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Retorciendo palabras: Alaska es facha sin necesidad de escucharla
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Tatiana Abellán

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Retorciendo palabras: Alaska es facha sin necesidad de escucharla

El nuevo álbum reaviva polémicas: Alaska rechaza boicots y el papel de referente, critica cancelaciones y excesos de politización, defiende libertad individual y matiz ante ataques desde sectores activistas y redes sociales

Foto: Alaska posa junto a su compañero Nacho Canut para El Confidencial. (Valentina Viceconte)
Alaska posa junto a su compañero Nacho Canut para El Confidencial. (Valentina Viceconte)

Con el lanzamiento de La verdad o la imaginación, Fangoria mantiene en sus entrevistas el mismo discurso coherente y libre de siempre, aunque ahora sus declaraciones son interpretadas por muchos como herejías incendiarias que justificarían su linchamiento.

Quienes tuvimos la suerte de nacer en los 80 pudimos ver una televisión en la que a los niños no se nos trataba como discapacitados mentales. La bola de cristal, y especialmente Alaska, nos enseñó que la irreverencia podía ser una forma de inteligencia, que la imaginación no estaba reñida con el pensamiento crítico y que la infancia no tenía por qué ser un territorio dócil y tutelado. Quizá por eso Alaska resulta tan incómoda, porque pertenece a una cultura que no pedía permiso para pensar.

Dado que hay mucho militante indocumentado y con una capacidad de comprensión deficitaria que no solo se ha sentido defraudado por Alaska –que no sería un problema– sino que llama a la cancelación definitiva–rompiendo discos y escenificando su virtud–, voy a tratar de explicarme con la paciencia pedagógica que exige la nueva policía del matiz.

Eurovisión y el boicot

Contexto: por primera vez desde su debut en 1961, España no estará presente en Eurovisión como forma de protesta por la decisión de la Unión Europea de Radiodifusión de mantener la participación de Israel. En una entrevista en La SER, Alaska ha declarado que lo lamenta como fan, porque para ella Eurovisión "es un festival de música".

Declaraciones incendiarias: "Yo es que estoy en contra de todos los boicots".

Análisis: ¿Ha dicho que sea una admiradora de Netanyahu? ¿Ha dicho que esté a favor de la muerte de civiles en Gaza? ¿Ha dicho que a ella solo le interesa la música y que no le importe el sufrimiento ajeno? ¿Ha dicho que las acciones tanto colectivas como individuales no puedan ser políticas?

Antes, la cancelación se llamaba represalia. Ahora adopta nuevas formas bajo la legitimidad moral del boicot

No. Ha dicho que el boicot es una forma de exclusión de la que ella no quiere participar, y que no lo entiende aunque esté a favor de los argumentos que lo motivan. De hecho, reconoce que "todo es político, aunque uno no quiera serlo", pero que la censura no va con ella. Con Žižek, podría decirse que el problema no es el posicionamiento moral, sino la protesta convertida en narcisismo ético: una performance de la buena conciencia que no altera las estructuras de poder ni produce efectos materiales.

Reflexión: Antes, la cancelación se llamaba represalia. Ahora adopta nuevas formas bajo la legitimidad moral del boicot. Por otra parte, el exceso de politización de cualquier ámbito es evidente.

placeholder Nacho Canut y Alaska. (EFE)
Nacho Canut y Alaska. (EFE)

¿Por qué es legítimo impedir la participación de ciclistas israelíes en la Vuelta a España o incomodar a turistas israelíes, mientras seguimos leyendo a autores o viendo películas israelíes? ¿Qué lógica selectiva explica que España no haya boicoteado ni retirado su participación en los Juegos Olímpicos de Invierno pese a la presencia de Israel, pero haya que renunciar a participar en Eurovisión?

El año pasado, a pesar de todos los llamamientos al boicot, España otorgó los doce puntos del voto popular a Israel. Su representante, Yuval Raphael, había sido víctima directa de los ataques del 7 de octubre de 2023 y consiguió sobrevivir tras permanecer escondida durante horas bajo decenas de cadáveres. ¿El boicot es a un país, a sus políticos, a sus ciudadanos, a sus empresas, a lo judío?

Referentes del colectivo LGTBIQ+

Contexto: durante los últimos años los ataques más feroces contra Fangoria –que se han extendido también contra Mario Vaquerizo– han procedido de una parte del colectivo LGTBQ+, a quienes han abanderado durante mucho tiempo. En una entrevista en 20 Minutos, Alaska y Nacho Canut explican que su actitud en los 80 no respondía a un compromiso social consciente, sino a una defensa personal de su libertad y su entorno, puesto que ellos no pretendían cambiar el mundo ni tenían una voluntad de representar causas colectivas, que actuaban por supervivencia e identidad propia, no desde categorías políticas actuales.

Declaraciones incendiarias: "No nos consideramos referentes de nada. [...] No existía lo LGTBI, éramos un maricón y una bisexual, y ya está".

Análisis: ¿Han dicho que estén en contra de los derechos LGTBIQ+? ¿Han dicho que rechacen las siglas? ¿Han dicho que el colectivo ha sido históricamente inútil? ¿Han dicho que les moleste ser considerados referentes? ¿Han dicho que antes había más libertad?

