoy afortunadamente ya se repite habitualmente.
"Si queremos evitar muertes innecesarias, la sinceridad y lo 'políticamente incorrecto' no debieran estar reñidos con la verdad"
P. ¿Y qué me dice de las mejoras para, valga la redundancia, mejorar la seguridad?
R. Las mejoras son lentas y silenciosas, mientras que las catástrofes son rápidas y ruidosas. Por eso los titulares ignoran las primeras y destacan las segundas. Si queremos mejorar, hay que ser valientes. Si queremos evitar muertes innecesarias, la sinceridad y lo “políticamente incorrecto” no debieran estar reñidos con la verdad, ni con coartar a una sociedad que necesita aprender y mejorar. Para sobrevivir.
"En enero de 1993, haciendo esquí de montaña en el Valle de Estós, sobreviví a mi primer alud de nieve que, como sucede en la mayoría de las ocasiones, provoqué yo mismo. No fue algo "extraordinario". No apareció "repentinamente". No nos "sorprendió". No fue "mala suerte". Nosotros sobrecargamos el manto nivoso, una capa colapsó y el alud de placa se desencadenó y nos arrastró".