Buenismo de millonarios: los Oscar han perdido el norte
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la contracrónica

Buenismo de millonarios: los Oscar han perdido el norte

Steven Soderbergh prometía mucho con su apuesta para una gala libre de mascarillas que, sin embargo, se desfondó muy pronto sin magia y presa de un ritmo soporífero

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Foto: Reuters.

¿Quién, de entre nosotros, no hubiera dispuesto una módica cantidad de dinero por asistir, a través de una buena mirilla de Zoom, al apasionante 'brainstorming' en el que los gerifaltes (y gerifaltas) de Hollywood diseñaron la gala de los Oscar del año más atípico para el evento tradicionalmente más predecible del cine mundial? Imaginamos una sesión tensa, acalorada y extremadamente inclusiva: una barahúnda de propuestas peregrinas en varios acentos y tonos sobre la que, ya de madrugada, un viejo hombre blanco hetero se alzara dando un puñetazo en la mesa: “Esto es un trabajo para profesionales”. Ahí emergería, descendiendo en helicóptero, Steven Soderbergh acompañado de los chicos de Danny Ocean. “Steve —le dirían—, revísate a conciencia los Globos de Oro y, de paso, los Goya, ya sabes, esa cosa que hacen en España. Y haz exactamente lo contrario: que no haya una sola videollamada y no parezca un largo 'in memoriam”.

Foto: Frances McDormand y Chloe Zhao. (Reuters)

Steven Soderbergh, productor de los Oscar del (o la) covid, hizo cuanto estuvo en su mano en relación con eso tan cinematográfico de la “suspensión de la incredulidad”: la gala aparentó ser normal en un año anormal, es decir, libre de mascarillas y cien por cien presencial. Tan “normal” todo que Hollywood se olvidó incluso de recordar los meses excepcionales que hemos vivido, y vivimos. Pero, ojo, no hubiera estado nada mal la propuesta escapista de Soderbergh (¿qué es el cine sino una realidad de recambio?) de no ser porque, apenas superados unos créditos iniciales muy prometedores con Regina King gastando tacón por Union Station (el Dolby Theatre de este año), todo se vino abajo, hasta caer, aproximadamente, al nivel de la entrega de premios de un casino de provincias, con su centro de flores y su luz baja.

Por faltar, faltó hasta el nervio reivindicativo de este Quinquenio Buenista de Hollywood que, desde mi humilde punto de vista, arranca con la puñalada trapera a 'La La Land' en favor de 'Moonlight' (año 2016). Por supuesto que hubo proclamas: afroamericanas, contra la Policía, las armas e, incluso, a favor de la hermandad con los pulpos (muy largo de explicar)… Pero, curiosamente, todo se desarrolló dentro de una abulia generalizada, como si muerto Trump hubiese acabado la rabia o los malos resultados en espectadores de la gala de 2020, la menos vista de la historia, invitaran a tomarse las cosas con menos saña. Especialmente elocuente resultó que Emerald Fennell ('Una joven prometedora') y Chloé Zhao ('Nomadland'), avanzadillas de este nuevo Hollywood social, olvidaran referirse siquiera a las problemáticas que enfrentan sus películas, encantadas de conocerse con una estatuilla en la mano. Y a otra cosa. Ni siquiera Francesc McDormand, abanderada de todas las causas en aquellos Oscar de 2017, dijo esta boca es mía.

Al fin y al cabo, los presupuestos diversos e inclusivos han sido alcanzados en este 2021 en que las 'majors' se bajaron pronto de la competición por motivos covid. Ya solo queda el gastado manierismo de las frases hechas y la complacencia. Tan diversos e inclusivos son los Oscar que han acabado por abrazar decididamente el anonimato. Películas más comentadas por el gremio en Twitter que realmente conocidas por el gran público y elencos del que pocos sabríamos deletrear a la primera sus nombres. Hasta Brad Pitt, efímero relumbrón, lucía mustio, quizás oliéndose la posibilidad de que sean sus últimos Oscar si se confirma el Rocío Carrasco que, dicen, planea Angelina.

