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¿Pueden Málaga y Gibraltar convertirse en la Singapur europea? La respuesta es sí
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¿Pueden Málaga y Gibraltar convertirse en la Singapur europea? La respuesta es sí

El tablero global se reordena alrededor de pasos estratégicos que concentran comercio y poder. España ocupa uno de ellos y debe decidir si se limita a custodiarlo o aspira a diseñar su equilibrio

Foto: Vista panorámica de la ciudad de Málaga. (EFE/Jorge Zapata)
Vista panorámica de la ciudad de Málaga. (EFE/Jorge Zapata)

Hace poco escribí sobre la importancia que están adquiriendo las periferias de nuestro sistema económico, de los países y de las grandes ciudades globales como frente de batalla híbrido en una guerra que busca desestabilizarnos a nivel geopolítico. Cada vez hay más actores proxys en juego, aumentan las incógnitas y los campos de batalla, pero lo que se esconde al final es una batalla por el poder entre Estados Unidos y China. Pensar que nosotros estamos al margen de esa pugna es una ingenuidad. Todavía no sabemos a ciencia cierta las consecuencias que tendrá la guerra en Irán, ni si la posición española de enfrentarse al imperio de nuestro tiempo nos hará más o menos soberanos. Pero sí debemos tener claro que nos afectará.

Atacar la escala micro, tiene sus derivadas en la macro. Vivimos una época donde las grandes potencias están repartiéndose cartas y por eso es importante explorar cómo podemos jugar bien uno de los pocos ases (Málaga) que tenemos en la manga, para ser nosotros quienes influyamos, en parte, en la estabilidad de nuestro entorno.

Empecemos desde la escala macro. Hace tiempo explicaba el exdiplomático israelí Shlomo Ben Ami, que el mundo árabe vive inmerso en una época de guerras de religión equivalentes a lo que supuso para Europa la Guerra de los Treinta Años. Recordemos que, como bien explicaba Kissinger, el orden mundial cambió tras ese periodo de conflictos. Supuso el auge y el declive de imperios, la redefinición del papel de las naciones, la aparición de los estados y de la diplomacia moderna. Es más, entre sus consecuencias directas se encuentra la caída de la dinastía Ming en 1644. Entre China, el mundo otomano y Occidente ya existían cadenas de suministros, tensiones y cuellos de botella en esa época tan barroca y global como la nuestra.

Hoy el petróleo importa más que la plata, pero esos cuellos de botella del sistema siguen siendo los estrechos y los canales por los que fluye el comercio. En el mundo árabe hay tres: Ormuz, Bab el Mandeb y Suez, y otros tres bañan las costas de países musulmanes: Malaca, Dardanelos y Gibraltar.

Hoy el petróleo importa más que la plata, pero los cuellos de botella del sistema siguen siendo los estrechos y canales por los que fluye el comercio

Hay dudas sobre el control de los estrechos árabes. China puede perder el petróleo persa que tanto necesita. Los mercantes que viajan desde el gigante asiático a Europa pueden acabar hundidos. Hay dudas porque la guerra contra Irán y el cierre del estrecho de Ormuz ya es una realidad. También porque hay piratas en las costas del cuerno de África y ataques con drones y misiles desde Yemen a los barcos que actúan como línea de vida del comercio internacional. El Irán bombardeado sigue apoyando a los hutíes contra la coalición liderada por Arabia Saudí y Emiratos Árabes, que a su vez apoyan a bandos enfrentados en la guerra civil sudanesa. Hay dudas porque el anclaje terrestre entre China e Irán es a través de Pakistán y Afganistán, dos países en conflicto abierto. Con la lucha de poder de Washington y Pekín de fondo, la anarquía de esta suerte de "Guerra de los Treinta Años" árabe multiplica las incógnitas.

De hecho, un ejemplo de cómo se intentan despejar esas preguntas abiertas lo vimos pocas semanas antes del comienzo del actual conflicto con Irán. El ejército israelí estableció una base militar en el pseudo estado de Somalilandia. Como sucede con el estrecho de Ormuz, el entorno de Bab el Mandeb es un objetivo que debe ser controlado por los actores internacionales. Un cuello de botella del comercio global. Escalas micro y macro. Quien controle esos pocos kilómetros de agua, podrá cerrarle la puerta al rival. Allí tienen base permanente Estados Unidos, China, Francia (y resto de la OTAN), Emiratos Árabes… y ahora Israel.

