Pasan los años por mis amigas y sólo un amor permanece: el amor a la cerveza. Esto me chocó el otro día y me dio por pensar en ello. Este artículo, en rigor, es mi forma de pensar en ello.
Hablo de chicas que tuvieron veinte y una cerveza al lado, que fueron madres y alguna caña le dieron a probar al feto, y que luego no le ahorraron varios botellines al bebé. Ya con cincuenta, siguen mostrando un entusiasmo pre-natal por la ceremonia de tomar cervezas. La cerveza en estas chicas y mujeres es siempre plural, acumulativa, no es como que hagan una cata de dry hopping y IBUs en una galería de arte. Les vale una Mahou; exigen una Mahou. La única fidelidad que conocen es a su Mahou.
Ahora que la juventud no bebe alcohol, la industria cervecera se sostiene por borrachas acreditadas. Como hay confianza, digo “borrachas”. Cuando los camareros me ven con una chica en una terraza, siempre saben que la cerveza es para ella. Mis amigas maduras me afean los Trinaranjus, no por la falta de hombría, sino por la falta de felicidad.
Perdura en la cerveza una alegría universitaria, un jolgorio Erasmus, un primer novio con guitarra y padres de dinero. No encuentro otra explicación para el vicio sostenido de las cervezas que esa nostalgia de estar borracha estando buena. Las cervezas, para mis amigas borrachas, no son escalinata de perdición, no llevan, indefectiblemente, a una copa y luego a otra, sino que constituyen en sí mismas, esas cañas o esos tercios, un evento satisfactorio.
Por eso, hay contaduría y versículo, y se hacen números mientras se pierde la cabeza. Cuántas. El body count del lúpulo es el termómetro de esta socialización fermentada. Al día siguiente, sólo recordarán cuántas cervezas bebieron, y cuántas quiso el camarero regalarles. Ese detalle, que el camarero te ponga otra ronda sin coste alguno, de tanto que te quiere como clienta, es la prueba del éxito de una reunión de esta especie. Era tanta nuestra felicidad que llegó el comunismo, y las cervezas no había que pagarlas.
Mi imán para chicas esponjosas que se ríen de mis Aquarius no me hace pensar que tenga yo buena suerte, pues estas mujeres para las que la cerveza es San Valentín abundan y se exhiben. En las apps de ligar muchas chicas se fotografían con un tercio en la mano, muy cerca de la boca, como diciendo que si las quieres a ellas es con su cerveza, para pagarles una cerveza o sabiendo que saben a cerveza. Hasta en sus hobbies de Tinder ponen muy arriba, incluso más arriba que la escalada y el taller de cerámica, tomar cervezas. Es algo de lo que están muy orgullosas y que define su ser en el mundo, este activismo del almidón, esta militancia malteada.
Hasta en sus hobbies de Tinder ponen muy arriba, incluso más arriba que la escalada y el taller de cerámica, tomar cervezas
También en redes sociales menos capciosas (valga el oxímoron) comprobamos ese mensaje principal que estas mujeres juramentadas por el sonido de la chapa al desprenderse de la botella tienen que darnos. De nuevo, en X o Facebook o Instagram, fotos principales con botellines o cañas o tercios, y descripciones biográficas donde se está eternamente bebiendo. Si una columnista tiene éxito, siempre bebe cerveza. Y sus columnas, vayan de lo que vayan, van siempre de acabarlas cuanto antes para bajarse a tomar cervezas. Por eso gustan mucho.
Ahora que hay mucha confusión entre hombres y mujeres, debemos insistir en la singularidad femenina de estas borracheras superficiales. Como petición de principio nos atrevemos a afirmar que los hombres y las mujeres son diferentes, muy diferentes, y por ahí todo seguido podríamos llegar a entender la vida, el mundo y las canciones. Rosalía misma fue preguntada por la escritora Mariana Enríquez qué cualidad prefería en un hombre, y dijo: “Que sea gay”. Después, la cantante resurrecta dio carta de naturaleza a la bobería contemporánea sobre género, al cuestionar por qué debía una señalar cualidades dilectas en un hombre distintas a las que revelaría para una mujer. Esto es como afirmar que, si te preguntan por tu lugar favorito de Madrid y luego por tu lugar favorito de Barcelona, tienes que decir una plaza que se llama igual.
En los hombres, la cerveza sólo sirve para hacerle sitio a la ginebra, y al final, si no hay cocaína y prostitutas, comparece el delirio y la soledad
Los hombres y las mujeres no pueden ser diferentes, dice Rosalía; pero los hombres gays son los más diferentes de entre todos los hombres, vino a decir también.
Otro escritor se preguntó en la radio por qué los hombres no llevan falda, y una diseñadora en una entrevista apuntó en la misma dirección al proponer que los hombres “se vistan sexy”, siendo sexy para ella en un hombre los escotes, las faldas y “botines con tacón”.
Hay aquí mucha simpleza y mucha servidumbre al mainstream moral, que aplaude por lo general este tipo de afirmaciones descabelladas. Se opera desde mecánicas lógicas infantiles, y si algo lo hacen los hombres (fútbol, videojuegos, ajedrez), siempre se puede afirmar que lo deben hacer las mujeres; y, si algo no frecuentan los varones (clubes de lectura, lencería), se les invita a probarlo. Todo este inocente revoltijo de frivolidades acaba con un hombre golpeando mujeres una tras otra en los Juegos Olímpicos, como sabemos, y llevándose una medalla de oro.
La cerveza femenina es una categoría de los cuidados, una forma de fidelidad al clan y a los amantes, la prioridad del aire libre
Así, mis amigas con la cerveza como pasión eterna no entran en el radar de esta negación de género, pues dirán algunas que ellas beben como beben ellos, y no tiene más misterio. Es falso. Ellos son alcohólicos. En los hombres, la cerveza sólo sirve para hacerle sitio a la ginebra, y al final del camino, si no hay cocaína y prostitutas, comparece el delirio y la soledad.
Estas mujeres que ausculto y analizo no están nunca solas bebiendo sus cervezas, y sería complicado determinar si beben cerveza para juntar amigos o si juntan a los amigos para beber cerveza. Hay celebración, hay conversación, hay, incluso, familia. La cerveza femenina es una categoría de los cuidados, una forma de fidelidad al clan y a los amantes, la prioridad del aire libre.
Pasan los años por mis amigas y sólo un amor permanece: el amor a la cerveza. Esto me chocó el otro día y me dio por pensar en ello. Este artículo, en rigor, es mi forma de pensar en ello.