Mi experiencia con la desgracia me ha llevado a concluir que le importa a muy poca gente lo que te pase. Diría que a nadie. Hay condolencias, cafés, preguntas, pero, al cabo, todo el mundo sigue con su vida mientras tú estás en el hoyo. Hablo de enfermedades, accidentes, despidos, ruina. Quien, pasados los cuarenta, sufre uno de estos reveses definitivos de la vida, percibe cómo se instala a su alrededor una zona acordonada donde permanecerá patéticamente solo. La gente teme el contagio, la mala suerte, ser el siguiente.
Cuando una desgracia le sucede a un escritor, es muy posible que escriba un libro con ella. Hay cierta inercia en algunas literaturas que invita naturalmente a explotar el episodio dramático que se está viviendo. Si siempre escribes sobre ti, escribirás sobre tu divorcio, la muerte de tu padre o el hijo fallecido. Nada repara lo sufrido, pero al menos tienes un nuevo libro y quizá hagas algún dinero; y quizá hasta hagas tu mejor libro. La crítica será piadosa. Un estamento crítico que no se atreve a poner mal ningún libro siempre considerará extraordinario el libro de tus desgracias.
Acaba de publicarse en España A pedazos (Anagrama), de Hanif Kureishi. La verdad es que Hanif ha sufrido una desgracia bastante gorda. Estaba en Roma, por Navidad, y se desmayó en el salón de la casa donde se alojaba. La caída conllevó un golpe en el cuello que le dejó tetrapléjico. Fin. Fin de una vida tal y como la conocía; e inicio del infierno.
La desgracia de Kureishi se vende por 20,90 euros. Digo esto porque compré el libro aprovechando que estaba de viaje y me aburría. Me parece carísimo. Son doscientas cincuenta páginas que Salman Rushdie y Zadie Smith, amigos de Kureishi, consideran respectivamente “un logro extraordinario” y “un relato notable”. Cuando a un escritor famoso le pasa cualquier cosa, se produce cierto abuso megafónico. Nos tenemos que enterar por obligación, nos tenemos que conmover, tenemos que comprar su libro y tenemos que decir que es muy bueno. Al final de A pedazos, Kureishi nos pide dinero “para sufragar mis cuidados”.
Hay algo en todo esto que me molesta, algo obvio: que un escritor famoso considera que es más importante que tú. Si tú te quedas tetrapléjico, no le pides dinero al mundo con tu libro. Tu desgracia no da para libro.
Cubierta de 'A pedazos', de Hanif Kureishi.
En rigor, la desgracia de Kureishi tampoco da para libro, lo que al final salva su nueva obra. El corte en su vida duró en realidad unos segundos (la caída en sí), y puede narrarse en dos o tres frases. ¿Cómo llenas doscientas páginas sobre un accidente?
Kureishi decide llenar esas doscientas cincuenta páginas con recuerdos, el bosquejo de una autobiografía, y con las curiosas andanzas que le llevaron de hospital en hospital durante un año hasta acabar volviendo a su casa en Londres. Al cabo, lo más interesante de su libro es su vida antes del accidente. Las escenas hospitalarias palidecen en comparación.
Kureishi se hizo famoso en los años 80 como guionista de Mi hermosa lavandería. Después publicó varios libros ( El buda de los suburbios) que gozaron de cierta fama por retratar las vidas no muy conocidas de la comunidad paquistaní en Reino Unido. En los años 90, el marketing del “dream team” británico (Amis, McEwan, Barnes, Ishiguro) le favoreció notablemente, siendo él un escritor muy inferior a los citados entre paréntesis. De su novela Intimidad hizo una película (2001) Patrice Chéreau. Después, yo al menos no había vuelto a saber nada de él.