La anarquía llegó y es difícil hacer planes a futuro entre andanadas de misiles balísticos en Ucrania y Oriente Próximo, con operaciones de bombardeo y extracción en Venezuela, con Washington amenazando con invadir Dinamarca por no controlar debidamente sus posesiones y diciendo que España es un aliado terrible.

¿Y qué pasa con Gibraltar?

Vayamos acercando el zoom. El caso es que, en uno de los cuellos de botella de este mundo tan volátil, nuestro país tiene costas en los lados norte y sur. Tiene costas y fronteras terrestres problemáticas, tanto con Marruecos en Ceuta, como con el Reino Unido en Gibraltar. Una frontera que ahora parece que va a abrirse...¿definitivamente? En el Estrecho no solo se cruzan los barcos, sino los irredentismos. Aquí hay bases militares como en Bab el Mandeb, pero hay pocas dudas sobre quién manda. EEUU controla el estrecho directamente desde sus bases en Rota y Morón, y también gracias a la Royal Navy en el Peñón y al fiel aliado Marroquí en Tánger. Washington tiene a los tres países alineados con ellos… ¿o no?.

Por el momento, el estrecho parece en calma, aunque se encuentra bajo la atenta mirada argelina, país armado hasta los dientes, amigo de China y Rusia, que a través del gasoducto Medgaz vuelve a bombear su energía a la Península tras las desavenencias por el reconocimiento de la soberanía marroquí del Sahara. Argelia, que es -junto a nuestro aliado norteamericano- el principal proveedor de gas de España, cuenta además con el ejército proxy saharaui para luchar contra su eterno rival marroquí y conseguir una salida al Atlántico norte. Una salida que China y sobre todo Rusia, llevan décadas codiciando.

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Es aquí donde entran en juego los controles en profundidad. Enfrentadas una y otra, las históricas bases de Mers-el-Kebir (junto a Orán) y Cartagena, actúan en el Mediterráneo como zonas de bloqueo del Estrecho y concentran un hervidero de submarinos y barcos de combate. Ese control en profundidad es fundamental. Un submarino argelino clase Kilo, de fabricación rusa, tiene la capacidad de "negación" de acceso o salida del Mediterráneo. Un submarino fuera del puerto es un arma de disuasión muy efectiva. Los submarinos españoles clase S-80 también pueden serlo, pero se diseñaron pensando que muchos de los componentes y plataformas de combate fuesen de alta tecnología norteamericana. Tecnología que hoy Madrid no tiene garantizada… .

La otra zona de control en profundidad del Estrecho son los archipiélagos de Azores (donde se encuentra la base americana de Lajes), Madeira y Canarias frente a las costas del Sahara. Estas islas, visitadas extraoficialmente en varias ocasiones por Xi Jinping (Las Palmas alberga la sede en Canarias de la Corporación Nacional de Pesca de China), son un punto neurálgico en las disputas con Marruecos, especialmente en lo que concierne al monte Tropic, al suroeste de la isla de El Hierro. Este monte submarino es de un inmenso valor estratégico debido a su riqueza en tierras raras, telurio (esencial para los paneles solares) y cobalto (clave para las baterías de vehículos eléctricos), lo que genera una disputa de soberanía entre España y Marruecos que se añade a la pretensión marroquí por el control de las aguas territoriales que rodean el archipiélago. Canarias no es en sí un estrecho, pero los barcos que se dirigen a Europa circunnavegando África para evitar los misilazos, lo hacen entre Las Palmas y El Aaiún.

placeholder Imagen del Estrecho. (MarineTraffic.com)
Imagen del Estrecho. (MarineTraffic.com)

Quizá en el futuro China intente invadir Taiwán y por eso Estados Unidos quiere disuadir a Pekín tomando el control de los accesos que conectan a China con los recursos del mundo. Marruecos es un aliado fantástico de Washington, España un "aliado terrible". España tiene ya más relaciones comerciales con China que con Estados Unidos.Y nos guste o no, nuestro país se encuentra en una encrucijada geoestratégica fundamental para el sistema económico global.