placeholder Brad Pitt en Los Ángeles durante la ceremonia de la gala de este año. (EFE)
Brad Pitt en Los Ángeles durante la ceremonia de la gala de este año. (EFE)

Cinco años después de las consecutivas oleadas combativas (feminista, afroamericana, etc.) que sacudieron la meca del Cine con promesas de eterno reciclaje hasta la victoria final, estamos en el mismo punto de antes, pero a la inversa, y aun peor: si antes usted podía abjurar a gusto contra el escapismo caramelizado de Hollywood, ahora puede criticar con la misma justicia su completa ausencia. Los Oscar, que asentaron su fama en los años de la Gran Depresión como contrapeso a la melancolía generalizada, viven casi 100 años después enraizados en la deprimente actualidad, camino de convertirse en un festival 'indie' del norte de Europa más que en la celebración anual de la industria desprejuiciadamente imaginativa que fue.

Foto: Estatuillas de los Oscar

“No se puede dar la espalda a los tiempos que corren”, dirá el gafapasta. Pero para sermones ya está Cannes. Aquella energía maximalista del Hollywood dorado, su ambición e, incluso, su soberbia han quedado atomizadas en una celebración del buenismo ilustrado (convenientemente explotada por plataformas multimillonarias) que acabará siendo apática y antipática, que ya lo es, de hecho. De los dioses y diosas de antaño, cuyas vidas, como la de los monarcas euroasiáticos, era por fuerza enigmática, no queda nada alrededor de Los Ángeles. Al fin y al cabo, Occidente ha demolido toda dimensión aurática: por qué hemos de creer ya en esa vida superior que siempre fue el cine cuando aún era un espectáculo social masivo.

Diluidos y aguados

Nunca se han visto unos premios tan repartidos, como nunca antes hubo una industria tan desnortada en Estados Unidos, un país por lo demás en trance de buscarse a sí mismo. Café para todos, parabienes y 'politeness', excepto (ya que estamos) con la enorme comunidad hispana, ausente en la gala de no ser por el majestuoso exterior de Union Station, de ese estilo 'mission revival' que rememora la influencia española traída por Junípero Serra y los suyos, convenientemente apeados de sus pedestales en Los Ángeles por crímenes de lesa humanidad. Así son los primeros Oscar de la era Biden. Tan diluidos, tan aguados como los galardones de la asociación del barrio, no sea que el vecino del quinto se moleste. Y, para más inri, largos, por encima de las tres horas. Por no hablar del experimento Soderbergh con el 'timing' de la gala, que bien pronto descorrió algunos de los galardones más importantes y cambió el tradicional cierre con la mejor película en favor de los papeles protagonistas. No sea que nos anquilosemos.

Nunca se han visto unos premios tan repartidos, como nunca antes hubo una industria tan desnortada

Desde luego sería artero olvidar las circunstancias en que se ha incubado esta cosecha pichipichá de cine. El (o la) covid ha arrasado con las propuestas, digamos, clásicas, ganadoras. Hollywood le ha pasado la patata caliente a quien no tenía nada que perder, y las plataformas y las divisiones 'indie' han estado ahí para acogerlas sin grandes riesgos y repartirse los premios del año. La escenografía planteada por Soderbergh, con sus 24 fotogramas por segundo y su pantalla panorámica, reforzaba de inicio, antes de caer en un apéndice de Eurovisión, el 'hashtag' lanzado desde la Academia: 'The Big Screen Is Back'. Más nos vale. Los Oscar necesitan de cierta tiranía en adelante para no acabar languideciendo en el café para todos y en la dispersión de un público que lleva un año sin quitarse el pijama para ver una película. Necesitamos, sí, algo de la vieja receta. Que, como en Johnny Guitar, nos mientan, nos acunen con realidades paralelas, nos quiten la modorra y nos coloquen frente a la tele porque son los Oscar, sí, la misma mentira de siempre, pero la mejor de las mentiras.

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