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Con el Gran Torino a por Liberty Valance en Valencia
Valencia se ha llenado de personajes de Clint Eastwood y John Ford, que estarían orgullosos de todos los que cogieron su Gran Torino para ir al lugar donde no hay paz para los muertos
Los recuerdos son como las olas del mar. Vienen y van al ritmo del oleaje. Porque la memoria es azul, y siempre albergamos la esperanza de encontrar en el horizonte donde cielo y océano coinciden la mirada de los que ya no están.
Pensaba esto en la playa de Comillas el puente de Todos Los Santos. Aquel pequeño pueblo de Cantabria, uno de los más bonitos de España, alberga muchas historias. En sus calles siempre he tenido la sensación de haber vivido allí en otra vida. Es un sentimiento de pertenencia que no es fácil de explicar.
Todo se resume en que cuando estoy ahí, estoy en casa. Estoy en el mejor lugar en el que se puede estar del mundo. Y por muchas veces que haya caminado sus rincones y admirado sus paisajes, sigo siendo el niño que lo pisó un día y quiso ser escritor. Ese niño que descubrió el cine clásico en una pequeña biblioteca de Comillas donde manejaba el carnet de socio con la destreza con que algunos tiran de visa oro.
Yo ya tenía mi visa oro en aquel sencillo carnet, sin foto, de cartón. Con una infantil firma que a día de hoy me acompaña -pese a los cientos de millones de cuadernos de caligrafía Rubio que llené con paciencia monacal-. Puede que detrás de toda esta admiración por la localidad cántabra haya algo de nostalgia de mundo perdido.
Siempre me gusta llamar a estos lugares mágicos Innisfree, como la aldea a la que John Wayne regresa en ‘El hombre tranquilo’ y donde consigue curar el tormento que arrastra desde la lejana América. Lo hace en un lugar verde con autóctonos peculiares, un bar y una pelirroja con la que discutir día y noche, ¿para qué más?
Hoy en día el legado de John Ford lo ha recogido Clint Eastwood. Sus películas son, en buena medida, la reivindicación de un ayer que no volverá o que desentona como un Gran Torino atravesando Manhattan. El director acaba de estrenar película a los 94 años (Juror #2), y muchos suspiramos por que el maestro tenga una larga vida.
Con él se irá el último de los clásicos. De los pocos que se atreven a señalar el agilipollamiento generalizado en la que gran parte de la modernidad está inmersa. Añora a los tipos duros que bajaban al barro y se manchaban las manos (a veces de sangre) para resolver sus problemas, para hacer justicia, como en ‘Sin perdón’.
John Ford añoraba los valores de un Oeste imaginario en el que Tom Doniphon mataba a Liberty Valance y se retiraba en silencio hasta morir en el olvido. Justo al contrario que unos cuantos yutubers que empotran su cara frente a la tragedia para presumir de cuántos cubos han llenado de barro.
La postmodernidad ha convertido a los cowboys en seres anacrónicos, pero los personajes de Eastwood y Ford siguen vivos. Algunos se parecen a los que encontré en una taberna de Comillas llamada ‘La Corriente’, un lugar de toda la vida donde detestan a los turistas y acogen con entusiasmo a los parroquianos. El que parecía el cabecilla, un hombre ya mayor de profusa barriga que hablaba con voz potente y golpeaba el suelo con su bastón a cada afirmación ponía el grito en el cielo con la DANA: “Los periodistas llegaron allí al día siguiente y las emergencias no. ¡Cómo puede ser!”.
El mundo es un lugar misterioso. Muchas veces carente de todo sentido. Mientras en Comillas hacía un sol espléndido, un día precioso donde el verde de la vegetación se mezclaba con los colores del otoño abriéndose paso, allá en Valencia el fango lo cubría todo.
Pero mira por dónde, pensé, Valencia se había llenado de personajes de Eastwood y Ford. De personas que cogieron su Gran Torino para llegar al lugar donde no hay paz para los muertos para echar una mano a los vivos. Y Valencia es hoy un lugar repleto de Tom Doniphons. Salvo algún cobarde que huye sin ni siquiera tener delante a Liberty Valance.
Los recuerdos son como las olas del mar. Vienen y van al ritmo del oleaje. Porque la memoria es azul, y siempre albergamos la esperanza de encontrar en el horizonte donde cielo y océano coinciden la mirada de los que ya no están.