José Manuel Moreno: "Recuerdo entrenar con 38 de fiebre y el entrenador decía que el resfriado era culpa mía"
Fue el primer oro español en Barcelona 92, en kilómetro contrarreloj. Tras el triunfo, les pidió confianza a sus homólogos. El velódromo de Chiclana de la Frontera lleva su nombre
José Manuel Moreno fue campeón olímpico en Barcelona 92. (EFE)
Empezó en el ciclismo por azar, como una recompensa por las notas. José Manuel Moreno (Ámsterdam, Países Bajos, 1969), que se autodefine como mal estudiante, nació entre tulipanes, pero a los siete años regresó a España, a Chiclana de la Frontera (Cádiz), lugar del que se considera y del que sus padres son oriundos. Nunca imaginó lo que conseguiría montado en una bicicleta.
Aquella bici que le regalaron sus padres por las notas lo impulsó hasta convertirse en un corredor de renombre en el ciclismo de pista. Ganó el Mundial y fue campeón olímpico en kilómetro contrarreloj. Y fue subcampeón de Europa en ómnium esprint poco antes de su retirada.
Moreno fue la primera medalla de oro en Barcelona 92. Tras aquella gesta, fue tajante y apeló a la confianza de sus homólogos: "Quiero que sepan que podemos". Al regresar a Chiclana, localidad cuyo velódromo lleva su nombre, lo recibieron con honores. Allí vive ahora y colabora con empresas de servicios deportivos tras superar el coronavirus que, desafortunadamente, le dejó secuelas.
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PREGUNTA. Pocos saben que usted fue campeón olímpico tras ser atropellado por un coche y haberse roto dos veces la clavícula.
RESPUESTA. Así es. En 1991, dos meses antes del Mundial, me rompí la clavícula, pero finalmente fui campeón del mundo. A un mes de comenzar los Juegos Olímpicos, me atropelló un coche bajando el Torrent de l’Alba en Sant Cugat y me destrozó la pierna izquierda. Cuando veo las fotos con la medalla, observo las cicatrices que tenía.
P. ¿Cómo fue la recuperación?
R. Estuvimos prácticamente 20 días para curar la pierna en Atenas, donde nos preparamos para Barcelona 92. El velódromo era idéntico al de la Ciudad Condal y había sido construido por Schürman, un arquitecto especialista en instalaciones deportivas, y tenía la misma medida que la pista en la que competí.
P. ¿Temió quedarse fuera de los Juegos Olímpicos tras ese accidente?
R. No, no. Al margen de tener la pierna en mal estado, tenía una hernia inguinal previa de unos meses antes. Querían que me operara, pero me negué en rotundo porque quería hacer una buena participación olímpica. Aquellos entrenamientos no tienen nada que ver con los de ahora, eran a base de muchísimas horas. Lo único que podía hacerme fallar era la humedad, porque la bici se me resbalaba. El tiempo lo teníamos muy estudiado. Si no era primero, iba a quedar segundo.
P. ¿Contaba entonces con la medalla en la previa?
R. Había que hacer la prueba, pero entrenado estaba. El día de la inauguración de Barcelona, había hecho un test en el velódromo, la única instalación que estaba abierta. Mi entrenador pidió por todos los medios que tenía que hacer un test el día antes de la competición y ahí vimos que eran tiempos de medalla.
P. Alexander Nietzigorostev fue su entrenador. Imagino que destacaría por la metodología soviética.
R. Sí, aquellos eran otros métodos de trabajo. Un día de entrenamiento nos levantábamos a las siete y a los cinco minutos empezábamos media hora de rodillo con series. Eran cinco series de 15 segundos y una de un minuto previo al desayuno. A las ocho desayunábamos, nos vestíamos y de 09:00 a 13:00 salíamos en bici. Comíamos a las dos y a las cuatro íbamos de nuevo al velódromo. Allí estábamos tres horas haciendo series de nuevo y luego llegábamos al hotel.
