Si los impuestos hablaran, dirían: "He venido a robarte". Sin embargo, las únicas que hablan son las paredes. Este imposible, fraguado para señalar la cautividad de secretos y miserias dentro de casas y saunas, lo hacen posible los libros, el periodismo, Villarejo, las columnistas deEl País y algunos vasos extraoficialmente pegados a los tabiques del vecino. Al final, todo se sabe, como si el gotelé deviniera parlanchín y los ladrillos vocearan tu vida. Si no fuera así, no sería posible este libro: Si las paredes hablaran (Capitán Swing), de Lucy Worsley.
Se trata de un ensayo sobre el hogar, entendido como eso que ahora no puedes comprar y que en la Edad Media tenía cualquiera. Worsley invade casas del Medievo, de la época Tudor y de la época Victoriana, y en muchos casos sorprende que, sin Idealista, todo el mundo tuviera una casa bastante grande.
La casa como Dios manda dispone de cuatro estancias principales, salón, baño, cocina y dormitorio, y a todas ellas dedica la autora innumerables aproximaciones. Cuesta transitar por los domicilios de este ensayo sin acordarse de las familias que hoy alquilan una sola habitación, y esa es su casa. No puedes llamar hogar a un espacio donde no es posible perder de vista a tu madre simplemente cerrando una puerta. La casa familiar sólo funciona si sirve, sobre todo, para dejar de verse.
Worsley dedica breves capítulos a cosas muy pequeñas, como hizo Neruda en sus Odas elementales. Si el poeta habla de la cebolla, la ensayista habla del papel higiénico ("un persona tira de la cadena 3,48 veces al día y utiliza 11,5 tiras de papel higiénico"); si Neruda se extasiaba con las naranjas, Worsley se entusiasma con hacer la cama. Al final todo es poesía.
En 1709, se creó en Inglaterra un impuesto a las velas. Pero es que, apenas diez años antes, el gobierno creó el "impuesto a las ventanas"
El libro nos revela que damos demasiadas cosas por supuesto, y que el progreso no carece de altibajos. La Edad Media no estaba tan mal, afirma en varias ocasiones la autora, sobre todo si la comparamos con el siglo XIX (periodo Victoriano), donde se hizo campaña contra la masturbación de modo equiparable a "las campañas antidroga de nuestros días". El siglo XIX persiguió el sexo y llenó los salones de mal gusto, aprovechando que la burguesía no sabía qué hacer con el dinero. También fue la época donde maltratar a los criados era todo un arte. No en vano, para acabar con los espantosos "interiores burgueses" surgió Arts and Crafts, un movimiento de expurgo decorativo que echaba mano de los diseños "medievales" de William Morris.
Si las paredes hablaran presenta una sucesión de normalidades o nuevas normalidades, pues todo se considera normal si lo hace una mayoría de vecinos. Fue normal no tener cuarto de baño y dormir todos en la misma cama, y luego fue normal el papel pintado enlas paredes y mirarse en un espejo. Lo único permanentemente ubicado en la anormalidad son los impuestos.
Cubierta de 'Si las paredes hablaran', de Lucy Worsley.
En 1709, se creó en Inglaterra un impuesto a las velas, dado que empezaron a venderse en grandes cantidades para iluminar las casas por la noche. Pero es que, apenas diez años antes, el gobierno creó el "impuesto a las ventanas", que permaneció hasta 1851 gravando todas esas veces en las que te asomabas a la calle desde tu propio domicilio. Eran, en fin, "impuestos al aire y a la luz". Imaginen trabajar hacia 1715 en Inglaterra sabiendo que la Hacienda de entonces te iba a crujir aprovechando tus velas y tus ventanas, pues un impuesto a las basuras no se les había ocurrido todavía. Muchos tapiaron media casa para poder llegar a fin de mes. Hoy nos quejamos de vicio.
Aunque el ensayo se alimenta básicamente de realidades inglesas del pasado, este impuesto a las ventanas (que buscaba conocer el número de hogares que había en un edificio), nos recuerda las "casas a la malicia" del Madrid del mismo periodo. Para dar alojamiento a los funcionarios del rey, era obligatorio ceder la mitad de tu casa si era grande y de fácil partición, lo que provocó construir casas endiabladas y de fachada confusa (esas ventanas desparejadas que todavía pueden verse en la capital de España) para evitar que te metieran funcionarios dentro.
Lo que sí había dentro de muchas casas eran criados. Cerca de la mitad de la población, en la época Tudor (siglo XVI), había estado "empleada en el servicio doméstico en algún momento de su vida". Para Worsley "el cataclismo más significativo en mil años de historia doméstica" sucedió en 1951, cuando "tan solo el 1 por ciento de los hogares tenía un criado doméstico interno a tiempo completo". A mitad de siglo XX, casi desaparecieron los criados.
Sin embargo, yo creo que ahora, en2026, hay más criados que nunca. Son criados nuestros todos los que llaman a la puerta para traernos cosas que antes salíamos a comprar a una tienda; y son criados las cuidadoras y las señoras de la limpieza y las niñeras y los paseadores de perros y las salus. Me impresiona la cantidad de personas de mi generación que no limpian su propia casa, aunque les cueste llegar a fin de mes.
Imaginen que les dijéramos a todos estos antiguos humanos atrasados que llegaría un momento en el que pagaríamos a alguien para que nos paseara el perro. Nos dirían que sí, que efectivamente hemos progresado una barbaridad.
Si los impuestos hablaran, dirían: "He venido a robarte". Sin embargo, las únicas que hablan son las paredes. Este imposible, fraguado para señalar la cautividad de secretos y miserias dentro de casas y saunas, lo hacen posible los libros, el periodismo, Villarejo, las columnistas deEl País y algunos vasos extraoficialmente pegados a los tabiques del vecino. Al final, todo se sabe, como si el gotelé deviniera parlanchín y los ladrillos vocearan tu vida. Si no fuera así, no sería posible este libro: Si las paredes hablaran (Capitán Swing), de Lucy Worsley.