Esta novela del XIX refleja nuestro mundo de 'startups' y charlatanes capitalistas
¿Empresas construidas sobre el fraude? ¿Corrupción en la política? ¿Periodismo sensacionalista? Las novelas de Zola, Flaubert o Balzac parecen retratar el mundo actual mejor que las de hoy en día
Todos los veranos leo una gran novela francesa del siglo XIX. La de este año tiene un título poco sutil: El dinero.
Émile Zola la publicó en 1891 dentro de la serie de veinte libros estrictamente realistas y muy documentados con los que pretendía hacer un retrato de la vida francesa durante el Segundo Imperio, un régimen dictatorial que apostó por los trenes y las grandes inversiones públicas, la modernización burguesa de París y la financiarización de la economía.
El protagonista de El dinero, Aristide Saccard, es un banquero arruinado, hermano de un ministro, que pretende reconstruir su reputación y su fortuna. Para ello, se ha instalado en un respetable edificio que a duras penas puede pagar y ha decidido poner en marcha una sociedad que emprenderá grandes proyectos de infraestructuras en las colonias francesas de Oriente Medio. Buena parte de la novela trata de lo que hoy llamamos “rondas de financiación”. Saccard intenta seducir a representantes de la élite financiera parisina para que inviertan en su extravagante proyecto; a cambio, les promete extraordinarias rentabilidades. A medida que los planes van cobrando forma, Saccard se vale del poder de la prensa para aumentar el atractivo de la empresa y hacer que las acciones suban. Y suben mucho. Hay escenas memorables: el rumor constante que se produce alrededor de la bolsa. Los pequeños ahorradores que invierten y al final del día van a recoger sus ganancias o a pagar sus deudas. Las transacciones a gran escala que tumban o disparan el mercado y las reacciones de pánico o éxtasis.
Fotografía de Émile Zola con su familia. (Getty Images/Hulton Archive)
Lo más chocante de la novela son los paralelismos evidentes con nuestro mundo de 'startups', charlatanes capitalistas y estafas que nadie vio venir. De hecho, al final de la novela, el hermano político del protagonista acabará haciendo algo muy de nuestro tiempo: indultar a los delincuentes. Hay en todo el libro una comprensión muy cruda no solo del dinero, sino también de su relación con la política, el periodismo y las sociedades competitivas. “Combatir, ser el más fuerte en la dura batalla de la especulación, devorar a los demás para no ser devorado por ellos —dice el narrador acerca de las motivaciones de Saccard— [era] lo que constituía, junto a su sed de esplendor y de satisfacciones, la única causa de su pasión por los negocios”.
Lo más chocante de la novela son los paralelismos evidentes con nuestro mundo de 'startups', charlatanes capitalistas y las estafas
Si me gustan tanto las novelas del siglo XIX francesas, y me parece que dicen tanto de nuestro tiempo, es porque abordan sin ningún moralismo los grandes temas: el dinero, el sexo, el estatus. Estamos obsesionados con esas cosas. Y la obligación de las novelas, creían sus autores, era reflejarlo así.
Periodistas, financieros y amantes
En veranos recientes he leído o releído otras grandes novelas francesas del siglo XIX. Las ilusiones perdidas, de Honoré de Balzac: la historia de un joven escritor de provincias que traiciona a sus amigos liberales para pasarse al bando monárquico con el fin de acelerar su ascenso social. Bel-Ami, de Guy de Maupassant: el relato de cómo un joven tramposo va escalando en el periodismo parisino gracias, en parte, a su deslealtad sistemática. La cartuja de Parma, de Stendhal, sobre cómo sobrevivir en las altas esferas políticas bajo el mando de un Gobierno autoritario. La educación sentimental, de Gustave Flaubert, sobre cómo los jóvenes románticos y de ideas políticas radicales acaban fracasando y solo consiguen salvarse por medio de la nostalgia y la ironía.
Dinero, sexo y estatus. Estamos obsesionados con esas cosas
Podría seguir, pero esa es la idea. Ese puñado de novelistas, fascinados —y, en ocasiones, asqueados— por la modernidad, hicieron el mejor retrato que conozco del mundo de las finanzas, la creación de los partidos modernos y la tentación de utilizarlos en beneficio propio, el amor romántico y la posibilidad de perderse si no se controla el deseo sexual. Y, en especial, el periodismo: buena parte de esos libros se publicaron en forma de folletines en los diarios, que en ese momento tenían una influencia que ahora nos resulta difícil de imaginar pero que, como ahora, eran una plataforma tanto para las ambiciones más honestas como para las más rastreras, y que casi siempre tenían relaciones simbióticas con la política. El mundo era para esos autores un espectáculo cruel, ridículo, sublime y peligroso. Más o menos, como el nuestro. Y así lo contaban.
Por supuesto, eso está también en Clarín y en Galdós. O en Dickens y Austen. Pero en ese puñado de franceses, me parece, hay una dosis extra de escepticismo y brusquedad necesaria para mirar de frente a nuestro tiempo. ¿Empresas construidas sobre el fraude? ¿Corrupción en los partidos? ¿Periodismo sensacionalista? ¿Indultos a estafadores? Si quieres entender el mundo actual, lee novelas francesas del siglo XIX.
Todos los veranos leo una gran novela francesa del siglo XIX. La de este año tiene un título poco sutil: El dinero.