el miedo necesario para una actividad

El aquaman español que enseña a respirar a Pablo Motos, David Bisbal y al futbolista Jesé

El mejor apneísta español ha logrado 15 plusmarcas nacionales, está entre los mejores del mundo y dejó su vida anterior para dedicarse al submarinismo. Da clases de respiración a famosos

Foto: Miguel Lozano en su medio natural
Miguel Lozano en su medio natural

Cuando uno se para a pensar en las reacciones que experimenta el cuerpo humano al descender a grandes profundidades en el mar, el relato suena escalofriante. Una persona necesita oxígeno para vivir, pero los apneístas profesionales se privan de ello durante más de cuatro minutos. A partir de los 30 metros ya no hay flotabilidad y se cae a plomo, la oscuridad por la falta de luz solar y el silencio más absoluto envuelven el ambiente, el corazón late lento, prácticamente parado en 12 pulsaciones por minuto, los tímpanos luchan por no estallar debido a la fuerte presión del agua, los pulmones y el bazo se contraen, la sangre emigra hacia los órganos vitales y el oxígeno escasea. Este es el día a día de Miguel Lozano.

Miguel Lozano (Barcelona, 1979) es uno de los mejores apneístas de la historia. Su gran tolerancia a la hipoxia, espectacular capacidad pulmonar y fuerza mental no solo lo han convertido en el primer español en bajar a 100 metros de profundidad con una sola bocanada de aire, sino también en uno de los seis elegidos del mundo en nadar por debajo de los 120 metros. Desde que se entregó al mar ha devorado récords a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en un hombre respetado no solo en el mundo del deporte, sino también fuera de él: "La gente que se considera exitosa lo es porque, al margen de lo económico, le encanta lo que hace. El dinero por sí solo no tiene ningún tipo de recorrido. Si fuera por eso habría veces que ni me metería al agua de lo fría que está", explica un tipo tranquilo, que se ha sumergido sin neopreno bajo el hielo, mientras se sirve un café caliente en plena estación de Sants.

La necesidad de sobrevivir en un mundo cada vez más complejo, gobernado por el estrés y el frenesí, ha limitado la capacidad del hombre de elegir cómo quiere realizarse profesionalmente. Gracias a sus conocimientos en marketing, Lozano gozaba de un puesto estable en una consultoría de la Ciudad Condal, pero a los 26 años lo dejó todo y se lanzó de cabeza a una aventura desconocida, a una pasión que descubrió de pequeño, mientras cazaba pulpos con su padre en muchos de los viajes que su familia hacía por Europa: "No soporto levantarme por la mañana y pensar en que acabe el día, eso me deprime. Mi trabajo me daba de comer, pero no me llenaba. Muchas personas prefieren tener un equilibrio, un horario fijo, yo no. El descontrol me mantiene motivado".

Miguel Lozano entre animales.
Miguel Lozano entre animales.

Así, empezó a escribir una nueva historia. Muy pronto conoció a Umberto Pelizzari, buceador de prestigio y su gran mentor, que le enseñó la técnica de la apnea y su espíritu limpio, en constante contacto con la naturaleza. Una actividad mística por momentos, donde la relajación mental y el control de la respiración adquieren un papel capital: "Fundirse con el agua es como volver al útero materno, pero hay que tener cuidado —detalla con su dedo índice levantado— si le das rigidez a tu cuerpo te conviertes en cristal rompible". Y continúa: “Hay que ser materia y crear cortafuegos si te asaltan pequeñas dudas porque en un descenso es fácil que, si no estás 100% concentrado en el ejercicio, te revienten los tímpanos".

Más de 15 récords nacionales

Después de dos años de entrenamientos, debutó en competición en 2008, en Egipto, donde estableció su primer récord de España: 72 metros en inmersión libre. Ahora, colecciona más de 15 marcas nacionales entre las tres modalidades que componen este deporte: peso constante, peso constante sin aletas y la anteriormente mencionada. A todo esto, le suma los dos subcampeonatos del mundo cosechados en Chipre 2015, casi nada. "No presumo de ello, lo único que quiero es acercarme lo máximo posible a los mejores. España es un país rodeado de agua, mi objetivo es enseñarle a la gente esta actividad y demostrarle que podemos competir contra cualquiera", dice.

En 2011 se convirtió en el primer español en bajar a 100 metros, el sueño de todo buen amante del oficio. La gran mayoría trabaja toda su vida para lograrlo, pero a él le bastaron unas pocas primaveras: "Aparecí de repente y los rivales empezaron a preguntarse de dónde había salido", cuenta entre risas.

Miguel Lozano ascendiendo a la superficie
Miguel Lozano ascendiendo a la superficie

Fue en ese instante cuando el récord del mundo se hizo carne. Descendió a 107, 113 y 117 metros muy rápido y en 2012, en Bahamas, intentó la hazaña a 121. "Ese día la falta de experiencia me jugó una mala pasada. Estaba inseguro, sabía que no había bajado a esa distancia en entrenamientos”, puntualiza. No lo consiguió, un edema pulmonar fue el culpable: “Cuando me quedaba apenas nada para tocar el fondo aceleré para darle un poquito de velocidad a la caída y choqué bruscamente contra la base, lo que me provocó una lesión. Durante el ascenso perdí el conocimiento y me tuvieron que sacar".

