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Un cuento de Navidad
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Borja Negrete

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Un cuento de Navidad

La Navidad ha perdido el significado que un día tuvo para Sergio. Hasta que una noche, antes de Nochebuena, su abuela volvió para recordarle algo que había olvidado

Foto: Una anciana junto a una ventana.
Una anciana junto a una ventana.

Hubo un tiempo en que a Sergio le gustó la Navidad. La primera señal de que se avecinaba esta época del año eran las luces navideñas que adornaban el monótono paseo que había entre su casa y el colegio. Un camino que acostumbraba a recorrer cada mañana, aún medio dormido, y con el anhelo de que el día de escuela acabase rápido. Aquella hilera de luces no solo decoraba la calle tantas veces caminada, también era heraldo de buenos augurios.

La comida, los regalos, el cariño de los abuelos y la libertad de los días libres estaban a la vuelta de la esquina. Pero aquel Sergio hace tiempo que murió. Ahora, a sus 35 años, trabaja en una agencia de comunicación, escribiendo notas de prensa sobre electrodomésticos y otros asuntos que le importan un pimiento. Ya no recorre la calle de la ciudad en que creció, sino la línea seis del Metro de Madrid. Y aunque también va medio dormido, la aglomeración y los sonidos metálicos del suburbano le impiden volar lejos, como cuando era niño.

Se acerca la Navidad y a Sergio cada vez le hace menos gracia. Como todo en general. Comparte piso con su novia de la universidad, a quien conoció cuando el futuro era eterno como un minuto en Grecia (si no me creen, pidan un café en Atenas y esperen). Un lugar claustrofóbico, donde los metros cuadrados han sido exterminados como perseguidos en un holocausto.

Este año, Sergio pasará las Navidades en casa de sus padres y luego donde sus suegros, en Murcia. Pero nada tiene la gracia de antes. A veces siente que vive en un bucle donde cada día es igual, cada estación y cada año. Una sucesión de capítulos que parece diseñada por la inteligencia artificial.

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(Ricardo Rubio / Europa Press).

Es 23 de diciembre. Sergio se va a dormir y empieza el ritual. Coge el teléfono y mientras hace un scroll infinito en su red social de cabecera le aparece una notificación de Google Photos. “Recuerdos de hace diez años”. En la imagen aparece él con su abuela Guillerma, sonriendo con una copa de champán y un cartón de bingo. A la abuela le encantaba jugar al bingo después de la cena, y si alguno no quería, por falta de ganas, recibía una sentencia firme sin posibilidad de apelación por parte de la yaya: “Eres un soso y un aburrido”.

Los ojos de Sergio se fueron cerrando mientras se fijaba en el gesto alegre de la abuela, y en aquel jersey azul que era de sus favoritos. Cuando volvió a abrirlos, lo primero que le alcanzó fue la voz de ella. Habían pasado muchos años, pero aquel tono de voz agudo y risueño nunca había desaparecido de su memoria.

-¡Hola, hijo! Qué cara de sueño traes. ¡Anímate que es Nochebuena! Y luego viene el Papá Noel. ¡Ay mi cosa guapa!

Humphrey Bogart decía que todo el mundo lleva una copa de retraso. Pero la abuela Guiller llevaba una copa de adelanto. Sergio miró a su alrededor. Estaba en el salón de casa de sus abuelos. Olía a cocido, que es sinónimo de hogar y de refugio. Los muebles seguían como diez años atrás, incluyendo una estantería repleta de fotos suyas de niño. Algo así como la sala de trofeos del Real Madrid en versión nieto; la primera comunión; un partido de fútbol; el quinto cumpleaños; la graduación de segundo de bachillerato; la primera vez con un traje...

Las imágenes se difuminaban en una atmósfera onírica, pero alcanzaba a vislumbrar la larga mesa del comedor donde se reunía su familia cada Navidad para comer y beber hasta reventar, proferir insultos contra algún presentador de televisión, soltar las bromas más rupestres, jugar al bingo y, en definitiva, pasárselo bien. La más banal y la más sublime de las aspiraciones.

Su abuela estaba sentada frente a él. Tan regordeta como siempre. Con los mofletes sonrojados fruto de las dos copitas de vino que a buen seguro ya había degustado. Le miraba con esa admiración que siempre le había tenido.

-La mayor alegría de mi vida fue cuando nació mi Sergio. Así fue y así siempre será -dijo.

A Sergio se le humedecieron los ojos y le dio un abrazo a la abuela. Volvió a aspirar esa colonia que le era tan familiar. Y brotó aquel sentimiento de fortaleza que había sido tan esquivo en los últimos tiempos.

-Te echo de menos, abuela. ¿Por qué no vienes a verme más a menudo? ¿En qué momento se ha torcido todo?

La abuela no era una mujer de grandes discursos ni de palabras gruesas. Era un ser que irradiaba el cariño con la naturalidad con que la lluvia cae sobre el campo, o con que el río sigue su curso. Agarró las manos de Sergio, le miró a los ojos y dijo:

-Tú ya sabes, cariño, que a nosotros nos gusta jugar al bingo. De toda la vida. No como a otros sosainas. Tú siempre conmigo. Que para llorar ya están los lunes.

Sergio empezó a escuchar un sonido que lo arrastraba. Lo alejaba lenta pero inexorablemente de aquel salón. Empezó a atisbar un techo que le resultaba familiar. El sonido se hacía cada vez más claro, hasta que supo distinguir que se trataba del agua de la ducha.

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(Rafael Bastante / Europa Press).

Ya sabía que estaba en su piso de Madrid. Su novia se estaba duchando. Agarró el teléfono móvil: las 10:06. Se desperezó y fue a asomarse por la ventana. Ante sus ojos, un escenario teñido de blanco. Los cipreses y los fresnos estaban coronados de nieve. Los copos seguían cayendo con delicadeza, como bailando una melodía de Duke Ellington y John Coltrane. Sergio deslizó una sonrisa.

-¿Todo bien cielo? -le preguntó su chica, que acababa de entrar en la habitación.

-Sí, he estado con alguien a quien echaba de menos.

Cuando murió la abuela, hace diez años, también nevaba. Fue después del día de Reyes. Pero antes, en Nochebuena, habían jugado al bingo.

Hubo un tiempo en que a Sergio le gustó la Navidad. La primera señal de que se avecinaba esta época del año eran las luces navideñas que adornaban el monótono paseo que había entre su casa y el colegio. Un camino que acostumbraba a recorrer cada mañana, aún medio dormido, y con el anhelo de que el día de escuela acabase rápido. Aquella hilera de luces no solo decoraba la calle tantas veces caminada, también era heraldo de buenos augurios.

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