'A pedazos' rebosa cercanía y modestia, honestidad inevitable. Es como buena gente sin mucho talento, Hanif Kureishi
Lo que nos presenta en A pedazos son textos dictados. Es impresionante que, a las pocas semanas (dos o tres a lo sumo) de quedar tetrapléjico, Hanif ideara una forma de seguir escribiendo. Decide dictar a su esposa o, eventualmente, a alguno de sus hijos, los pasajes que ahora podemos leer en su libro. La literatura dictada (la practicaba Corín Tellado, por ejemplo) daría para un artículo entero. Pero aquí nos quedaremos con la morbosa situación fundacional de esta obra: que el autor hace escuchar y transcribir a su familia episodios más o menos íntimos o turbios o escatológicos de su vida. No es lo mismo que tu padre escriba sobre aquella vez que le propuso un trío a una chica, y luego tú lo leas o no, a que tu padre te dicte aquel trío, y tú lo tengas que escuchar y teclear.
Hay frases en A pedazos que se leen de otra manera teniendo en cuenta lo anterior. Por ejemplo: “He disfrutado de estupendas noches de cocaína con mis hijos”. Las drogas y el sexo han sido muy importantes en la vida de Kureishi, según comprobamos en su libro; así comoFreud y las series de televisión. Hanif no es un intelectual.
Quizá por ello, A pedazosrebosa cercanía y modestia, honestidad inevitable. Es como buena gente sin mucho talento, Hanif Kureishi. A la hora de decirnos por qué se hizo escritor y cuándo, da cuatro o cinco explicaciones distintas en cien páginas. Primero, “fue mi padre el que me animó a escribir siendo joven”, dado que él era “periodista y escritor” (luego descubriremos que en realidad era funcionario de la embajada de Pakistán en Londres, y miembro de una adinerada familia pakistaní: nunca logró publicar); después nos dice que se hizo escritor “por el racismo” que sufrió de niño; más adelante afirma: “Persistí en la búsqueda de alguna actividad en la que pudiera ser mejor que los demás. Y al final di con algo en lo que era más que simplemente apañado: la escritura”.
Hanif Kureishi en un retrato de 2006 en Hollywood. (Mark Mainz/Getty Images)
La obra está dividida en cinco partes, una por cada centro hospitalario en el que estuvo en el año 2023, dos en Italia y tres en su país. Mientras está en Italia, tiene ocasión de llamar “fascista” a Giorgia Meloni, y de afirmar: “He tenido varias conversaciones íntimas con jóvenes queer y no binarios del personal del hospital. Temen por el futuro de Italia. (…) Para poder vivir su vida, esta juventud se verá obligada a marcharse de su hermoso país”.
Ya ven. Pasas meses ingresado en un hospital italiano y la mitad del personal (“varios”) es queer o no binario, y además te lo cuentan y además se van a marchar de Italia.
Lo curioso es que en los dos hospitales italianos le tratan de maravilla, siendo hospitales fascistas, y que en ese periodo acumula por escrito los recuerdos de sus años felices en el cine. En cuanto pisa un hospital británico (NHS), todo es horrible: “La burocracia es desesperante.” “Algunos médicos disfrutan comunicándome malas noticias”. “Los psicólogos y psiquiatras de los hospitales son, en general, inútiles”. La habitación, además, suele ser pequeña y lóbrega. “En la pared que tengo delante hay colgado un televisor que no funciona”. Le cuidaba mucho mejor Meloni.
“Tengo un montón de amigos lacanianos”, nos dirá más adelante. Es una frase que me ha hecho gracia. Yo no. Yo tengo un montón de amigos del Real Madrid.
“No hay familia en este planeta que pueda esquivar el desastre o la catástrofe”. Esta es la única lección que, lacanianos y madridistas, sacarán de este libro.
Mi experiencia con la desgracia me ha llevado a concluir que le importa a muy poca gente lo que te pase. Diría que a nadie. Hay condolencias, cafés, preguntas, pero, al cabo, todo el mundo sigue con su vida mientras tú estás en el hoyo. Hablo de enfermedades, accidentes, despidos, ruina. Quien, pasados los cuarenta, sufre uno de estos reveses definitivos de la vida, percibe cómo se instala a su alrededor una zona acordonada donde permanecerá patéticamente solo. La gente teme el contagio, la mala suerte, ser el siguiente.