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Casi todos los barcos que parten de China con dirección a los puertos del norte de Europa pasan por Gibraltar o por Canarias. Por no hablar de los cables submarinos, los caladeros de pesca, el control de los fosfatos saharauis o las rutas de la droga. El Estrecho y sus entradas en profundidad son hoy zonas en calma, pero con disputas abiertas. Se acumulan las preguntas sin resolver, las incógnitas sin despejar y según Washington hay estados que ni son de fiar, ni son capaces de garantizar un control absoluto sobre su territorio. Hace pocas semanas, aparecía un vídeo en las redes de narcolanchas disparando a helicópteros de las fuerzas de seguridad del Estado. No es la primera vez. Todos recordamos el asesinato de los guardias civiles en el puerto de Barbate. La zona sur de Andalucía concentra unos índices de paro, informalidad y pobreza que hacen muy atractiva la vida fuera de los cauces legales del Leviatán. El Estado manda sobre el papel, pero es un primus inter pares junto a los clanes y señores de la droga. La Bahía de Algeciras todavía no es México, pero tiempo al tiempo. Estas son situaciones que ocurren en los lugares periféricos. Lugares donde una potencia extranjera puede enredar con facilidad, que son objetos de guerra híbrida y, en este caso, además es un objetivo geopolítico de primer nivel.

A Estados Unidos lo que más le interesa de España es el Estrecho y que sus vasallos "soberanos" marroquíes y españoles seamos capaces de controlarlo para ellos.

Y, como hemos dicho, cuando sobrevuelan las incógnitas, los interesados intentan despejarlas en sus propios términos. Recordemos: Dinamarca tiene dificultades para controlar Groenlandia en los términos que exige Washington y el emperador está muy disgustado con que los españoles no le apoyemos en sus guerras contra los aliados de China y con que no gastemos el 5% de nuestro presupuesto en defender y controlar lo que les interesa de nosotros.

Málaga, nuestro as en la manga

Pero sigue existiendo el soft power. Vayamos centrando el tiro: tenemos una ciudad global en ciernes en la región del Estrecho. En los últimos años, Málaga se está convirtiendo en un ejemplo de que las ciudades españolas de la costa pueden convertirse en lugares pujantes. Su modelo, un proyecto personal del infatigable alcalde Francisco de la Torre, tiene mucha contestación, pero desmiente la falsedad interesada de que Madrid lo absorbe todo. A fin de cuentas, se trata de una ciudad relativamente pequeña que ha apostado por la atracción de talento y turismo de alto poder adquisitivo y eso tiene impacto directo en el aumento de los precios de la vivienda en su área metropolitana. La conectividad de Málaga ha aumentado considerablemente en los últimos veinte años, gracias a su situación en la Costa del Sol, museos como el Picasso o el Pompidou, los cruceristas, el importante aeropuerto y, sobre todo, el Parque Tecnológico Andalucía (MálagaTechPark). Un elemento estructural en un modelo diversificado que no se centra únicamente en el turismo sino en el valor añadido que implica el sector de la tecnología y la economía del conocimiento. Málaga, un lugar con clima y geografías californianas, conexiones directas con muchas ciudades europeas y con Estados Unidos, se está convirtiendo en una sucursal de las grandes tecnológicas americanas en Europa como Google, Vodafone, Accenture, IBM, Oracle, Ericsson… En total, 28 000 personas trabajan directamente allí en más de 700 empresas tecnológicas .

Según la Junta de Andalucía, en 2023, solamente este parque generó 4.836 millones de euros para la economía andaluza, lo que equivale a alrededor del 2,3 % del PIB regional. Su peso en Málaga es aún mayor, porque su economía ha aumentado de forma espectacular. Ya supone entre el 34–35 % extra del PIB de la ciudad y más del 10 % de la provincia.

La ciudad andaluza es mucho más próspera hoy y eso justifica con creces los efectos negativos del modelo que, por otra parte, son equivalentes a los de Madrid, Barcelona o Valencia y otras grandes ciudades europeas. Málaga puede financiar muchos más servicios públicos gracias a su incipiente dimensión global.

