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A propósito de 'Mi muy querido amigo Azaña'
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José Antonio Zarzalejos

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A propósito de 'Mi muy querido amigo Azaña'

Diez cartas dirigidas a Azaña, glosadas cada una de ellas, forman un retablo histórico interesante que no se desmarca del tono hagiográfico con el que se trata al personaje, pero que dan noticia de sus extensas relaciones políticas y culturales

Foto: Manuel Azaña, en la década de los 30. (Getty/Hulton)
Manuel Azaña, en la década de los 30. (Getty/Hulton)

Los epistolarios son herramientas esenciales para desvelar las verdades del pasado. Las cartas se escriben -cuando se escribían- en la intimidad, en el ámbito privado y, por lo general, para que su contenido no saliese de la reciprocidad del remitente y el receptor. Pero los síndromes de Diógenes epistolares -aquellos que guardan las misivas porque suponen que su valor testimonial les rebasa- han propiciado un género histórico y literario valiosísimo. La agrafía actual se corresponde con la verborrea del email o de los wasap o de los SMS, lo que banaliza el mensaje y los reduce a cacharrería semántica. Eso que nos perdemos.

Por eso ha sido una buena idea del Instituto Cervantes y de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, en colaboración con el Foro de Henares, publicar en un librito interesantísimo (Mi muy querido amigo Azaña, editorial Nota al Margen) diez cartas de otras tantas personalidades dirigidas al que fuera presidente agónico de la II República, Manuel Azaña. A cada una de las misivas se adosa un pequeño ensayo que las interpreta glosando al remitente e indagando en su relación con una de las figuras más importantes y controvertidas de la historia de España en el siglo XX.

Y así, es un placer leer el texto de Miguel de Unamuno, datado el 24 de diciembre de 1918 en el que vierte una de sus terribles ‘profecías’ sobre la Cataluña que "habrá de separarse del todo del Reino de España" y que califica a Romanones como "el político que ve más claro y obra más turbio", sin que conste la respuesta de Azaña que por aquel entonces no parecía estar demasiado de acuerdo con las tesis del que fuera rector de la Universidad de Salamanca. Luego escribió La velada en Benicarló, colofón amargo para su excesivo optimismo en la defensa del catalanismo en 1932. José María Ridao comenta la epístola denotando que su afecto por Unamuno es injustamente reticente.

Brevísimo es el mensaje de Juan Ramón Jiménez a Azaña, pero también a su cuñado y amigo, Cipriano Rivas Cherif. Fechado en agosto de 1920, el gran poeta se vuelca en su colaboración para que prospere La pluma, revista que impulsó con desigual éxito el último presidente de la II República. Alfonso Alegre Heitzmann explica esta relación entre Jiménez y Azaña que fue cálida y al que dedicó, también a Rivas Cherif, su libro Guerra en España. Abunda en el itinerario de La Pluma la misiva de Ramón del Valle-Inclán, ya posterior a la Juan Ramón Jiménez, de febrero de 1923. José Andrés Rojo, ese periodista de larga trayectoria y colosal cultura, indaga en los perfiles de Valle-Inclán al que "atrajo el autoritarismo populista". También Antonio Machado se ofrece a Azaña para colaborar en su revista a través de una breve nota de 1922. Jesús Cañete inserta el personaje en su tiempo y en su amistad con el político republicano. Al que escribió en 1925 su cuñado y amigo Cipriano Rivas Cherif desde Valencia. Rivas Cherif es un personaje de contraluces que Isabelo Herrero nos describe con pulso. Menos relevante es la carta de Ramón María Tenreiro ya de 1933 en la que pide a don Manuel una gestión que explica Carlos Fortea.

placeholder Cubierta de 'Mi muy querido amigo Azaña'.
Cubierta de 'Mi muy querido amigo Azaña'.

Victoria Kent, con concisión y buena prosa, le envía a Azaña su apoyo y afecto tras su detención y enjuiciamiento -del que salió absuelto- por su supuesta colaboración con los revolucionarios de 1934, aunque es mucho más interesante y agudo el texto del comentario que sobre esta notable mujer desliza Carmen de la Guardia Herrero porque entre el destinatario de la adhesión y la remitente no hubo fluidez de relaciones, ni la hubo entre el firmante de la epístola, Indalecio Prieto, que el 26 de abril de 1935, desde París, le insta a articular un Frente Popular que se constituiría meses después, en enero de 1936 y que obtendría la victoria electoral sobre las derechas en febrero de ese mismo año. Bruno Vargas se emplea con tino en situar los acontecimientos que explican el largo mensaje de Prieto a Azaña.

Interesantes, pero de menor relevancia, son las cartas de Juan Antonio Domenchina (julio de 1935) y de Juan Hernández Saravia (julio de 1939), el general ya en el exilio que le solicita ayuda para sobrevivir. Pero es aleccionadora la epístola que cierra este libro tan interesante: la de Santiago Casares Quiroga desde París, con data del primero de diciembre de 1939. El que fuera jefe del Gobierno republicano se muestra deprimido, enfermo y ausente y lo retrata José Luis Gallero Díaz con documentada dureza. Fue un ingenuo, quizá un desavisado o, tal vez, escasamente dotado para un momento crítico de la República y de España. Su hija, María Casares, le retuvo en Francia en donde llegó a ser una eximia actriz teatral.

Quedarse con lo mejor de los personajes de nuestra historia es una manera inteligente de converger sobre el pasado sin rencor

De introducir este epistolario y de las razones de su publicación se encarga el director del Instituto Cervantes, el poeta Luis García Montero que volaría más alto si evitase salpimentar habitualmente sus textos con una dosis de memoria de parte que reduce el alcance de sus reflexiones, pero al que hay que agradecer que se haya empleado en impulsar esta iniciativa editorial. No descubre nada que no se supiera, pero vuelve a perfilar el mundo de relaciones de Azaña y, sobre todo, contextualiza cada una de las diez cartas. La obra tampoco está exenta de ese tono hagiográfico que acompaña a cualquier evocación de Manuel Azaña, quizá porque falleció, solo y abandonado, en el exilio en 1940 y fue un político que amó la cultura y un escritor orlado con una prosa de registros varios como demostró en El jardín de los frailes o la ya citada La Velada en Benicarló, además de un orador brillante.

Fue, igualmente, el hombre contradictorio que reclamó Paz, piedad, perdón en 1938 pero el que protagonizó también el episodio de Casas Viejas en 1933 con la famosa instrucción: ‘tiros a la barriga’. Quedarse con lo mejor de los personajes contundentes de nuestra historia es una manera inteligente de converger sobre el pasado sin rencor y con grandeza. En este caso, a propósito de Mi muy querido amigo Azaña.

Los epistolarios son herramientas esenciales para desvelar las verdades del pasado. Las cartas se escriben -cuando se escribían- en la intimidad, en el ámbito privado y, por lo general, para que su contenido no saliese de la reciprocidad del remitente y el receptor. Pero los síndromes de Diógenes epistolares -aquellos que guardan las misivas porque suponen que su valor testimonial les rebasa- han propiciado un género histórico y literario valiosísimo. La agrafía actual se corresponde con la verborrea del email o de los wasap o de los SMS, lo que banaliza el mensaje y los reduce a cacharrería semántica. Eso que nos perdemos.

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