Es noticia
Simpatía por los hijos de puta
  1. Cultura
  2. Tribuna
Luis Enríquez

Tribuna

Por

Simpatía por los hijos de puta

El Confidencial, con ocasión de su 25º aniversario, premiará en 2026 los mejores trabajos de periodismo de investigación en tres categorías: Nacional, Internacional y Trayectoria

Foto: Seymour Hersh en la oficina en Washington del The New York Times en 1975. (Netflix)
Seymour Hersh en la oficina en Washington del The New York Times en 1975. (Netflix)

Siempre que nace un medio de información, o uno de los ya existentes cambia de director, el fundacional, o el entrante, escribe una declaración de amor a la información con sus votos incluidos. “Fiscalizaremos al poderoso sin piedad; seremos la luz que ilumina la oscuridad; vigilaremos durante la noche como el ganso capitolino; daremos poder a los lectores y no lectores al poder; contaremos lo que algunos no quieren que se sepa porque, de lo contrario, estaríamos dedicándonos a las relaciones públicas”. Jefferson, Orwell o Kapuscinski suelen salpicar los textos. Todo tan retórico y sobado que Gistau los llamaba “la garita insomne”. El problema para los devotos guardianes es que suelen tener en sus redacciones ciertos profesionales que desconfían, que hacen una pregunta más y que siempre están sin vela en los entierros. Esos que procuran que el tren siempre llegue a Despeñaperros donde, en los tiempos de “El Gallo” y en 2026, quién nos lo iba a decir, se ponen a prueba los cojones del maquinista.

Seymour Hersh, ganador de un Pulitzer por destapar la matanza perpetrada en My Lai (Vietnam) por el, entonces, sacrosanto ejército norteamericano, ariete contra la administración Nixon-Kissinger y responsable de la entrada del New York Times en la investigación del Watergate, un tipo testarudo que “siempre va donde nadie lo quiere”, en palabras de su propia madre, es uno de esos profesionales. Según confesó Bill Kovach, “el peor problema que tuve como jefe de la delegación del NYT en Washington fue supervisar el trabajo de Hersh, sobre todo si se tiene en cuenta que trabajábamos en un periódico que odiaba ser derrotado por un competidor pero al que no suele gustar llegar el primero en el tipo de historias que ponen en cuestión la credibilidad del gobierno”.

Primero en un extraordinario libro de memorias publicado en 2018, Reportero (Península), y el pasado diciembre en un documental estrenado por Netflix, Cover-up, Hersh repasa su intensísima vida como uno de los más importantes periodistas de investigación del siglo XX. Con su jersey de pico dado de sí y plagado de bolas, con aspecto de no sobrarle un duro y de no importarle lo más mínimo, este mito viviente de 88 años tardó 20 en acceder a la petición de Laura Poitras, a la que agradezco sin medida su obstinación, de meter en su casa cámaras y micrófonos. El resultado es un manual de periodismo que debería ser proyectado una vez al mes en todas las redacciones del mundo.

Toda su vida, desde que su familia lo sacó de los estudios para atender al comercio familiar hasta que se incorporó al equipo del intelectual y pacifista Eugene McCarthy para las elecciones presidenciales de 1968, es tan interesante como la de cualquier figura del periodismo estadounidense de la época de los 60 y 70, es decir, la mejor, esa a la que seguimos recurriendo como referencia en artículos, tesis, conferencias o documentales. Pero lo que más me ha impactado de Cover-up ha sido la formulación, no sé hasta qué punto intencionada, de las seis fases por las que todo periodista de investigación está condenado a transitar inexorablemente.

Hay seis fases por las que todo periodista de investigación está condenado a transitar inexorablemente

Lo primero que hace el poder es entrevistar al nuevo. Tomarle el pulso. Calibrar la amenaza que supone. El encuentro que Kissinger propició con él a su llegada al New York Times por orden del mismísimo presidente Nixon: “Este Hersh es un hijo de puta. Probablemente es un agente comunista. Averigua sus intenciones en el NYT”. Esta escena recuerda al encuentro recreado en la oscarizada Spotlight entre el cardenal Law y Marty Baron, recién nombrado director del Boston Globe:

-Al pueblo de Massachusetts le gusta que dos instituciones como la Archidiócesis y el Boston Globe trabajen de la mano.

-Se lo agradezco, cardenal. Pero, personalmente, prefiero que el periódico trabaje por su cuenta.

placeholder Martin Baron, director del 'Boston Globe' hasta 2012 y del 'The Washington Post' hasta 2021. EFE
Martin Baron, director del 'Boston Globe' hasta 2012 y del 'The Washington Post' hasta 2021. EFE

Si el nuevo hace bien su trabajo, tarde o temprano empieza a hacer averiguaciones para contrastar una información “inconveniente” de la que, los mismos que lo entrevistaron a su llegada, lo intentan disuadir. El segundo estadio. De entrada recurren a los intereses del medio: “A tus lectores no les va a gustar”. Después a la falta de interés de la información: “¿Para qué te vas a meter en este lío? Ni que te fueran a dar el Pulitzer”. Por último invocan el bienestar de tu ciudad/región/país: “Publicando esto nos vas a debilitar”.