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Sin embargo y debido a su geografía, rodeada de montañas y a la escasez hídrica, Málaga tiene muchos handicaps a la hora de seguir aumentando su escala al mismo tiempo que integra nuevos desarrollos de vivienda asequible y un sistema de movilidad mucho más extenso que el actual. La provincia necesita articular un área metropolitana funcional en torno a su capital y para eso es necesario conectar mucho mejor y más rápido tanto los municipios del interior como los de la costa, a través de ampliaciones y mejoras en su infradimensionada red de Cercanías. Es más, los sucesivos gobiernos centrales tienen una deuda pendiente: las tensiones en los precios urbanos se deben, en gran medida, a que la priorización de la alta velocidad ha supuesto, de forma crónica y como contrapartida, décadas de inversiones insuficientes en la mejora y expansión de las redes de Cercanías.

Conectar el interior con Cercanías, e integrar con un tren litoral, la gran ciudad costera que se extiende desde Algeciras hasta Vélez-Málaga ayudaría a crear un crecimiento estructurado y sería un elemento fundamental para integrar, aumentar y compartir los beneficios económicos que se generan en toda la conurbación. Málaga necesita masa crítica para escalar y esa masa ya la tiene a su alrededor.

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Málaga, Marbella, Gibraltar, Algeciras. Una metrópolis en el Estrecho.

Lo interesante de la masa crítica a la que puede conectarse el motor malagueño tiene que ver con las sinergias que pueden generarse en una conurbación con tres países (España, Gibraltar y Marruecos), en un emplazamiento estratégico al que se demanda estabilidad y pocas cuestiones abiertas y latentes.

En principio, la Valla de Gibraltar deberá ser demolida tras el acuerdo alcanzado el 11 de junio de 2025, facilitando el paso fluido de personas y mercancías entre Gibraltar y el resto del espacio Schengen. El paraíso fiscal británico se integrará en el área metropolitana de la bahía de Algeciras y eso puede cambiar ciertas dinámicas. Con unos impuestos más bajos, Gibraltar puede convertirse en el centro económico en la ciudad de la bahía, puede absorber buena parte de la actividad laboral y económica y por tanto, que el efecto de la integración sea contraproducente. Pero también puede darse el efecto contrario, puede crear sinergias compartidas. Si el crecimiento en La Línea se planifica de forma inteligente, si se crean nuevas oportunidades, para muchos podrá haber una alternativa al paro, la droga y el crimen organizado.

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Hay una forma de cerrar preguntas en un lugar tan sensible del planeta. Y esa forma consiste en ordenar lo que hoy está deslavazado: estructurar la región metropolitana que se extiende desde el este de Málaga hasta Algeciras. Una región con varios centros de conexión global: Málaga, Marbella, Gibraltar, Algeciras.

Los grandes choke points del mundo contemporáneo no se bloquean con facilidad. Se encarecen (Ormuz), se aseguran (Suez, Dardanelos), se rodean (Bab el Mandeb) o -con tiempo y dinero- se pueden sustituir funcionalmente (Malaca, Panamá). El Estrecho pertenece a esta categoría: no es una puerta que se cierra, sino una válvula que regula primas de riesgo, decisiones logísticas, inversiones portuarias y alineamientos estratégicos. Por eso, más allá de qué potencia lo controle formalmente, la clave pasa a ser quién diseña el sistema del que depende. Y ese es el papel que pueden jugar Málaga y Gibraltar.

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Marruecos y la teoría de juegos

Pero hay un tercer actor. El ascenso de Tánger Med, de facto uno de los mayores puertos del Mediterráneo occidental (ya se está construyendo su hermano a la espalda de Melilla), ha transformado el Estrecho en un sistema bicéfalo. Marruecos no solo ha ganado volumen portuario, sino que cada vez es más actor y menos objeto. Infraestructuras, parques industriales, conectividad ro-ro, logística terrestre y una política de alineamiento estratégico clara con Estados Unidos han convertido la orilla sur en un actor geopolítico estructural.

