Deja de juzgar tu vida por las métricas que aparecen en el móvil
Vivimos en una cultura dominada por los datos. Sabemos cuántos pasos andamos, cómo se desglosan nuestros gastos y a cuánta gente le gusta un tuit. Las cifras son imprescindibles, pero son más subjetivas de lo que creemos
Estoy en el gimnasio. En una pantalla suspendida del techo, aparece una lista de los usuarios que hoy han levantado más peso en distintas categorías: pectorales, glúteos, bíceps. Yo no aparezco, pero no me extraña. Bajo la mirada hacia la pantalla que hay en la máquina en la que ejercito los músculos de la espalda y veo que sigo levantando poquísimo.
En caso de olvidar cuánto, puedo consultarlo luego en la aplicación del gimnasio que tengo en el móvil. Ya con este en la mano, podré aprovechar para ver cuántos pasos he caminado de media esta semana, cuántos "me gusta" tiene un tuit en el que he anunciado a mis seguidores la última columna que he publicado y, quizá, escribir a mi jefa para preguntarle cuánta gente la ha leído. Y de paso miraré el periódico. Este estará lleno de datos: inflación, precio del barril de Brent, porcentaje de voto en Hungría, cotización de Indra. También veré el desglose de mis gastos del mes en la aplicación del banco.
Esta es una descripción real de una mañana cualquiera de mi vida. Es un buen ejemplo de cómo hemos conseguido medir casi todas nuestras actividades con cifras y cómo hemos decidido juzgarlo todo a partir de ellas. El cantante estadounidense Todd Snider, que falleció el año pasado, parodió la obsesión por los números de nuestra cultura en una canción memorable titulada Statistician’s Blues [El blues del estadístico]. "Dicen que un 3 por ciento de la gente utiliza un 5 o un 6 por ciento de su cerebro —cantaba—. Un 64 por ciento de las estadísticas del mundo son inventadas, pero un 82,4 por ciento de la gente se las cree".
"Statistician's Blues", de Todd Snider.
La ubicuidad de las cifras es un enorme avance para quienes valoramos la precisión y pensamos que es mejor conocer exactamente los hechos en lugar de dejarnos llevar por la intuición o el ánimo. Pero también tiene un problema. Estos números forman parte de métricas subjetivas que pretenden hacer algo que va más allá de capturar una actividad en una cifra. Tienen un mensaje moral. No valoran si el gimnasio me ha servido para desconectar, si durante los paseos que he dado esta semana he logrado afinar el argumento de mi próximo libro o si el dinero que he gastado me ha hecho más feliz. Deciden que una cosa es la importante —levantar más, andar más, ahorrar más—, y ven lo eficiente que has sido en ese aspecto concreto. Ninguna de esas cosas es absurda. Pero reducir una actividad o una experiencia a eso es, de hecho, muy poco eficiente.
El filósofo C. Thi Nguyen critica la tendencia actual a convertirlo todo en un juego cuyo objetivo es conseguir la puntuación máxima
Esto ha llevado a nuestra cultura a exageraciones peligrosas. El calentamiento global es real, pero someterlo todo a la métrica de la descarbonización deja fuera muchas cosas importantes, y puede convertirte en un dogmático. Las empresas tienen que ganar dinero, pero el EBITDA no dice mucho sobre cómo les va en realidad. C. Thi Nguyen es un brillante filósofo que ha escrito un libro, The Score. How To Stop Playing Somebody Else’s Name, en el que critica la tendencia actual a convertirlo todo en un juego cuyo objetivo es conseguir la puntuación máxima. Como profesor, sabe que es imprescindible poner una nota a los exámenes, pero el hecho de que esa nota lo domine todo le hace preguntarse qué está enseñando a sus estudiantes: ¿a filosofar o a sacar una nota alta en un examen de filosofía?
Como dice Nguyen, las métricas solo miden lo que es fácil de medir. Y dan incentivos. Yo mismo me fijé durante un tiempo el objetivo de andar 10.000 pasos al día: si volvía a casa y la aplicación decía que había andado 8.500, bajaba y daba tres vueltas a la manzana, lo cual es una manera bastante estúpida de andar. Además, las métricas a veces sirven para confundir: el Gobierno dice que hay 22 millones de afiliados; los economistas dicen que en realidad lo que hay son 22 millones de afiliaciones. Es solo un matiz, pero aunque no es irrelevante, pocos ciudadanos comunes dedicarán un minuto de su vida a entender la diferencia. El Gobierno habrá logrado su objetivo: dar una cifra lo más alta posible y alardear de ella.
Las cifras son mucho más subjetivas de lo que pensamos y no deberíamos permitir que gobiernen por nuestro comportamiento
Las cifras son imprescindibles para saber dónde estamos, para fijarnos un objetivo o ser conscientes de cuánto hemos mejorado. Pero son mucho más subjetivas de lo que pensamos y no deberíamos permitir que gobiernen por completo nuestro comportamiento. Si lo hacemos, podemos estar tan manipulados como lo estaríamos ante la ausencia absoluta de métricas. Como dice la canción de Todd Snider, un 84 por ciento de los estadísticos odian su trabajo. Y yo necesito otro chupito doble de algo con un 90 por ciento de alcohol.
Estoy en el gimnasio. En una pantalla suspendida del techo, aparece una lista de los usuarios que hoy han levantado más peso en distintas categorías: pectorales, glúteos, bíceps. Yo no aparezco, pero no me extraña. Bajo la mirada hacia la pantalla que hay en la máquina en la que ejercito los músculos de la espalda y veo que sigo levantando poquísimo.