R. Por norma general, teníamos masaje o piscina. La piscina era obligatoria, al menos media hora, todos los días. Solíamos flotar simplemente la mayoría de las veces, porque era una forma de relajar la musculatura. En aquel entonces, los fisios que había eran masajistas. En realidad, solo teníamos uno y nos tocaba masaje una vez cada cuatro días.
P. ¿Cuándo descansaba?
R. Los domingos era el único día que teníamos libre en toda la semana, si no teníamos competición. Aunque no tuviéramos entrenamiento, solíamos hacer 150 kilómetros a cara de perro, porque íbamos atacándonos desde la salida. Era normal, porque queríamos divertirnos tras tanta disciplina y días tan estructurados. Nos pegábamos otra paliza.
P. ¿Cómo se gestiona entrenar durante cuatro años para una prueba de un minuto?
R. Es complicado. Antes había bastantes competiciones y puedo decirte que los 20 meses previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona solo vine tres veces a mi casa. Estaba concentrado, no me dejaban venir y me daban un día al año para descansar. Los métodos soviéticos eran muy duros. Nosotros éramos 11 corredores en la Selección y el primer día se cargó a dos porque no querían estar bajo esa tutela y ese entrenamiento tan estricto.
España se preparó para Barcelona 92. (EFE)
P. ¿Qué recuerda del día que ganó el oro?
R. Llegué al velódromo a las cuatro de la tarde. Yo debía competir a las 19:30 y tenía dos horas y media de calentamiento aproximadamente. Aquello se alargó por la humedad, por muchas historias y corrí a las nueve menos algo. Finalmente, estuve cinco horas calentando en el box.
P. ¿Cómo gestionó la espera?
R. Bien. Me dijeron que se retrasó el inicio porque hubo caídas, porque estaban secando la línea de la pintura que se mojaba con la humedad… Estaba muy concentrado cuando salí. Llevaba una preparación psicológica y física muy fuerte Siempre he tenido facilidad para concentrarme y prácticamente no me enteré de nada. Al finalizar la prueba, vi el marcador y comprobé que había hecho récord olímpico.
P. ¿Cuál fue su reacción?
R. Miré dónde estaba mi padre, que estaba dando botes. Luego llegaron Toni Cerdà y Alexander. Aquello fue un apoteosis, porque siempre había muchas expectativas pero luego España no conseguía medallas. Que el segundo día de competición ya se ganara uno fue un acicate para el resto de compañeros. A las dos de la mañana estaba con Olga Viza y Matías Prats en el set de televisión, porque eso había que venderlo. Era muy importante para España. Al día siguiente competía en la prueba de velocidad y llegué un poco mermado porque no pude descansar bien. Aunque hice tercer mejor tiempo en la clasificatoria, quedé octavo.
P. ¿Esos compromisos lo perjudicaron en la búsqueda de la segunda medalla?
R. Sí, sí, porque recuerdo que estaba quedando dormido cuando hice la primera serie después de la clasificación. Estaba muy cansado y no lograba recuperarme. Alexander empezó a echarme la bronca porque, aunque había conseguido ya la medalla, teníamos muchas posibilidades de conseguir la segunda.
P. Usted dijo "quiero que sepan que podemos" tras su oro. ¿Había escepticismo en el deporte español?
R. Mis primeros Juegos Olímpicos fueron los de Seúl y vi que el hecho de participar ya era bastante para los españoles. Se ponían ganas, pero no se consiguió nada, con ir y estábamos contentos. Y yo he sido siempre egoísta en ese sentido. Cuando llegué a la villa olímpica de Barcelona, le dije a mi entrenador que yo no podía estar donde estaban el resto de deportistas porque quería seguir con la misma concentración de los 20 meses anteriores.
P. ¿Qué hizo?
R. Nos fuimos a una parte apartada de la villa olímpica con los eritreos. Era una esquina apartada y nadie sabía dónde estábamos. Cuando conseguí la medalla, me fui donde estaba la delegación española y ahí me mezclé con todos. Pero al principio pasé desapercibido porque lo que quería era ganar, no me planteaba otra cosa.
