el testimonio de david munilla

"¿Qué hago colgado siete horas como un jamón?": Relatos de un fotógrafo de montaña

A comienzos de los 80 del siglo pasado, David Munilla fue el primer profesional que hizo fotografía de montaña en España. Treinta años después, ha elevado su oficio a la categoría de arte

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La imagen de apertura de esta crónica muestra a una persona menuda, fibrosa, sonriente y que peina canas. Está sentado sobre un travesaño de una escalera de ferralla cuyo origen y final se nos oculta. La cámara fotográfica impide ver su rostro. Es David Munilla. A comienzos de los años ochenta del siglo pasado fue el primer profesional que hizo fotografía de montaña en España. Treinta años después es una institución que ha elevado su oficio a la categoría de arte.

Le pedimos a Munilla que eligiese cinco fotografías y las comentase para los lectores de El Confidencial. Su primera elección, un Toro de Osborne, puede resultar chocante a simple vista. Sin embargo, si fijamos nuestra atención veremos una silueta que se balancea en el vacío agarrada a la oreja del animal. Lo recuerda así: “El alpinista Carlos Suarez, por aquel entonces uno de los primeros escaladores españoles en hacer rutas de alta dificultad sin cuerda, vino en 1999 a dar una conferencia en Andalucía. Invitado en mi casa, salimos a escalar juntos. Al regresar, la silueta del icónico Toro de Osborne resaltaba en el horizonte. Era uno de sus ejemplares más altos. Aparqué el coche lo más cerca que pude y le dije a Carlos que debíamos dar a conocer la escalada al gran público, que subiera por donde pudiera. Se le veía pequeño y no resaltaba. Le grité que saliera hacia la oreja. Al bajar me confesó que la soldadura que unía la oreja a la cabeza del toro, apenas cinco centímetros de pestaña metálica, estaba cediendo en el momento que escuchó ¡vale la toma! Siempre quise repetir la idea porque la luz del cielo de ese día era mejorable. No he tenido suerte, algunos amigos que he llevado para intentarlo se han negado al ver la débil estructura que soporta las orejas”.

“El Toro de Manolo Prieto es un poderoso símbolo, un componente que es insustituible en nuestro paisaje, que los burócratas querían borrar”, afirma rotundo Alberto Corazón, el primer diseñador gráfico en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Precursores

Ansel Adams y Galen Rowel fueron los precursores de la fotografía de montaña. Adams tenía un gran control sobre la luz y la medición. Así, inventó el sistema de zonas, lo que le permitía obtener la mejor exposición posible en cada situación. La gran profundidad de campo de sus fotos en blanco y negro —tomadas en los años treinta— del mítico Parque Nacional Yosemite, en los Estados Unidos, son mundialmente conocidas. “El que dio el salto e introdujo al ser humano en el medio fue Galen Rowell, que era un gran montañero. Hasta Rowell nadie se había colgado con una cámara para hacer fotos de escalada o de grandes paredes”, afirma Munilla.

En diciembre de 1914, la Revista Peñalara publica la primera fotografía que muestra una actividad de alpinismo en España. En la imagen, un grupo de cinco hombres manipulan unas largas cuerdas. En el pie de foto se puede leer: “Uso de la cuerda. Dos caravanas de tres personas, encordándose para cruzar un campo de nieve”. Está tomada en Gredos y la firma Antonio Prast. Uno de los grandes fotógrafos del primer tercio del siglo XX.

Movimiento

“Cuando eres un fotógrafo acreditado, los escaladores que pasan por delante de tu objetivo confían en ti como un director de cine que mueve la escena a su antojo. Están pendientes de tus 'a veces' estúpidas órdenes. No llegan a percibir que mi propuesta tiene consecuencia directa en la escalada y en su representación. No lo pueden ver. Es como decirle a Rafa Nadal, 'dale de revés', cuando claramente sería un 'drive'. Sin embargo, uno de los pilares básicos de la fotografía de escalada es traducir a una escena con movimiento esa otra en la que el protagonista está inmóvil y firmemente asido. Ahí precisamente radica la dificultad de todo”, expone Munilla.

De 1980 en adelante se produjo un 'boom de fotógrafos' que coincidió con la aparición de numerosas revistas de montaña. “Yo empiezo en los ochenta junto con unos periodistas americanos y franceses. En Francia son muy importantes los deportes de montaña. Esos fotógrafos y yo, aquí en España, solito, éramos una especie de Generación Dorada de la fotografía de acción en montaña. Colgarte en paredes, ir a diferentes expediciones, pasar frio... De esa generación sigo yo y un par de americanos, de los franceses no queda nadie. Luego se incorporará mucha más gente”, evoca.

Pregunta. ¿Fue una etapa muy creativa?