En el tercer estadio la paciencia suele agotarse y los consejos se vuelven amenazas. “Conocemos bien a éste o aquel accionista y vas a acabar en la calle” es una de las más frecuentes. “Tenemos amigos influyentes y nos vamos a asegurar de que no vuelvas a encontrar trabajo” es otro de sus grandes éxitos.

Si llegamos al cuarto estadio es que la información ya ha visto la luz. Ahí es donde el reportero sufre de verdad porque el sujeto del que se informa, llámese gobierno, institución o gran empresa, tiene todos los detalles a su disposición y es perfectamente capaz de encontrar pequeñas contradicciones en fragmentos publicados que suelen usar para desacreditar el conjunto de la investigación y, por extensión, al periodista o al medio. ‘Bulo’, ‘desinformación’, ‘máquina de fango’ o ‘pseudomedio’, son algunos de los calificativos que esparcen sin medida. Pero lo peor de esta fase, lo que más daño hace al investigador, es que algunos competidores, esos que se han quedado fuera de la primicia o creen que deben protección a los señalados, tienden a incorporarse al linchamiento.

En el quinto estadio, los perjudicados pasan a la acción: suprimen la inversión publicitaria en el medio, revocan licencias de radio o televisión, dejan de conceder entrevistas…

En el quinto estadio, la información prevalece y los perjudicados pasan a la acción con todos los mecanismos a su alcance: suprimen la inversión publicitaria en el medio, impiden la entrada de sus periodistas a comparecencias o viajes, revocan licencias de radio o televisión en cada caso, dejan de conceder entrevistas… En ocasiones llegan a perjudicar los intereses de los accionistas en otros ámbitos en un intento de romper la cadena por el eslabón más débil. Lo bueno de este estadio es que los nervios se pierden y el terror empieza a hacer temblar las piernas. Otra vez Nixon a Kissinger: “¡Maldita sea! La información que está publicando el New York Times, esa que firma Hersh. No suele estar equivocado. Quiero decir que el tipo es un hijo de puta pero suele tener razón, ¿no?”.

En el escalón final, ese para el que ya no hace falta virtud alguna, los sujetos de la información, aquellos que parecían indestructibles al principio, se vuelven vulnerables y dimiten o son puestos a disposición del juez. También reciben el rechazo de toda la comunidad que los arropó cuando daban miedo en una característica caída libre que Tom Wolfe describió con maestría en La hoguera de las vanidades. En este sexto estadio, el resto de la profesión, los que criticaron o se quedaron al margen, intentan rapiñar lo que quede aprovechable de la pieza caída y “el hijo de puta” no tiene tiempo para disfrutar de las mieles del éxito porque ya está en contacto con otra fuente que lo devolverá a la casilla de salida de este proceso sin fin.

En España también tenemos nuestros propios “hijos de puta”, muchos de los cuales darían para otro documental parecido al magnífico 'Cover-up'

En España también tenemos nuestros propios “hijos de puta”, muchos de los cuales darían para otro documental parecido a este magnífico Cover-up: Melchor Miralles, Antonio Rubio, Manolo Cerdán, Eduardo Inda, Fernando Lázaro, Chema Olmo, Agustín Marco, Alejandro Requeijo, Javier Chicote, Esteban Urreiztieta, Jesús Cacho, Gregorio Morán, Eduardo Martín de Pozuelo, Jordi Bordás, José María Irujo, Ángeles Escrivá, Melchor Sainz-Pardo

En este 2026, El Confidencial, con ocasión de su 25º aniversario, va a premiar los mejores trabajos de periodismo de investigación en tres categorías: Nacional, Internacional y Trayectoria. Propongo que la estatuilla sea un enorme “HdP”. No se me ocurre mejor reconocimiento.

Siempre que nace un medio de información, o uno de los ya existentes cambia de director, el fundacional, o el entrante, escribe una declaración de amor a la información con sus votos incluidos. “Fiscalizaremos al poderoso sin piedad; seremos la luz que ilumina la oscuridad; vigilaremos durante la noche como el ganso capitolino; daremos poder a los lectores y no lectores al poder; contaremos lo que algunos no quieren que se sepa porque, de lo contrario, estaríamos dedicándonos a las relaciones públicas”. Jefferson, Orwell o Kapuscinski suelen salpicar los textos. Todo tan retórico y sobado que Gistau los llamaba “la garita insomne”. El problema para los devotos guardianes es que suelen tener en sus redacciones ciertos profesionales que desconfían, que hacen una pregunta más y que siempre están sin vela en los entierros. Esos que procuran que el tren siempre llegue a Despeñaperros donde, en los tiempos de “El Gallo” y en 2026, quién nos lo iba a decir, se ponen a prueba los cojones del maquinista.

Medios de comunicación Periodismo El Confidencial Noticias del día El Confidencial