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Los pijos están volviendo a apostar por las humanidades
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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Los pijos están volviendo a apostar por las humanidades

Las clases altas que antes creían en la tecnología se han dado cuenta de que la vieja cultura puede ser un seguro para el futuro de los niños. La lectura, la oratoria y la buena escritura están en alza. Pero, ¿vale la pena?

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Tienen más de cuarenta y, en algunos casos, se acercan peligrosamente a los cincuenta. Si la mujer española media da a luz su primer hijo a los 33 años, y el español medio compra su primera vivienda a los 41, ellos han esperado más. No a causa de la precariedad, sino porque querían ver claro su futuro antes de dar pasos tan importantes como tener niños y comprar un piso. Ahora, plenamente instalados en la mediana edad, tienen que tomar una nueva decisión que les preocupa mucho: ¿qué estudios dar al crío?

Muchos sabíamos que, en algunos lugares del mundo, la competición por la educación es salvaje. En Nueva York, los padres utilizan todos sus recursos sociales y económicos para intentar que sus hijos entren en las guarderías más exclusivas porque eso facilita el acceso, luego, a las mejores escuelas privadas, algunas de las cuales cuestan 70.000 dólares al año. Incluso en barrios modestos, la competición por lograr plaza en una buena escuela pública puede ser encarnizada; algunas escogen a los alumnos por sorteo para evitar la corrupción. En China la competición es tal que se disparó el negocio de las clases privadas, pero estas generaban tanta desigualdad entre las familias que podían pagar a los mejores tutores durante más horas, y las que no, que el Gobierno acabó prohibiendo sus expresiones más extremas.

Basta con asistir a unas cuantas cenas de cuarentones con un poco de dinero para darse cuenta de que Madrid ha entrado en esa misma deriva. Es fruto del amor por los hijos y el intento de darles lo mejor, sin duda. Pero también hay otras causas. Al tener menos hijos, los padres pueden dedicar más recursos a cada uno de ellos. Como todo el mundo recibe una educación cada vez mejor, hay que invertir más en cada niño para que este pueda destacar.

En una era democrática, sería un enorme fracaso que las humanidades quedaran reducidas a un privilegio más de las clases altas

Y luego está el estatus. Las buenas escuelas no solo ofrecen una educación de calidad a los niños, sino que les dan contactos útiles para el futuro; a sus padres, frecuentar a gente adinerada o con capital social y cultural les puede dar más prestigio. La clase media alta ha olido que el futuro económico puede ser oscuro y ha llegado a la conclusión de que hay que invertir todo lo necesario en que el niño no quede descolgado de los pocos puestos de trabajo que en el futuro pagarán buenos sueldos. Hasta la izquierda lo reconoce en voz baja.

El giro humanista

Pero lo que a mí me sorprende es el siguiente paso. Hace no tanto, estos padres estaban seguros de que sus hijos debían empezar cuanto antes a entender la tecnología. Pero ahora tienen más dudas. Temen que la inteligencia artificial haga que conocimientos como la programación se vuelvan irrelevantes. Por eso muchos están volviendo la mirada hacia lo que llaman soft skills. Se trata, simplemente, de las viejas virtudes humanistas: dominar la oratoria, leer y entender textos largos y complejos, y escribir con un estilo propio. Piensan que, ahora, eso es lo prioritario. Si en la escuela se les enseña eso, siempre habrá tiempo para que aprendan a programar R o Python, o para estudiar mandarín (el inglés se da por descontado). Puede parecer sorprendente, pero cada vez es más habitual oír a ejecutivos y empresarios hablando de humanismo y filosofía.

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Buena parte de la nueva clase media alta madura ha construido su carrera abrazando el progreso tecnológico, pero hoy reconoce en privado que exponer a los hijos a las pantallas es algo que solo hacen las clases bajas —y los coles públicos, dicen avergonzados los más progresistas— y que, aunque sea mucho más costoso, hay que empeñarse en que los chavales lean libros y vayan al cine. Piensan, tras tres décadas de entusiasmo tecnológico, que la educación debe volver a los básicos. Paradójicamente, es una decisión influida por el propio mundo tecnológico.

Daniela Amodei, la cofundadora de Anthropic, la empresa de IA que gestiona Claude, el chat de moda entre esa clase de gente, estudió literatura. Y hace unas semanas afirmó que la IA hará que las humanidades sean cada vez más importantes.

Es una buena noticia. Pero que encierra peligros. Primero porque, en una era democrática, sería un enorme fracaso que las humanidades quedaran reducidas a un privilegio más de las clases altas o un mero señalizador de estatus. En segundo lugar, porque como me dijo un abuelo riéndose de esta generación de padres hiperconscientes y planificadores: "Yo entiendo muy bien que mi hijo le quiera dar la mejor educación a mis nietos, pero si lo que quiere es asegurar su futuro, quizá sería más rentable que ahorrara para comprarles un piso".

Tienen más de cuarenta y, en algunos casos, se acercan peligrosamente a los cincuenta. Si la mujer española media da a luz su primer hijo a los 33 años, y el español medio compra su primera vivienda a los 41, ellos han esperado más. No a causa de la precariedad, sino porque querían ver claro su futuro antes de dar pasos tan importantes como tener niños y comprar un piso. Ahora, plenamente instalados en la mediana edad, tienen que tomar una nueva decisión que les preocupa mucho: ¿qué estudios dar al crío?

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