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Taxi Driver, 50 años del día que fuimos héroes y villanos
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Borja Negrete

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Taxi Driver, 50 años del día que fuimos héroes y villanos

La película de Scorsese encierra los secretos y los males de una jungla de asfalto capaz de despedazar al prójimo, hasta convertirlo en un mero fantasma que deambula entre peatones, algunos zombis, como ocurre hoy en Manhattan

Foto: Robert de Niro en 'Taxi driver' (Cult Books).
Robert de Niro en 'Taxi driver' (Cult Books).

Un taxi recorre la inmensidad de Nueva York. Las gotas de lluvia golpean los cristales. Las luces de las tiendas de licores y los anuncios de los nuevos espectáculos de Broadway se abren paso. La única melodía a bordo es el limpiaparabrisas, que no distrae la mirada de un hombre que contempla el infierno. Las grandes avenidas quedan atrás y surgen los barrios marginales, la delincuencia, los yonquis, las prostitutas, y en medio de ellas un alma solitaria que no sabe muy bien su razón para existir.

Se cumplen 50 años del estreno de ‘Taxi driver’, la película que nos narra a un hombre en busca de sentido. Una obra que encierra los secretos y los males de una jungla de asfalto capaz de despedazar al prójimo, hasta convertirlo en un mero fantasma que deambula entre peatones, algunos zombis, como ocurre hoy en Manhattan.

La película de Martin Scorsese revive en un libro de Cult Books que incluye artículos de Peter Biskind, el profeta del renacer de Hollywood, entrevistas con el guionista Paul Schrader y el director Martin Scorsese, y artículos de críticos de cine como Pauline Kael o David Thomson. A lo largo de sus páginas se respira la esencia de ese mundo que dejamos atrás hace medio siglo, pero que sigue vigente como el adiós de la chica que te gustaba, el sabor de tu comida preferida o el ritmo de esa canción de siempre.

El personaje de Robert de Niro, Travis Bickle, vive la soledad como un sacerdocio. La misma que acompañaba a Scorsese y Schrader en aquellos años 70 de la revolución sexual y libertaria. Scorsese caería después de rodar la película en el abismo de la cocaína, de donde saldría con la ayuda de Robert de Niro y un proyecto que a priori no le interesaba demasiado, ‘Toro salvaje’.

placeholder Vista aérea de Manhattan.
Vista aérea de Manhattan.

Cuando accedí a ‘Taxi driver’ por primera vez (y disculpen la píldora autobiográfica) tenía 15 años. Era esa época en la que la pandilla de amigos es más numeroso que nunca y la soledad, al mismo tiempo, alcanza sus más altas cotas de intensidad. Volvía a casa los fines de semana después de alguna aventura nocturna y veía ‘Taxi driver’. Y lo hacía porque entendía la soledad del personaje y el vacío de esas calles llenas de gente y semáforos.

El guionista Paul Schrader habla de su intención de que la ciudad se asemejara a un “ataúd de metal”. Cuenta que el personaje se basa en su propia experiencia después de que su mujer rompiera con él. Schrader se sumió en un poso de soledad y depresión. Su rutina entonces consistió en levantarse tarde, beber toda la noche y salir a conducir ebrio por los barrios más sórdidos de Nueva York.

Foto: la-prediccion-de-tony-soprano Opinión

El personaje de Iris, interpretado por Jodie Foster, está basado en una experiencia del submundo neoyorquino. En una de sus noches etílicas, Schrader pensaba que había ligado con una joven muy atractiva. Cuando fueron a su piso descubrió que era una prostituta yonqui “que solo podía prestar atención durante 20 segundos”. Como cuenta en el libro, la joven se llamaba Garth.

Siempre creí que ‘Taxi driver’ era una alegoría del existencialismo de Albert Camus, el retrato de un hombre en busca de sentido que descubre que la única salida a su insustancial día a día es el máximo de los sacrificios. Enfrentarse al mal cara a cara para liberar a una menor de las garras de la prostitución. Un acto por el que está dispuesto a pagar con su vida.

placeholder Martin Scorsese y Robert de Niro en el rodaje de 'Taxi driver' (Cult Books).
Martin Scorsese y Robert de Niro en el rodaje de 'Taxi driver' (Cult Books).

Schrader ofrece una visión distinta. “Ve a las mujeres como ‘diosas-prostitutas’, y su afán es matar al padre. Con una no lo consigue, pero con otra sí”, explica Schrader en el libro. Travis no entiende a las mujeres, las ve como un ser majestuoso y fuera de su alcance. Su visión ensoñadora ante los andares de Betsy (Cybill Shepherd) se eleva aun más a la trascendencia con los acordes de jazz del compositor Bernard Herrmann. Travis es tan torpe que la lleva a su primera cita a un cine porno y todo salta por los aires. Intenta matar a su ‘padre’, el político para el que trabaja. Pero fracasa. No así con el proxeneta que ‘posee’ a Iris, su otra diosa.

Las dos son inalcanzables para él, una porque le rechaza y otra por su corta edad. Una impotencia que hará que recurra a la violencia como escape a su frustración. Esta visión con la que Schrader alumbra la fábula del hombre de la metrópolis es más dura y descarnada de la que podía tener este juntaletras a sus 15 años. Cuando el bien y el mal parecían más distinguibles.

La película sirvió de inspiración a John Hinckley, el hombre que intentó asesinar a Ronald Reagan para impresionar a Jodie Foster y que está en libertad desde 2016. Y ahora me cuesta discernir si el personaje de Robert de Niro era en realidad un infeliz que intentó hacerlo lo mejor que pudo para dar sentido a su inane existencia o si en realidad es un mero sociópata que buscaba descargar su frustración.

Supongo que por eso los que amamos ‘Taxi driver’ no podemos evitar sentirnos villanos por haber querido ser héroes un día. Por haber compartido esa voluntad de darle una patada al frío hormiguero de asfalto y acero que nos cobija y decir: “hoy he hecho algo que merece la pena”.

Un taxi recorre la inmensidad de Nueva York. Las gotas de lluvia golpean los cristales. Las luces de las tiendas de licores y los anuncios de los nuevos espectáculos de Broadway se abren paso. La única melodía a bordo es el limpiaparabrisas, que no distrae la mirada de un hombre que contempla el infierno. Las grandes avenidas quedan atrás y surgen los barrios marginales, la delincuencia, los yonquis, las prostitutas, y en medio de ellas un alma solitaria que no sabe muy bien su razón para existir.

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