P. Barcelona 92 fue el mayor momento de felicidad de la España contemporánea. ¿Verdadero o falso?
R. Verdadero. Fue un antes y un después para el deporte, porque se dieron cuenta de que el deportista tiene que estar entrenando tranquilo para conseguir retos. Necesitas el apoyo de empresas, del COE y de las federaciones. No había una construcción de años por parte de las federaciones para formar a los atletas.
P. ¿Cómo aguantaba usted con solo un día al año de descanso?
R. Soy una persona que creo mucho en el día a día y tenía fe en lo que me decían. Además, veía que mejoraba con esas instrucciones y seguía haciendo lo que me decían. A los dos meses de empezar, yo hice un gran tiempo en el velódromo de Moscú y fue gracias al método de trabajo que traía. Ahora, sin embargo, esa metodología sería inviable porque ha cambiado todo muchísimos.
P. ¿Cuánto hay de verdad y de leyenda en que usted llegó a la prueba de Barcelona en helicóptero?
R. Pura leyenda [risas]. Yo estaba en el box y justo al lado del velódromo estaba el helipuerto. Aterrizó un helicóptero grande y, a los tres minutos de hacerlo, salí yo del box. Se extendió el bulo de que había estado en el velódromo de Mataró calentando. En realidad, yo estaba desesperado con mi entrenador y mi fisio intentando no pasarme de calentamiento.
Celebración en el Pleno municipal de los 25 años de la Medalla de Oro de Barcelona 92. Enhorabuena José Manuel Moreno Periñan y familia. pic.twitter.com/eGbswnVq2R
— José María Román, Chiclana (@josemariaromang) July 27, 2017
P. ¿Sigue celebrando el éxito con una barbacoa?
R. Sí, suelo hacerla, aunque no es tan multitudinaria como las que hacía antes. Viene mi gente y mis allegados y seguimos recordando aquel momento.
P. ¿Qué tal fue el recibimiento en Chiclana tras ganar el oro?
R. Increíble, porque todo el pueblo se volcó. Llegué en pleno agosto y la gente estaba en la playa. Y se vinieron a recibirme a pesar de llegar a las cuatro de la tarde, con un calor asfixiante. Fue un éxito muy importante para España y para los chiclaneros, que me conocían y me habían visto durante mucho tiempo entrenando en las calles. Cuando tenía dos días, me venía a casa y me ponía a hacer series en la Ermita de Santa Ana como un desesperado.
P. ¿Qué cambió en el ciclismo con la puesta en marcha del Plan ADO?
R. El deporte minoritario, sin el apoyo del Consejo Superior de Deportes y de firmas importantes como las de aquel entonces, es muy difícil. Nos proporcionaron los medios necesarios para que estuviéramos concentrados en el deporte y pudiésemos entrenar al máximo nivel. Además, nos dieron la capacidad de subsistir, porque todos tenemos un coche, una casa, una hipoteca, una familia y sin recursos es imposible.
P. Usted dijo que un deportista en forma es prácticamente un enfermo. ¿A qué se refería?
R. Que vamos tan al límite que te puede pasar cualquier cosa. Recuerdo que estaba resfriado y con fiebre entrenando. Mi entrenador me decía que no había problema, que primero entrenamiento y luego descanso. Me llevé una semana en Mallorca sufriendo como un perro. Alexander siempre me decía que cuando me resfriaba era culpa mía. Cuando estás con un porcentaje mínimo de grasa, con una fuerza física increíble, pues cualquier cosa que puede mermar.
P. ¿Cómo irrumpió el ciclismo en su vida?
R. Me mudé de Holanda a España con nueve años y prácticamente no hablaba castellano. Entré en el colegio y era un mal estudiante, salvo en matemáticas, porque soy muy bueno con los números. Con el lenguaje era muy malo y mi padre me dijo que me compraría una bici si aprobaba séptimo de EGB. Aprobé el curso, fui al taller de un amigo y mi padre me vio con la bici de carreras. Empecé entrenando una vez a la semana para correr los domingos.