Esto no implica una pérdida automática de relevancia para la orilla norte (aunque Ceuta y Melilla sí se convierten en objetivos), pero el cambio de equilibrios reordena los incentivos de navieras, aseguradoras y estados con vocación imperial. Por eso el Estrecho pasa a ser un sistema que debe rediseñarse. Cuando España actúa como socio claro y previsible —en términos de acceso a bases militares, interoperabilidad, inversión y alineamiento— el equilibrio natural es la coordinación. Estados Unidos y la OTAN invierten, cooperan y anclan capacidades porque el coste de depender del flanco norte es asumible y estable. Pero cuando aparece la ambigüedad —señales contradictorias, debates internos que afectan a compromisos estructurales, incapacidad de control del crimen organizado o…restricciones al imperio— no tiene porqué producirse una ruptura directa, sino la activación de otras opciones. En teoría de juegos, cuando un actor deja de ser creíble y estar comprometido plenamente, la otra parte optará por diversificar. Y en esas estamos: "No quiero que tengamos nada que ver con España […] España no tiene nada que nosotros necesitemos"

En el Estrecho, las opciones de diversificación de Estados Unidos existen: Marruecos, apoyado por la escala de Tánger Med; Gibraltar como nodo de enlace anglosajón; y una retaguardia atlántica en las Azores que proporciona profundidad estratégica. El resultado no sería una crisis visible, sino una pérdida progresiva de centralidad. El sistema aprende a no depender y se crean nuevas periferias donde (recordemos) a los rusos y a los chinos les interesa desestabilizar. Hoy Málaga es una ciudad deseada: por el turismo internacional, por el capital inmobiliario, por empresas tecnológicas y por talento móvil. Pero su papel en ese escenario seguiría siendo derivado. Málaga seguiría consumiendo más estabilidad regional de la que produce.

La Singapur europea

Ahora que el mundo se vuelve más volátil, la oportunidad estratégica consiste en cambiar esa función y convertir esa gran "Ciudad del Sol" en una región urbana-logística transfronteriza. Ahora que se derriba la valla de Gibraltar, tenemos la oportunidad de evitar la proliferación de periferias problemáticas y de crear un centro global que genere certidumbre y estabilidad en uno de los puntos más estratégicos del planeta. La gran oportunidad del Estrecho no es controlar un paso, sino diseñar un sistema donde a nadie le convenga romper el equilibrio.

En ese sistema, Málaga podría concentrar los servicios avanzados que hagan funcionar el conjunto: financiación comercial, sectores tecnológicos, ciberseguridad, gobernanza de datos, formación especializada y coordinación institucional. Marbella el anclaje de los inversores globales en turismo de lujo y real estate, Algeciras la logística pesada; Gibraltar, el enlace anglosajón, arbitraje y seguros marítimos; Ceuta, puede convertirse en la bisagra de control de movimientos; y el eje Tánger–Tetuán, puede aportar una escala industrial y portuaria conectada con el puerto de Algeciras. Por eso es importante integrar a Tánger como parte de esa metrópolis a través de Ceuta y Algeciras. Porque orienta los incentivos marroquíes hacia la cooperación y estabiliza el status quo de nuestras dos ciudades autónomas.

El Estrecho de Gibraltar es uno de esos lugares donde la geografía se resiste a ser superada por la tecnología. Un paso angosto entre dos mares que concentra flujos comerciales, energéticos y militares, y un espacio simbólico donde se proyectan ambiciones y narrativas nacionales. Sin embargo, en el siglo XXI su relevancia no se explica por la posibilidad —remota— de cerrarlo, sino por algo mucho más sutil: su capacidad para introducir o reducir incertidumbre sistémica en el nuevo orden mundial.

Hace poco escribí sobre la importancia que están adquiriendo las periferias de nuestro sistema económico, de los países y de las grandes ciudades globales como frente de batalla híbrido en una guerra que busca desestabilizarnos a nivel geopolítico. Cada vez hay más actores proxys en juego, aumentan las incógnitas y los campos de batalla, pero lo que se esconde al final es una batalla por el poder entre Estados Unidos y China. Pensar que nosotros estamos al margen de esa pugna es una ingenuidad. Todavía no sabemos a ciencia cierta las consecuencias que tendrá la guerra en Irán, ni si la posición española de enfrentarse al imperio de nuestro tiempo nos hará más o menos soberanos. Pero sí debemos tener claro que nos afectará.

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