Mala Fama
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Insultar a todo el mundo: los crudos diarios de un cocinero malagueño en el fin del mundo
Joaquín Campos ha completado tres entregas de sus descarnadas memorias
Hay una órbita singular en este universo de la literatura donde se ubican los autores que no acaban de aterrizar en los sellos y suplementos convenientes. Diríamos que dan vueltas sin parar esperando su momento. Dan vueltas durante años. Escriben y publican en editoriales minúsculas. Cumplen cierta edad (cuarenta, cincuenta) y asumen su excentricidad. Y siguen escribiendo.
El motivo de esta soledad espacial suele ser la propia escritura. Aunque el mundillo se rige por amiguismos, estupidez, contactos y pura potra, hay gente que no acaba de encontrar su prosa. Diríamos que es la suya una prosa pre-literaria, siempre promisoria, como incapaz de alcanzar el último hervor. Los manuscritos que todos tenemos en el cajón de aquellos años juveniles, y que no decían aún las cosas que queríamos decir, son sus manuscritos recurrentes. Da rabia. No acaba de salir literatura; en rigor, no acaba de salir un producto.
Con todo y lo incompleto, existe en este carril de escritores frustrados un tema que les resulta único. Es el tema, justamente, de mirar el mundillo editorial desde tan lejos. Mientras que los autores consagrados, consagrables y, en fin, publicados entre Barcelona y Madrid nunca pueden hablar crudamente del negocio de los libros, a estos astronautas abandonados ya les da todo igual y pueden poner negro sobre blanco nombres y apellidos, intimidades y desafueros. Curiosamente, cuanto más sinceros son con su fracaso, más cerca están de hacer literatura.
No sabía quién era Joaquín Campos hasta que un señor se me acercó el otro día a donde estaba firmando (en el famoso Quiosco Miguel de Madrid) y me preguntó si lo había leído. Dije que no. Dijo que estaba bien. “Habla de ti”, continuó, “a veces bien y a veces mal”.
Días después, me saqué de la biblioteca
Nunca lo hizo; ni me escribió ni me enviaron el libro. Gracias a Dios. Crítico es quien encuentra los libros, estén donde estén, enseguida o muy tarde. Pero al final llega. Si la gente tiene que decir, oye, he escrito un libro, es que no creen en la crítica; y si a ti no te interesa ningún libro que no te hayan enviado, entonces no eres un crítico. Eres un famosete con plaza en un periódico.
Lo que presenta Campos en Pedagogía, y entiendo que en Ajuste de cuentas (2022) y en
O: “Creo que para ser escritor sólo hay que contar la verdad. La verdad de lo ocurrido y la verdad de lo que piensas”.
La verdad en Campos es la de una vida bastante peculiar, fuera de España, en este libro en concreto como “chef ejecutivo” en el hotel Hilton de Cabo Verde. Acaba de perder el trabajo y se enfrenta a sus antiguos jefes en los tribunales. Vive con poca ropa, en casas de confortabilidad decreciente, acostándose con mujeres a las que dobla la edad y siguiendo en redes sociales la actualidad literaria española, que le parece despreciable. “Sólo me siento superior a los que han traído hijos al mundo”.
El libro es muy desagradable, pero me lo he leído entero. Hay vidas así, y hay gente a la que no le importa que la veas así
El libro es muy desagradable, pero me lo he leído entero. Hay vidas así, y hay gente a la que no le importa que la veas así. Pedagogía tiene algo de documental propio y vejatorio, o de testimonio chungo oído sin querer en la barra de un after. Quizá se lee por morbo o por pena o por incredulidad. A partir del cuarto o quinto insulto a uno u otro señor de las letras, ya no se los tienes en cuenta.
Un rapero ahora innombrable afirmó que el buen rap mezcla calle y retórica. No vale con ser calle, haber visto el delito y la miseria y las acciones policiales, también tienes que ser capaz de volver toda esa experiencia un artefacto estético. Si falla la calle o falla la retórica, decía este rapero, no es buen rap.
Si de algo va sobrado Campos es de calle. Drogas, alcohol, mudanzas, divorcios, deudas. Masajistas turbias. Enemigos. Chabolas. Todo se amontona en la gran sentina que es este libro (y no lo decimos particularmente a malas). Todo es desprecio y cochambre. Pero falta un mayor talento para la palabra, un mínimo brillo en la sucesión de las frases, que no acaban de sostenerse en otra cosa que en la verdad, como esas fotografías malas que salen en portada de los periódicos porque son el único testimonio gráfico de una gran noticia.
Mi conclusión es que se trata de un libro horrible que nadie debería leer y, sin embargo, me gusta que alguien lo haya escrito
Sin embargo, no estoy seguro de si un libro como este, escrito por un francés o un polaco, no despertaría elogios en la crítica (pienso en Édouard Louis, por ejemplo), y hasta yo mismo lo leería con otros filtros, en el caso de que el autor no fuera malagueño, es decir, demasiado cercano para perdonarle nada.
Mi conclusión es que se trata de un libro horrible que nadie debería leer y, sin embargo, me gusta que alguien lo haya escrito y que alguien lo haya publicado. A su manera, sirve para marcar con tiza la última línea del terreno de juego, ese fondo sur donde empieza la incultura misma.
“Debo de ser uno de los pocos escritores contemporáneos -¡y quién sabe si de la historia!- que ha dejado de trabajar por 5.000 euros al mes y otras prebendas y se ha encerrado en su círculo literario, cuando su centro comercial más cercano dista a miles de kilómetros. Sí, soy lo que vosotros decís ser. Pero yo lo soy de verdad, mamarrachos”.
Hay una órbita singular en este universo de la literatura donde se ubican los autores que no acaban de aterrizar en los sellos y suplementos convenientes. Diríamos que dan vueltas sin parar esperando su momento. Dan vueltas durante años. Escriben y publican en editoriales minúsculas. Cumplen cierta edad (cuarenta, cincuenta) y asumen su excentricidad. Y siguen escribiendo.