P. ¿Nunca se planteó competir para Holanda?
R. Me lo plantearon alguna vez. Aunque tengo la doble nacionalidad, nunca lo pensé. No sé si hubiera estado mal haber ido allí con mis compatriotas holandesas. Ahora mismo son una potencia máxima en ciclismo de pista, van como aviones.
La Libreta Olímpica fue uno de los éxitos del 92. (EFE/Enric Fontcuberta)
P. ¿Cómo surgió que el velódromo de Chiclana lleve su nombre?
R. Se hizo en el 86, cuando yo era todavía un proyecto de ciclista. Yo me colaba para hacer pruebas, series de velocidad… Una vez que gané la medalla, el ayuntamiento creyó a bien cambiarle el nombre.
P. Tengo entendido que usted ha entrenado a su hijo en ese velódromo. ¿Ha sido mejor entrenador o ciclista?
R. No lo sé. Tengo una memoria nefasta, me cuesta muchísimo acordarme de los nombres. Pero los de los niños no se me olvida ninguno. De hecho, tengo mellizas y no me equivoco con ninguna. La verdad es que me hacen mucho caso los críos.
P. A usted lo apodaron El Ratón. ¿De dónde nace ese apodo?
R. Ese apodo es familiar. Mi abuelo era muy pequeñito y le decían Ratón. A mi padre, mis tíos, mis primos, a mí y ahora a mi hijo también nos lo dicen. Son los motes heredados de los pueblos.
P. No le he preguntado antes por su libreta olímpica de La Caixa.
R. [Risas]. Cuando me dieron aquella libreta, que no sabía lo que era, me dijeron que eran 100 millones de pesetas (600.000 euros) que cobraría cuando cumpliera 50 años. Y les dije que me dieran la mitad en ese momento, que era cuando me hacía falta. Un amigo me comentó que lo metiera en un cajón y que me olvidara porque con el tiempo lo iba a agradecer. El dinero estuvo aquí hasta que lo recibí hace unos años.
P. Antes de los 50, con 43, usted compitió en la Titan Desert. ¿Cómo nació esa posibilidad?
R. Fueron dos amigos. En aquel entonces, yo estaba trabajando para los centros deportivos Go Fit como embajador de la marca. Me lo plantearon, fuimos y lo hicimos bastante bien. Me partí el hombro en la segunda etapa e hice cuatro así. Esas son experiencias que hice para disfrutar no para disputar. Si hubiera sido al contrario, hubiera competido de otra manera.
P. Usted se planteó competir en Tokio con 51 años. Explíqueme esa locura.
R. La locura fue que mi hijo tenía 13 años y empezó a montar en bici. Yo entrenaba con él, tenía 47 entonces y le compré los pedales de potencia. Hice unas cuantas series e iba muy fuerte. Cuando te encuentras tan bien, crees que tienes 20 años de nuevo y empiezas a meter entrenamientos de fuerza en el gimnasio. Hice sentadillas con 220 kilos, tuve un crujido en la espalda y me quedé un poco tocado. Fui al médico y me dijeron que estaba muy fuerte, pero que me relajara porque podía tener problemas otra vez. Cuando me recuperé, seguí entrenando y a las dos semanas me caí con la bici de montaña. Me rompí una costilla y el hombro izquierdo. Pensé que era una señal divina y ahí paré.
P. ¿Sigue montando en bici?
R. Sí, sí, acabo de llegar de hacer 40 kilómetros.
Empezó en el ciclismo por azar, como una recompensa por las notas. José Manuel Moreno (Ámsterdam, Países Bajos, 1969), que se autodefine como mal estudiante, nació entre tulipanes, pero a los siete años regresó a España, a Chiclana de la Frontera (Cádiz), lugar del que se considera y del que sus padres son oriundos. Nunca imaginó lo que conseguiría montado en una bicicleta.