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Tipos Infames: el fallo fueron los libros
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Alberto Olmos

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Tipos Infames: el fallo fueron los libros

El cierre de la icónica librería madrileña supone una pérdida evidente para la vida cultural de la ciudad

Foto: La librería-cafetería Tipos Infames.
La librería-cafetería Tipos Infames.
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Un error común al abrir un café-librería es vender libros. Nunca una zapatería ha vendido libros, ni un bar ha vendido zapatos. Sin embargo, alguien creyó en algún momento que servir gin-tonics y colarte libros en el ticket iba a funcionar de maravilla. Funcionó de maravilla en Estados Unidos, y por eso a comienzos de siglo imitamos la fórmula en España.

Puede que el pionero en Madrid fuera El bandido doblemente armado. Abrió en 2001, era un pub, lo gestionaba Diego Pita, hijo de Soledad Puértolas. El nombre del establecimiento copiaba el título de una de sus novelas. Los libros estaban al fondo, donde también se hacían lecturas y presentaciones. Para llegar allí había que atravesar una larga barra, innumerables mesas, algunas tartas y todo tipo de vanidades. Los camareros y camareras eran a menudo escritores. Servían bebidas a otros escritores. Fue en El bandido doblemente armado donde yo conocí a Juan Soto Ivars. Esto ya da la medida de lo peligroso que era entrar en ese sitio. A nadie se le ocurría comprar libros allí, pero el hecho de exhibirlos al fondo justificaba que escritores, editores, dramaturgos (recuerdo a Paco Bezerra) estuvieran en ese bar y no en cualquier otro.

Con El bandido doblemente armado entendimos, sobre todo, los bares de camioneros. Hay un bar de camioneros, como hay un bar de policías, como hay un bar de prostitutas. Son bares gremiales, elitistas, para unos pocos, para unas conversaciones muy concretas. Antes, la literatura se hacía en cafés con veladores y espejos, con cerillero incluso, básicamente porque esos señores no querían ligar, y además el bar de las prostitutas lo tenían al lado. Preferían debatir cosas muy importantes en el Café Gijón o el Café Pombo. El mayor debate intelectual que hubo nunca en El bandido doblemente armado fue si había que prohibir fumar en los bares. Estábamos muy en contra de esta prohibición, mientras ahumábamos todos los libros del establecimiento.

En 2009, El bandido cerró. Lo llamábamos así, "el bandido". Fue un cierre como tantos, triste, digerible, broche de nostalgia. Los comercios cierran porque no son tu madre, no tienen que estar siempre contigo.

Entonces no sabíamos dónde ir y entrábamos en bares equivocados. Bares, por ejemplo, de camioneros.

placeholder Fachada de la libería-bar Tipos Infames. (EFE/Fernando Alvarado)
Fachada de la libería-bar Tipos Infames. (EFE/Fernando Alvarado)

Sin embargo, en 2010, en octubre, abrieron una nueva librería café. Se llamaba Tipos Infames, y no sonaba muy distinto al bandido perdido, a la canalla habitual de la marmita literaria. De hecho, estaba a 350 metros del bar cerrado, el bar (librería) abierto. Era como si la gente de los libros estuviera dando vueltas cual yonkis recién levantados por el centro de Malasaña esperando a que abrieran otro lugar donde meterse. Y ese lugar donde meterse fue Tipos Infames.

Lo llevaban tres amigos, era todo blanco, y había demasiados libros y sólo tres o cuatro mesas para pedir. En la bodega se hacían las presentaciones. Los tiempos cambiaban, ya no se podía fumar en los bares, y la palabra hipster barnizaba la realidad con madera clara y susurros. Bueno, habría que adaptarse.

Su eslogan era "libros y vinos". Nadie interesado por los libros quedaría con otro en un sitio que sólo tuviera libros. Hace falta que el alcohol se confunda con el muermo.

Tipos Infames fue un proyecto maravilloso, que hizo mejor Madrid e hizo mejor el mundo editorial. Se les debe agradecimiento y respeto

Tipos Infames fue lo que El bandido doblemente armado, un comodín social, una oficina, postureo, estatus, miraditas. Cuando dos escritores quieren conocerse, pueden quedar en efecto en un McDonald's, pero quedar en Tipos Infames es mejor comienzo. Cuando un editor quiere robarle un autor a otro, antes lo citaba en el Ritz, pero ahora resulta menos ridículo hacerlo en un café-librería. Cuando dos usuarios de un foro de libros online desean dar el salto a la realidad, se citan también en este tipo de locales. Quiere decirse que el bar-librería es una forma de no pensar donde te citas, donde te sientas, donde conoces a alguien, donde te ofrecen un millón de euros (dos mil, en realidad), donde vas si te gustan los libros y crees que a otros también deben de gustarles.

Los talleristas se reúnen en Tipos Infames para criticar al profesor. Los escritores de fuera de Madrid acuden a Tipos Infames para ver si coinciden con un autor famoso, y le dicen "hola", y le dicen "toma mi libro". Todo el que quiere ser escritor se pasa por allí.

Como ven, presta muchos servicios esenciales un café-librería fuera del café y de la librería. Tipos Infames fue un proyecto innegablemente maravilloso, que hizo mejor Madrid e hizo mejor el mundo editorial. Se les debe un montón de agradecimiento, de respeto y de memoria.

Sin embargo, en X ha aflorado una inusual satisfacción por el cierre de este comercio. Quizá porque otras librerías no venden vino, cuando cierran la gente sólo tiene buenas palabras, entre la pena y el apocalipsis. Nunca había visto que cerrara una librería y tanta gente estuviera tan contenta.

¿Por qué este odio? Porque tuvieron éxito, porque eran rematadamente guays y porque tú nunca lo serás. No tiene más misterio

Se habla del fin de la época hipster, de la gentrificación devorando a sus propios hijos, de trabajadores más explotados que en el Mercadona. También hay quien se ha molestado en buscar el dinero que este comercio recibió en subvenciones tanto del Ayuntamiento de Madrid como de la Comunidad.

¿Por qué este odio? Porque tuvieron éxito, porque eran rematadamente guays y porque tú nunca lo serás. No tiene más misterio.

El cierre de Tipos Infames me ha dado mucha pena, se lo digo de corazón. Cuando cerró El bandido doblemente armado, me sorprendí, vaya, qué cosas. Y creo que se debe a que nunca supe (para esta pieza lo he buscado en Google) cuándo abrió ese bar-librería, o cuánto llevaba abierto la primera vez que entré en él. Hay algo en la herencia y en lo consabido que aboca a la muerte: todo cierra y tiene que desaparecer. Las cosas de nuestros padres, las cosas de nuestros abuelos.

Pero que cierre algo que has visto abrir es doloroso. A Tipos Infames lo tenían que ver cerrar nuestros hijos, y decirse: "Bah, a este sitio venía mi padre, yo ni entro, es de viejos". Y eso sería lo natural y lo inevitable, ir borrando rastros de generación en generación, en una dinámica de ciclos solapados, de agonías discretas.

Yo creo que entré en Tipos Infames la misma primera semana en que abrió. Ese es el dolor. Ver morir lo recibido.

Un error común al abrir un café-librería es vender libros. Nunca una zapatería ha vendido libros, ni un bar ha vendido zapatos. Sin embargo, alguien creyó en algún momento que servir gin-tonics y colarte libros en el ticket iba a funcionar de maravilla. Funcionó de maravilla en Estados Unidos, y por eso a comienzos de siglo imitamos la fórmula en España.

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