Respuesta. “Sí, sin duda. Todo estaba abierto. Podías fusionar el paisaje, centrarte en el escalador, captar planos abiertos, cerrados, limpiar los fondos. La profusión de revistas especializadas que dedicaban páginas a la escalada en muchos países contribuyó a que este tipo de fotografía se valorara cada vez más. Quizá yo destaque por aplicar mucha técnica en cada toma, sobre todo en la iluminación: manejar las sombras y mezclar las luces naturales. Fui el primer fotógrafo de escalada en utilizar la iluminación de varios flashes en ciertas tomas. La técnica era tan innovadora que les asustaba publicar aquellas fotos. Han pasado 27 años y hoy parece que si no lo haces de esta manera no eres un buen fotógrafo”.

Gesto

“La fotografía de escalada nació acompasando el paisaje que rodeaba al montañismo y mostrando al mismo tiempo el lado humano. Mejoró la técnica fotográfica en sí y el modo de comunicación visual. Hoy la foto clave sigue siendo aquella que muestra el gesto de esfuerzo, de asombro, de hazaña, de miedo, de pasión... Es el verdadero reto del fotógrafo y algo que no es fácil conseguir. No es sólo acercarse al escalador, a veces tanto que uno está colgado como una araña en medio del vacío, sino escudriñar el ángulo que pueda captar ese instante clave. Además,la profusión de objetivos angulares permite acercarse mucho a la acción y mostrarlo todo, pero lo complicado es sacar el gesto con un teleobjetivo. La imagen estará más recogida y compacta. Probablemente cuente una historia de mayor interés. Este es otro de los retos a vencer en la fotografía de escalada. Uno de sus ABC”, explica.

P. Como diría un erudito a la violeta, tú no eres nativo digital, ¿verdad?

R. “Tendría que darle la razón a ese erudito, pero si no hubiese crecido con la fotografía analógica, y no me refiero solo a una coincidencia temporal sino a algo más esencial, yo sería otro profesional y dudo que mejor. Las limitaciones, especialmente en lo que afectaba a la sensibilidad de los soportes, te hacían trabajar más en espacios abiertos, combinar las luces interesantes y esperar los momentos álgidos de plasticidad lumínica. Todo eso te ayuda ahora a tener las cosas claras. Analizas la imagen globalmente. Prevés el resultado porque lo tienes memorizado. Una foto debe contar una historia en un fotogra­ma y resumirlo todo ahí”.

“La vía de escalada puede tener varios puntos interesantes, pero seguro que hay uno mejor que otro. Ese es el que hay que descubrir. Lo demás sobra. No es un vídeo. Aunque el escalador se em­peñe en que el paso clave es el mejor, igual no lo es. Me gusta preguntarles y ver sus gestos. La cara me da pistas. Va en consonancia con la captura de la mirada. Eso determina la posición, el ángulo y, sobre todo, la seguri­dad de que va a contar algo”.

Soñar

“La escalada de bloque es una puerta abierta a la creatividad. Permite realizar muchas tomas diferentes, cambiar de ángulos y el escalador puede repetir bastantes veces ciertos movimientos. A pesar de ser el campo de fotografía más asequible para el aficionado, muchas de las tomas se parecen unas a otras. En general se copia bastante. Cuando una toma nueva o un estilo gusta, es fácil copiarlo. Es la parte de la fotografía de escalada que más imágenes acumula. Cuando voy a realizar un reportaje, intento mostrarle al gran público lo que hay además de la escalada y que pueda soñar con ir allí. En este caso, la atmósfera de una zona de escalada gallega se condensa así en una imagen poco habitual”.

P. En los ochenta tuvieron que ingeniárselas. Idearon técnicas y el propio relato. El reto era lograr que la fotografía fuese preponderante al hecho deportivo. ¿Cómo resolviste el reto de lograr esa imagen no subordinada?

R. “Tenías que separarte de la cordada. Situarte en una posición desde la que pudieras captar la escalada en toda su esencia. Empecé a inventar cachivaches: una sillita con una chapa de aluminio y unas cuerdas muy finas; una especie de guindola que me permitía pasar mucho tiempo colgado en el vacío... Fue fundamental, porque estaba razonablemente cómodo, bien colocado y con una buena posición”.

Continua David con sus recuerdos. “Buscabas el mejor ángulo para retratar a un escalador. Utilizábamos las cuerdas de los espeleólogos. Son cuerdas estáticas muy largas que te permiten descender. Sentado en mi confortable pieza de aluminio los esperaba. Utilizaba un descendedor de poleas, también de espeleología. Era un freno que te permitía bajar poco a poco. Incluso con guantes gruesos. Eso era fundamental. Ibas descendiendo lentamente hasta llegar al ángulo que te gustaba. Parabas y a esperar”.

