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Sobre el laxismo (o el buscar siempre una excusa)
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Sobre el laxismo (o el buscar siempre una excusa)

Sin llegar a ser una doctrina moral, era la actitud de rebajar cualquier gravedad hasta convertirla en una nadería

Foto: Un político con sus máscaras. (iStock)
Un político con sus máscaras. (iStock)

Una de las típicas frases de Napoleón más repetidas es la de que si el enemigo se retira, no hay que despistarle. Ingeniosa recomendación, y llena de sentido común. Porque, en términos generales, la mejor manera de enfrentarse a un rival no es hablar mucho contra él, sino silenciarlo. No solo porque, como dice el refranero —tantas veces sabio—, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

Una razón más profunda es que le estás dando argumentos. Al señalar sus defectos, le estás ayudando a corregirlos. Imaginemos ahora a dos fuerzas políticas que se disputan un espacio común. Si hacen caso al cuco de Napoleón, al refranero o al sentido común, se abstendrán de caer en el error o la imbecilidad de estar señalando constantemente al contrario cuáles son sus defectos.

Bajemos de la imaginación a los hechos. Vemos ahí que dos equipos políticos en pugna por el poder dedican todo su tiempo y sus apoyos clientelares a poner el dedo en los males de aquellos a los que dicen combatir. En sana lógica no es fácil entenderlo. Y en una lógica elemental, tal vez encontremos tres razones: una, que la cabeza no les da para más. Otra, que simulan ser dos ramas distintas cuando en realidad comparten el mismo tronco. Y la tercera, que todo es una pantomima, un teatro.

De esta manera, se entretiene a la gente, se la manipula y se la va animando para que, cuando llegue el momento, apoye a uno de los dos bandos. Claro que el teatro tiene poco que ver con los espectadores y sus necesidades. Por mi parte, y sin quitar fuerza a las dos primeras interpretaciones, me inclino más por la tercera. Laxismo.

En un tiempo muy pasado yo iba a confesarme siempre que podía con un jesuita llamado Fernández Regatillo. Era de lo más comprensivo y tranquilizador, porque dijera lo que dijera me preguntaba si era escrupuloso y, enseguida, mi supuesto pecado pasaba a ser un escrúpulo. Ni siquiera necesitaba perdón y me iba tan feliz.

La anécdota me lleva a recordar lo que fue el laxismo. Sin llegar a ser una doctrina moral, era la actitud de rebajar cualquier gravedad hasta convertirla en una nadería. El laxismo ha recibido también los nombres de probabilismo, casuismo o jesuitismo.

El laxismo ha recibido también los nombres de probabilismo, casuismo o jesuitismo

Probabilismo, porque una acción admite otras muchas probabilidades de ser entendida, y siempre habrá alguna que borre la falta en cuestión. Casuismo, porque puede haber tantos casos que no es obligatorio someterlos a una ley que se transformaría en puro rigor. Jesuitismo, porque con frecuencia se ha acusado a los jesuitas de ser unos marrulleros para salir siempre con la suya. Y, si no, que se lo pregunten a Pascal.

A ese laxismo o relajación yo le llamaría porquerismo. No sé si se ha usado ya esa palabra. El porquerismo se empeña en buscar siempre una excusa, una interpretación benigna de un hecho que no es tan benigno. Si insulto a alguien, estará listo el porquerista para decirme que la causa estriba en que me he levantado con mal cuerpo de la cama. Si miento como un bellaco, habrá que mirar a un supuesto trauma infantil.

Toda gravedad se convierte en levedad. La rebuscada explicación anula el hecho. Tal hecho queda desdibujado en manos de un oportuno por qué. La culpa se oculta o se desvanece, y como el pseudoarte de justificar no tiene límites, la responsabilidad se va de vacaciones.

El laxista no llama a las cosas por su nombre, sino por lo que pueden ser y le beneficien. Es insoportable en la vida cotidiana. Y un fracaso en la ciencia. Y, ya en el mundo de la política, es el rey. Se puede conceder que el laxista —un necio con poco conocimiento— tiene imaginación. Pero poco más. Porque es un pesado y aburre con su ignorante sabiduría.

Una de las típicas frases de Napoleón más repetidas es la de que si el enemigo se retira, no hay que despistarle. Ingeniosa recomendación, y llena de sentido común. Porque, en términos generales, la mejor manera de enfrentarse a un rival no es hablar mucho contra él, sino silenciarlo. No solo porque, como dice el refranero —tantas veces sabio—, no hay mejor desprecio que no hacer aprecio.

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