GASOL CONSIGUE SU SEGUNDO ANILLO CONSECUTIVO

Lágrimas de Pau, lágrimas de dioses

Esta madrugada se han resquebrajado los cimientos de Los Ángeles y puede que también de la historia: los Lakers han vencido a los Celtics (83-79), y

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Lágrimas de Pau, lágrimas de dioses

Esta madrugada se han resquebrajado los cimientos de Los Ángeles y puede que también de la historia: los Lakers han vencido a los Celtics (83-79), y lo han hecho después de dejar un dramático rastro de sangre en la batalla, una de las más duras que se recuerda en la NBA. Un partido de héroes pero también de anti-héroes. Y héroe ha sido Pau Gasol, uno de los nuestros, un león de 2,15, que se ha merendado a Kevin Garnett, anti-héroe y su cohorte de milicianos indómitos, como Rasheed Wallace o Glen Baby Davis. Pau, con arañazos y cortes tipo Rambo, terminó la contienda con 19 puntos, 18 rebotes, 4 asistencias y cinco taponazos. Una bestia.

Otra bestia ha sido el de siempre, Kobe Bryant, que ha hecho 23 puntos y atrapado 15 rebotes, proclamándose MVP de la final.

Pero la mayor de las bestias, elemento clave de este séptimo y dramático partido, se llama Ron Artest, que ha emergido cuando el agua y el barro amenazaban con ahogar a los Lakers. Ron-Ron, polémico veterano, que cuando jugaba en Indiana llegó a ser sancionado con una temporada completa por liarse a mamporros en Detroit con varios espectadores, realizó el partido de su vida: 20 puntos, sobre todo un triple providencial cuando el tiempo se consumía y los Celtics mordían en la yugular.

Hemos visto al Staples Center (casi 19.000 espectadores) llevando en volandas a los suyos, a todas las estrellas del showtime rugir, incluyendo a Jack Nicholson (arte cinematográfico y torero para sortear una arremetida de Garnett), Dustin Hoffman, Denzel Washington, Leonardo Di Caprio, Christina Aguilera, encargada de cantar el himno nacional, lo que ha hecho por dos veces consecutivas, cosa no habitual, pero la madrugada del miércoles la rubia de bote lo bordó y los Lakers la siguieron. Apuesto a que la Aguilera cantará más veces en el Staples.

Gasol, alzando el títuloBryant y Gasol los "jefes" del partido

El choque comenzó con los de Doc Rivers metidos hasta el saco en la batalla. Bajo el silbato de su capitán Paul Pierce, la batuta de ese pequeño demonio de Tazmania llamado Rajon Rondo, la mano tonta más lista de la NBA que posee Ray Allen y, por supuesto, ese pecho hierro de 2,15, que es Kevin Garnett. Celtics golpeaban y los Lakers seguían en los vestuarios. Se mascaba trágico. Parecía que el baile final le correspondía a los de verde, con voluntad de dar el golpe definitivo. Los de Boston, muy tradicionales, muy de Harvard, pretendían mantener la historia en su sitio, que el séptimo partido fuera suyo, como sucedió en el séptimo round de las últimas cuatro finales.

Pero aparecieron los dioses en los momentos de mayor oscuridad. Lamar Odom se quitó a tiempo el empanamiento, Fisher metió un triple en un punto crucial del choque, Artest se armó de músculo y oscureció al capitán de los leones verdes, y hasta Vujacic, el nene esloveno, se marcó dos puntos básicos desde la línea de personal. Luego todo corrió a cargo de los ‘jefes’ Briant y Gasol, que hicieron guarismos salvajes. Lakers ganó en el rebote, lo mismo que la jornada anterior. Y ganó la batalla. Al final, delirio, cohetes y traca: Lakers campeón. 16 veces campeón. A un solo título de los Celtics. Phil Jackson, maestro Zen, once veces campeón. Once anillos. El que más. Nuestro Pau Gasol, dos anillos más y el último, directo al corazón. Lleno de marcas, después de hacerse con el último providencial rebote, con el pitido final chirriando, el de Sant Boi rompió a llorar. Lo mismo que Fisher. Lo mismo que Briant y que todos. Eran lágrimas de acero. Lágrimas de dioses. De dioses de la NBA.

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