Hasta que un apneísta no está en la superficie, toma aire y le da el OK al juez, refrendando que se encuentra en buen estado, los récords no son validados. Le pasó en la isla caribeña, pero también en Dubái 2016 y Honduras 2018 por sendos síncopes. De momento, las tentativas para asaltar la escalofriante marca del neozelandés William Trubridge, su gran opositor, fijada ya aún más abajo, en los 124 metros, no han resultado: "Mi registro está en 122 y estoy orgulloso. Él es un buceador espectacular, muy dedicado. Le gusta arriesgar, yo en cambio me lo tomo con más calma. No sé de qué manera, pero tiene recursos más allá de los sponsors", deduce el catalán.

El límite cada vez más lejano

Su rivalidad, comparable en el aspecto deportivo a la que tuvieron Pelizzari y el cubano Pipín Ferreras en los noventa, hace cuestionarse hasta qué punto es capaz el ser humano de adentrarse en el mar a pulmón. En el siglo XIX la frontera eran 30 metros de profundidad, un éxito, pero hoy esas cifras suenan muy lejanas. Lozano cree que es muy difícil averiguarlo, no obstante, apuesta por "140 o 150 metros" como límite: "Tendríamos que nadar durante más tiempo reteniendo el mismo consumo de oxígeno, pero por ahí creo que estará. Yo, desde luego, no creo que pueda llegar".

En la actualidad, se habla de fármacos como los betabloqueantes para disminuir el ritmo cardiaco y mejorar el rendimiento en apnea, pero el barcelonés no cree que el dopaje haya llegado a su deporte: "Es verdad que estamos consiguiendo cosas increíbles, pero todavía no se mueve dinero, eso puede ayudar, aunque hoy en día la gente se mete hasta para ganar carreras populares. No pondría la mano en el fuego, tampoco". De lo que no duda es de la gran seguridad que rodea esta actividad, pues los accidentes son prácticamente nulos a pesar del debate que se generó tras el fallecimiento de Natalia Molchanova, considerada la reina de los mares, y el reciente susto de Ramón Carreño.

Lozano distingue entre la parte deportiva y profesional de la apnea, estableciendo la primera como un 'hobby' que cualquier persona puede hacer sin supervisión: "Eso es peligroso y no lo recomendamos ni para nosotros mismos. En el mar hay corrientes que en cualquier momento te pueden arrastrar y, si vas solo, estás perdido". En cambio, señala que en competición van atados a un cabo guía, con un sónar que libera el contrapeso en cuanto detecta alguna anomalía. "Me hace gracia la gente que nos mira y piensa que estamos locos. Todo está bastante controlado y sabemos lo que hacemos, nadie quiere morir en vano", defiende de manera tajante.

Marido y padre de una niña, prefiere aislarle, mantener a su familia al margen cuando el reto es importante y los nervios afloran. "Mientras puedas controlarlo el miedo es bueno porque te mantiene alerta, las personas que no lo tienen me parecen unos inconscientes", afirma con rotundidad un hombre que reconoce haberle costado bucear cuando se ha acordado de amigos que, desgraciadamente, ya no están.

Clases de respiración a famosos

Al contrario que otros compañeros, Miguel no centra todo en la competición. Su amor por el mar le ha permitido zambullirse entre ballenas, mantas, rayas, delfines y también convivir con el pueblo Moken, los llamados 'Gitanos del Mar', una de las tribus más afectadas por el tsunami asiático del 2004. "Me sorprendió la sencillez de vida que llevan, comen de lo que les da el océano, con eso sobreviven. Algunos chavales jóvenes que van a tierra para intercambiar pescado por arroz ya les pica la curiosidad de tener un móvil o incluso comer patatas de bolsa", ilustra alucinado. "Bajan tres metros o quince dependiendo de si hay alimento o no, pero no se paran a pensar si es mucha o poca distancia. No les cuentes rollos de superación personal porque no lo entienden", agrega sonriente.

Una vez finalizada la temporada estival, donde no solo se centra a través de sus escuelas en inculcar a los jóvenes la pasión por la apnea y el submarinismo, sino que también organiza clases individuales para personajes mediáticos que, por su profesión, necesitan herramientas para controlar su respiración, como Pablo Motos, David Bisbal o el futbolista Jesé, ex del Real Madrid; volverá a los entrenamientos para preparar sus dos grandes objetivos del 2019: el campeonato de profundidad en Bahamas y el mundial de Niza, donde espera subir al podio, toda vez que no pudo participar en los anteriores, en Turquía, al romperse el menisco de la rodilla izquierda.

En el horizonte asoman los Juegos Olímpicos de París 2024, un filón para la apnea en caso de que el COI la incluya en su programa. "Aún no se sabe nada, pero la gente que lo está estudiando la tiene bien valorada por su conexión con la naturaleza, aunque les aterra la posibilidad de que un atleta pueda sufrir un síncope durante su ejercicio y eso se vea en televisión", advierte. Él, que renunció a su traje y corbata por un neopreno sabe que tiene una historia y, pese a que prefiere no darle muchas vueltas, no puede evitar reírse mientras fantasea con una medalla de oro colgada al cuello: "Sería la leche, pero no la necesito… bueno, ya veremos". 'Be water, my friend'.

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