No se pone uno a leer un libro sobre una liebre en plan: me lo voy a pasar en grande. De hecho, La liebre y yo(Asteroide) te mira desde una mesa como si no te lo acabaras de creer. ¿Va sobre una liebre? ¿Y eso es todo? ¿Cuál es el truco? No hay truco. Va sobre una liebre y eso es todo.
El debut de la asesora política Chloe Dalton nos hace imaginar a un Diego Rubio o unIván Redondoque presentaran un libro de más de doscientas páginas sobre tejer jerséis o restaurar sillas encontradas en la calle. Resulta muy contraintuitivo que personas bregadas en la adrenalina política y la tomadura de pelo a los ciudadanos nos vengan de pronto con estos aspavientos zen. Sin embargo, si lo piensas un poco, quizá es lo más lógico. Después del estrés de las reuniones, las mentiras, las crisis, las falsedades, la corrupción que haces como que no ves, la miseria moral que vuelve a todos ricos a tu alrededor y la podredumbre generalizada de moquetas y despachos, ¿qué mejor que entregarse a algo digno, puro y sencillo? A una liebre.
Así que Chloe Dalton se fue a su casa de campo, más sola que la una, y se puso a mirar las nubes. Paseaba por la campiña durante la pandemia y tele-trabajaba un poco. Según cuenta, un día encontró una cría de liebre abandonada, el lebrato. Lo dejó estar como buena política. Pero, al regresar unas horas después, el lebrato seguía solo y a la intemperie y esperando que alguien se lo comiera. Chloe se hizo ciudadana normal (persona) y se llevó el lebrato a casa.
Ahí empieza esta odisea paramaternal y extraordinaria.
Deben saber que escribir muchas páginas sobre una sola acción se cuenta entre las prácticas más complicadas de la literatura. Dalton escribirá doscientas cincuenta páginas sobre sacar adelante a un animalillo sin tener ni idea de crianzas o mascotas o vacas o, siquiera, gatitos. Llama por teléfono a veterinarios, consulta manuales sobre liebres. Será en un poema del siglo XVIII (no es broma: Epitafio para una liebre, de William Cowper) donde encontrará la pista definitiva de qué darle de comer a una liebre recién nacida.
Cubierta de 'La liebre y yo', de Chloe Dalton.
El pulso de la obra se asienta en el detalle. La autora no lo dice, pero debió de ir anotando toda su aventura zoológica en un cuaderno cada noche antes de dormirse. Por ello, nos describe el crecimiento feliz de su bebé liebre con puntillosidad nabokoviana. Cada pelito que cambia de color, el iris evolucionando, las patas, las actitudes, los reconocimientos, los gestos del lebrato. Dalton consigue algo muy potente: que atravesemos la dura capa, el granítico muro del aburrimiento y empecemos a apasionarnos por una actividad totalmente absurda. Es un poco como el cine experimental o las películas de nueve horas de Andy Warhol. Hay un primer instante de tedio e impaciencia, pero, una vez tomada la medida tonal y rítmica de las acciones, el lector vive una gran aventura veterinaria.
La obra se inscribe en la literatura de la naturaleza que suele tener como piedra angular el Walden deThoreau. Recuerda sobre todo a un libro en efecto aburridísimo llamadoEl peregrino(1967), de J. A. Baker, sobre un halcón en concreto que da mucha pena que se extinga. Y, como en El peregrino o en Primavera silenciosa (1962), de Rachel Carson, se incide en la maldad del hombre, de sus máquinas y pesticidas, y en cómo destruimos la naturaleza para plantar patatas o construir carreteras.
Dalton consigue que atravesemos el granítico muro del aburrimiento y nos apasionemos por una actividad totalmente absurda
Sin embargo, este afeamiento civilizatorio es menor en La liebre y yo, donde lo auténticamente delicioso es ver cómo la autora se postula para madre sin darse cuenta. Su atención por la pequeña liebre es tan comprometida que, poco a poco y paso a paso, vemos realmente a una madre. De primeras, Chloe creé que su liebre es única y especial, se niega a considerarla una mascota; en un gesto de modernidad no binaria, también se niega a determinar si es macho o hembra. Le concede una habitación en la casa, unas rutinas y accesos. Luego, “el día que la liebre se fue, no dio señal alguna de sus intenciones”. Esto hace que Chloe tenga sentimientos netamente maternales: “Sentí pena ante el fin de aquella experiencia mágica, y añoranza por los días que jamás se repetirían”. Y confiesa: “Vivir con un lebrato me cambió de otras maneras inesperadas”.
Es llamativo que en ningún momento la autora establezca paralelismos entre su singular determinación por cuidar de un bebé liebre y los cuidados naturales de los humanos con sus propias crías. Sin embargo, la liebre nos parece en algunos arrebatos un adolescente (cuando secciona un cable de la casa, por ejemplo), en otros, un hijo adulto (cuando se marcha) e, incluso, un hijo que te hace abuela (finalmente tendrá descendencia). Dalton no lo ve, o no quiere verlo. “Me pregunté cómo sería para ellos [los lebratos] tocar la hierba por primera vez, oler el viento que soplaba sobre la tierra seca y las plantas cargadas de flores, y sentir el asedio de todos los sonidos de la naturaleza”. Preguntas típicas de aquellos que acaban de tener un hijo, claro.
La atención por la pequeña liebre de la autora es tan comprometida que, poco a poco y paso a paso, vemos realmente a una madre
Hay un momento en que la casa de campo de Chloe Dalton estará llena de liebres, lo que resulta bastante gracioso de contemplar, sobre todo si tenemos en cuenta la normalidad con la que la autora vive esta invasión leporina. El libro en inglés se titula Raising hare, es decir, “Criar a una liebre”, y creemos que la traducción La liebre y yo no hace justicia a las intenciones de la autora, desplazando el centro de la obra de la responsabilidad paternal a una especie de cumbre bilateral con liebres.
Sin embargo, la traducción es al cabo de mucho mérito, algo imprescindible para disfrutar de este libro lleno de apuntes sobre la naturaleza con vocabulario exquisito.
No se pone uno a leer un libro sobre una liebre en plan: me lo voy a pasar en grande. De hecho, La liebre y yo(Asteroide) te mira desde una mesa como si no te lo acabaras de creer. ¿Va sobre una liebre? ¿Y eso es todo? ¿Cuál es el truco? No hay truco. Va sobre una liebre y eso es todo.