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Navidad, dulce Navidad

Somos producto de diferentes culturas. No nos conocemos adecuadamente si no conocemos a los otros. Y si no nos conocemos a nosotros mismos, no conocemos a los demás

Foto: Un nacimiento. (iStock)
Un nacimiento. (iStock)

Los que nacimos poco después del triunfo de la dictadura franquista tenemos un recuerdo muy especial de la Navidad, que se aleja de estas fiestas actuales con tantas luces y champán. Era una fiesta pobre, con el turrón como centro de la cena y pollo, si el bolsillo alcanzaba. Todo lo envolvía una atmósfera calurosa, de familias reunidas fuera del frío y la austeridad de la calle. Y en medio, el Belén y el Nacimiento. Y al acabar el año, la misa de gallo. El nacionalcatolicismo impregna aquellos momentos en los que la pobreza se tomaba un respiro.

Hoy la publicidad y el consumo son todopoderosos. Y con más contagio que reflexión, la tradición se va oscureciendo. Y se vuelve a los orígenes de una celebración que hunde sus raíces en diversas culturas. Por un lado, la geografía dicta lo que serán los solsticios. Son dos, el de verano y el de invierno. En diciembre cambiamos de rotación respecto al sol. Y los días empiezan una especie de regeneración. Los romanos lo festejaban en las Saturnalias. El templo de Saturno era el centro donde conmemorar el advenimiento del sol. Tanto es así que la invocación era al Sol Invictus. Por cierto: san Agustín, en el fulgurante comienzo del cristianismo, dirá Sol Invictus iam Natus est. Obviamente, se refería a Jesús.

En diciembre cambiamos de rotación respecto al sol y los días empiezan una especie de regeneración. Los romanos lo festejaban en las Saturnalias

Del nacimiento de Jesús, relatado por dos de los cuatro evangelistas, se dice que vino al mundo en Belén y en un pesebre. Dejando de lado la crítica histórica y la mitología, lo cierto es que nuestra cultura, a través de varios pasos, ha colocado ese pesebre como elemento central y fundacional de nuestra temporal cotidianidad.

Todavía habría que recordar la herencia celta que se hace presente con el árbol y el muérdago. El musgo que recogíamos en la niñez es un residuo de dicho muérdago. Servía para hacer un nacimiento. A su alrededor se cantaban los más que conocidos y maltratados villancicos.

Lo dicho es una síntesis un tanto apretada de un fenómeno insertado en nuestro nicho cultural. Y un recuerdo de que somos producto de diferentes culturas. Las culturas se entrecruzan, se solapan, se transforman, se imponen o las asimilamos. Somos seres culturales y conviene repasar de vez en cuando cuáles son las piezas de ese cuadro que nos retrata culturalmente. Y sacar las oportunas consecuencias. Una es que no nos conocemos adecuadamente si no conocemos a los otros. Y la segunda, que si no nos conocemos a nosotros, no conocemos a los demás. Entretanto, turrón, buen vino y villancicos sin desafinar. Y una mirada a quienes no puedan gozar de lo mejor de la fiesta.

Los que nacimos poco después del triunfo de la dictadura franquista tenemos un recuerdo muy especial de la Navidad, que se aleja de estas fiestas actuales con tantas luces y champán. Era una fiesta pobre, con el turrón como centro de la cena y pollo, si el bolsillo alcanzaba. Todo lo envolvía una atmósfera calurosa, de familias reunidas fuera del frío y la austeridad de la calle. Y en medio, el Belén y el Nacimiento. Y al acabar el año, la misa de gallo. El nacionalcatolicismo impregna aquellos momentos en los que la pobreza se tomaba un respiro.

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