P. Bueno, no parece muy complicado; ¿nada más?

R. “Espera, espera —interrumpe David—. Había que resolver dos problemas cruciales. Primero, conseguir separarse de la pared para tomar ángulos con mayor amplitud. Hoy en día las vías de escalada permiten al fotógrafo estar colgado como una araña, muy separado del escalador, pero en los inicios no era así. Llevaba unos palos de aluminio de las fregonas que utilizaba para distanciarme de la pared. Y, en segundo lugar, teníamos que encontrar el objetivo que te diera el equilibrio entre tener un buen ángulo abierto, pero al mismo tiempo no deformar al personaje. Al final encontramos que el 24mm era el objetivo clave para que ni el escalador se deformara mucho y tú tradujeras esa sensación de vacío, de perspectiva. En aquellos años había muy poco donde elegir. Tenías un ojo de pez de Nikon, que era un 8mm prácticamente circular, un 20mm fijo y luego el 24. ¡Y ya está! Lo mismo sucedía para acercarte ¡A ver qué teleobjetivo! Vimos que el 250mm a un f/2.8 era lo perfecto para sacar al escalador aislado, en medio de la nada”.

Sublime

“Mostrar la grandiosidad del medio alpino al gran público es muy complicado cuando no se tiene una referencia humana. Tampoco en este tipo de fotografía se dan muchas ocasiones para ello. Lo normal es que el paisaje engulla todo lo que es pequeño. Los cambios de luces repentinos hacen que todo varíe en unos segundos. Unido a esto, el cansancio y la pesadez de tener que moverte con una cámara profesional colgada del cuello a cierta altitud, hacen que la fotografía de alpinismo sea una tarea ardua. Más cuando estás escalando y quizá envuelto en una tormenta, que es precisamente cuando se producen las mejores luces o contrastes como en esta imagen”.

David Munilla ha conseguido captar esos instantes que muestran la esencia del alpinismo. Esos escenarios que llamamos voluntariamente sublimes porque elevan las fuerzas del alma por encima de su medianía ordinaria. Algo que solo quien los ha transitado lo comprende en toda su hondura.

P. ¿Es duro esperar a la cordada o al escalador para hacer la toma?

R. “Esa dureza la mitigas con el trabajo previo. El estudio de las localizaciones, dónde están situadas las paredes, cómo le da la luz… Imagínate que vas a hacer un reportaje en una cascada de hielo; tú no puedes estar ahí colgado siete horas esperando que lleguen. Te mueres de frío. No puedes decir: bueno, vamos a esperar un ratito más. ¿Cómo? ¡Si me muero de frío aquí!”.

De raza

P. Está bien, David, te mueres de frío o te curas muy bien.

R. “Si, te curas como un jamoncito”.

P. La verdad es que tiempo para pensar no te falta.

R. “No sé qué decirte, tu estás ahí colgado, en medio de la nada. Yo me veo a veces frente a una pared de hielo o en el Naranjo. Miro a mi alrededor y digo: en realidad estoy aquí colgado como un jamón. Aquí me puede pasar lo que sea, que estos tíos ni me van a rescatar ni nada. El fotógrafo, en esas situaciones, es un ser bastante independiente. Tienes que controlar mucho, porque ante cualquier circunstancia tú estas fuera de la cordada. No eres parte de ella, debes valerte por ti mismo. Estas circunstancias hacen que tengas un detallado guion en la cabeza de cómo vas a desarrollar tu trabajo. Cuando llevas muchos años de profesión, improvisas, resuelves porque sabes, pero nunca se deja mucho al azar. Las fotos las tienes ya hechas en la cabeza. Luego puedes cambiar porque la realidad manda, la luz, el ángulo, pero esos previos te ayudan mucho”.

En una reciente entrevista, Michael Yamashita —fotógrafo e incansable viajero— afirmaba que el fotógrafo es la mosca en la pared. Mira sin ser visto. David Munilla mira y le ven. Descartada la mosca, quizá sea más acertada su descripción: “Soy un jamón colgado en el vacío”. Este viejo reportero es un periodista que ha recorrido medio mundo reventando obturadores de cámaras fotográficas. Que se liberó del yugo de las publicaciones y de sus insignificantes tarifas organizando viajes fotográficos a aquellos lugares en los que años antes había arrancado momentos inéditos con un clic. Munilla es de esa época en la que los grandes profesionales se hacían a sí mismos. Ante la profusión de adjetivos con los que se ha etiquetado a las últimas generaciones que han surgido —generación cero, JASP, X, de la apatía, perdida, ni-ni, mileuristas, #nimileuristas—, la suya, superada la cincuentena, parece no tener nombre. Hasta es posible que algunos la den por concluida y la consideren un vestigio del pasado. Sucede que los grandes reporteros de raza nunca mueren, como el Toro de Osborne...

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