El problema no es que Alaska haya dicho algo intolerable, sino que ya existía una condena esperando la frase en la que sustanciarse

No. Han dicho que en los setenta y en los ochenta ellos vivían de forma natural sus orientaciones sexuales y que defendían –desde la práctica, no el activismo– su libertad y sus derechos y los de sus compañeros, no como una forma de compromiso para salvar el mundo, sino como principio personal. Han dicho que "eso que ahora tiene siglas era para nosotros nuestro mundo". De hecho, no sienten "ninguna nostalgia de los 80" porque ya los vivieron. Han dicho que no se consideran referentes de nadie ni de nada, no que no se les vea así. Es compatible ver en Alaska un referente con que ella no quiera serlo, y no por eso dejar de considerarla como tal. Pero es que, como afirma Nacho, la comunicación ahora es imposible porque "el idioma ha cambiado".

Reflexión: Alaska afirmaba sobre su posicionamiento político que a finales de los 70 era imposible adscribirse a nada porque "veían al enemigo en todas partes", que antes no sabías a quién votaban tus amigos. Ahora, conversar con Federico Jiménez Losantos, ir a El Hormiguero o a algún acto organizado por Ayuso o Almeida te condena. Ellos, que llevaron travestis y transexuales con toda la normalidad del mundo a la Plaza Mayor de media España, que fueron de las primeras figuras en defender públicamente a los enfermos de SIDA, que fueron agredidos tanto verbal como físicamente por no encajar y mostrarse al mundo como eran, que fueron queer antes del nacimiento del concepto –"si te decían maricón, contestabas hijo de puta, y ya está"–, tienen que aguantar ahora que cuatro instagramers los quieran borrar del mapa porque no se pliegan a sus discursos prefabricados.

El problema no es que Alaska haya dicho algo intolerable, sino que ya existía una condena esperando la frase en la que sustanciarse.

Tomárselo en serio

Como la persona inteligente que es, Alaska sabe que no tiene escapatoria, que no hay margen para el matiz o la rectificación. Mucho menos para el perdón. La única salida posible es la puesta en práctica: la indiferencia.

Personalmente, yo he decidido que del mismo modo que estos guías de la opinión sincronizada no saben escuchar, contextualizar y ni siquiera consienten aplicar un mínimo principio de caridad, tampoco me los voy a tomar en serio. Como tampoco nos podemos tomar en serio las expansiones de las siglas del colectivo en ciertas instituciones de Canadá: 2SLGBTQQIA+ –Two-Spirit, Lesbian, Gay, Bisexual, Transgender, Queer, Questioning, Intersex, Asexual y otras identidades diversas–.

"Los activistas que luchan por un mundo mejor, lo están emponzoñando. La verdadera fábrica del fango no es Fangoria, son ellos"

Pienso que es paradójico que gran parte de estos comisarios morales se autoidentifiquen como humoristas cuando solo proyectan rabia, resentimiento y odio. Elsa Ruiz cómica –tiene gracia que tenga que subrayar su oficio–, perteneciente al Cuerpo Oficial de Cómicos del Estado –sin oposición–, incapaz de reírse de sí misma o relativizar mínimamente, afirma que "lo de Alaska con Israel en Eurovisión no es separar las cosas, es tibieza, equidistancia y silencio cómplice", mientras se esfuerza en instruirla.

Los activistas y militantes que, envueltos en la bandera, luchan por un mundo mejor –en ese supuesto lado bueno de la historia–, lo están emponzoñando. La verdadera fábrica del fango no es Fangoria, son ellos. Mientras, Alaska, sin dar lecciones de salvación moral, me reconcilia con la especie humana.

Resulta especialmente elocuente, por otra parte, que quienes predican la aceptación de toda identidad recurran a ridiculizar la apariencia o cuestionar la orientación de su marido para atacarla: "lo irónico es que buscaba un hombre de verdad".

Retorciendo palabras

Como advierte Pascal Bruckner, en una moral contemporánea donde la víctima se ha convertido en el héroe moral de nuestro tiempo, la indignación funciona cada vez más como una forma de superioridad estética. Y para lapidar e indignarse como Dios manda es preciso no solo descontextualizar, sino no escuchar. El prejuicioso de toda la vida iba a un debate y escuchaba, pero hoy día no existe ni la voluntad de oír talk to my hand–, porque la moral digital exige adhesión, no pensamiento libre. No pueden escuchar una argumentación completa, no vaya a ser que les convenza. Es mejor retorcer cualquier afirmación. Y Alaska siempre será excluida porque no se pliega a la gramática emocional del presente.

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¿Se puede decidir formar parte de un colectivo? Quiero decir, por condición yo formo parte del colectivo de los animales humanos, del de mujeres, del de personas de ojos claros. Por otras circunstancias, formo parte del colectivo de madres, de conductores o de contribuyentes. Y, por elección, del colectivo de artistas, de profesores o de consumidores de cerveza.

Nací homosexual, por lo tanto pertenezco al colectivo de lesbianas, pero hace mucho que me quiero desapuntar del colectivo LGTBQ+. ¿Cómo puede ser? Bueno, básicamente porque previamente he sido excluida por aquellos que dicen proteger las identidades diversas pero no la diversidad de pensamiento dentro de esas identidades; porque ya no me siento representada; porque no quiero vincularme ni política ni culturalmente con él; y porque su lucha en favor de la igualdad real ha devenido en agenda excluyente. ¿En qué me convierte esto? En facha, obviamente. Me temo que uno no puede dejar el primer colectivo sin ser arrojada de inmediato al segundo. Hazme hueco, Alaska.

Con el lanzamiento de La verdad o la imaginación, Fangoria mantiene en sus entrevistas el mismo discurso coherente y libre de siempre, aunque ahora sus declaraciones son interpretadas por muchos como herejías incendiarias que justificarían su linchamiento.

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