Tribuna
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Sobre la Semana Santa (vista desde una actitud serenamente laica)
No estaría de más enseñar a las generaciones más jóvenes a conciliar la libertad de expresión y de culto con la crítica razonable y democrática a los excesos de la piedad
La Semana Santa, que comienza el Domingo de Ramos y acaba con el de Resurreccion, es una fiesta central del calendario cristiano. Y en ella se celebra lo que, según los Evangelios, habría sido la pasión y muerte de Jesús. Es un recorrido que culmina con la Pascua, el triunfo de la vida sobre la muerte, el paso del dolor a lo que sería el gozo final.
En mi niñez, en pleno franquismo triunfante, todo se llenaba de sermones, via crucis y procesiones. En medio de la escasez y pobreza general, la Iglesia ocupaba la plaza pública y vigilaba cualquier disidencia privada. En muchos lugares, se prohibía incluso hablar y se aconsejaba respeto y silencio.
Con el paso del tiempo, la secularizacion ha ido ganando terreno. Y la consideración de estos días como descanso y vacaciones ha pasado a primer plano. Todo ello con la llegada masiva de turistas que se entretienen y hasta se entusiasman fotografiando pasos y nazarenos. Hoy el color de esta Pasión en cuestión se mantiene en unas procesiones que inundan la via publica. En algunas, se puede ver algo tan atrabiliario y medieval como es el de llevar a hombros unos legionarios la figura de un Cristo crucificado.
Una actitud serenamente laica tendría que hacer cuadrar diversas perspectivas. Por un lado, cierta condescendencia con las expresiones simbólicas muy arraigadas. Una manifestación que sea puntual, no invasiva y folclórica no hay por que prohibirla sin más. Es lo que ocurre cuando se festeja un éxito futbolístico, por ejemplo, y nadie se lleva las manos a la cabeza.
Por otro lado, habría que delimitar, de verdad, la separacion entre el Estado y la religion. Cualquier exageración teocrática está fuera de lugar. Y en tercer lugar, no estaría de más enseñar a las generaciones más jóvenes a conciliar la libertad de expresión y de culto con la crítica razonable y democrática a los excesos de la piedad. En este sentido, a mí me resulta muy cumplicado explicar a mi nieto, y es un ejemplo, cómo se casan los fusiles con un Cristo doliente.
La Semana Santa, que comienza el Domingo de Ramos y acaba con el de Resurreccion, es una fiesta central del calendario cristiano. Y en ella se celebra lo que, según los Evangelios, habría sido la pasión y muerte de Jesús. Es un recorrido que culmina con la Pascua, el triunfo de la vida sobre la muerte, el paso del dolor a lo que sería el gozo final.