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La economía comunista contada por un repartidor de paquetes
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Ramón González Férriz

El erizo y el zorro

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La economía comunista contada por un repartidor de paquetes

La novela ha tenido un enorme éxito en China. Retrata con dureza la vida de un humilde trabajador en Pekín que podría ser también la de cualquier currante en una economía capitalista

Foto: Hu Anyan, quien ha convertido su experiencia real como repartidor en China en un libro superventas. (Cedida)
Hu Anyan, quien ha convertido su experiencia real como repartidor en China en un libro superventas. (Cedida)
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Los repartidores se han convertido en una presencia constante en las ciudades. Los vemos ante restaurantes de comida rápida esperando a que les entreguen su paquete, pedaleando entre los coches, rogándonos que nos quedemos con el pedido de un vecino ausente, pidiéndonos que les demos el número de nuestro DNI para demostrar ante el software de su empresa que nos han entregado la compra. Son el emblema menos glamuroso de la nueva economía. Por eso es interesante que la primera novela de éxito que cuenta su historia no haya surgido de un país capitalista, sino de China.

El libro se titula El repartidor de Pekín, y lo acaba de publicar en castellano la editorial Alfaguara. Su autor, Hu Anyan, es un cuarentón que durante décadas compatibilizó duros trabajos como repartidor con su actividad en la muy dinámica comunidad literaria online china. El libro vendió más de dos millones de ejemplares en su país, lo que permitió a Hu convertirse en escritor profesional. Pero también ha tenido una gran repercusión en los medios económicos anglosajones. Se trata de un elocuente retrato de los contrastes que genera la economía digital. Por un lado, la aparente modernidad que experimentamos quienes compramos por internet de manera fácil, relativamente barata y muchas veces llevados por la compulsión. Por el otro, la cruda realidad de los trabajadores que la hacen posible, que se enfrentan a realidades muy mundanas y materiales: las empresas logísticas ineficientes, las direcciones de entrega incompletas, los compradores maleducados o ausentes, o simplemente el cansancio y el tráfico.

placeholder Cubierta de 'El repartidor de Pekín', de Hu Anyan.
Cubierta de 'El repartidor de Pekín', de Hu Anyan.

El libro narra con frialdad y pocos ornamentos la vida cotidiana del repartidor. Hu empieza a trabajar para una empresa de Pekín que le somete a incontables humillaciones burocráticas —fotocopias del carné para que la policía le tenga controlado, un chequeo médico para comprobar que está sano, amenazas sutiles para asegurarse de que no abandonará el puesto de trabajo cuando descubra lo duro que es— que con frecuencia reflejan ineptitud y corrupción. Con la ayuda de un motocarro precario, cuyas reparaciones debe pagar de su bolsillo, Hu se ocupa de repartir paquetes en un barrio acotado de la inmensa ciudad, pero está sometido a constantes imprevistos, como los clientes que hacen responsable al repartidor de su decepción con el producto comprado: "Algunos clientes compraban ropa y te hacían esperar mientras se la probaban —cuenta—; luego, si no les gustaba o no les quedaba bien, la rechazaban y tú, después de esperar como un tonto en la puerta, tenías que volver a doblarla y empaquetarla. Naturalmente, no nos pagaban más por hacerlo".

El supervisor, además, exige a los repartidores que pidan a sus clientes que dejen siempre una valoración de cinco estrellas en la aplicación, que es la manera de asegurarse de que las empresas de compras por internet sigan subcontratándoles. "Yo eso lo llevaba fatal —dice el protagonista—. Vivía en constante estado de ansiedad. Por un lado me aterraba quedar entre los [que recibían las peores cualificaciones], pero por otro no me sentía capaz de [exigir en persona buenas calificaciones] a los clientes. Así pues, cada noche, después del trabajo, cogía el móvil y me ponía a enviar mensajes de texto a los clientes que había atendido durante el día, pidiéndoles que me dejaran una buena valoración".

Hu evita hablar explícitamente de la situación política, pero hace un retrato inmisericorde de las condiciones laborales del régimen comunista

Hu hace un retrato de su actividad que a veces recuerda a Kafka: la burocracia es irritante, el comportamiento de compañeros y clientes es en ocasiones completamente irracional, el trabajo parece una tortura, y todo ello se plasma con una prosa seca, sin ninguna clase de adorno. Pero también es compasivo y tiene sentido del humor. Hu entiende a la gente mayor que no se aclara con el móvil y soporta estoicamente el trabajo, el calor y la falta de sueño. Sin embargo, es llamativo que evite hablar explícitamente de la situación política en China y, al mismo tiempo, que haga un retrato inmisericorde de las condiciones de trabajo en su régimen comunista. Está obligado a trabajar gratis algunos días. Tiene pocos festivos. Las indemnizaciones por errores en las entregas debe pagarlas también de su bolsillo. Muchos repartidores no tienen cobertura de la seguridad social. La sanidad requiere pagos constantes. Todo el mundo parece tolerar prácticas tramposas.

A causa de sus minuciosas descripciones del trabajo, El repartidor de Pekín es en ocasiones tan tedioso como el propio trabajo, lo cual probablemente sea algo buscado. El libro, de hecho, parece más un documental crudamente realista que una obra de arte. Pero su retrato del lado más salvaje y mal pagado de la era digital es absorbente, como lo es la idea subyacente de que la literatura y la creatividad pueden ser una vía de escape. Lo más fascinante, sin embargo, es que, en su retrato, los trabajadores peor pagados de la economía comunista viven exactamente con la misma precariedad, y sufren los mismos desprecios, que los de la capitalista. La globalización también era esto.

Los repartidores se han convertido en una presencia constante en las ciudades. Los vemos ante restaurantes de comida rápida esperando a que les entreguen su paquete, pedaleando entre los coches, rogándonos que nos quedemos con el pedido de un vecino ausente, pidiéndonos que les demos el número de nuestro DNI para demostrar ante el software de su empresa que nos han entregado la compra. Son el emblema menos glamuroso de la nueva economía. Por eso es interesante que la primera novela de éxito que cuenta su historia no haya surgido de un país capitalista, sino de China.

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