'El diablo viste de Prada 2': los nuevos idiotas del mundo de la moda son los 'tecnobros'
Sorprendentemente, la película dirigida por David Frankel y coescrita por Aline Brosh McKenna y Lauren Weisberger tiene personalidad y mordida, a pesar de retratar un lujo vacío e irritante
Meryl Streep y Anne Hathaway repiten en 'El diablo viste de Prada 2'. (20th Century Fox)
La clase, ¿se compra, se hereda, se aprende o se gana en un sorteo aleatorio? El próximo lunes Nueva York celebra su enésima gala MET, un escaparate que, con la excusa de recaudar fondos para nadie-sabe-qué organización benéfica, reúne a todos los que Anna Wintour, directora editorial de Vogue en todo el mundo y guardiana de las esencias altacosturiles, considera que son el epítome de las tendencias y el gusto, emperifollados todos por un diseñador de renombre, incapaces de sentarse a la mesa sin que las ballenas del corsé les perforen el bazo. Desde hace meses los corrillos de la moda -y sus publicaciones- andan vituperando porque la suma sacerdotisa ha aceptado que sean Jeff Bezos, milmillonario fundador de Amazon, y su esposa, Lauren Sánchez, los patrocinadores de tan magno evento, chequera mediante. La misma Lauren Sánchez que protagonizó una sonada portada de Vogue vestida de novia, el mismo Jeff Bezos que ha decidido implantarse una barbilla y abdominales postizos y abandonar su vestuario de pantalones de pana y chaleco de pipero por un look de gymbro chetado. La misma pareja que no se pierde una primera fila de los mejores desfiles de la Semana de la Moda de París. Los mismos que han decidido que quieren marcar estilo pero que no se pueden quitar la etiqueta de chonis y vulgares. La clase se vende, la clase se paga, sí, pero no todos te la compran.
Si El diablo viste de Prada (2006) nos mostró lo que ya sabíamos, que las bambalinas de la moda están abarrotadas de gente pija, cruel y superficial, El diablo viste de Prada 2 (2026) nos reafirma en que los nuevos idiotas del sector son los tecnobros multimillonarios, los Jeff Bezos de la vida, quienes intentan hacerse hueco a patadas en una élite que los desprecia pero que necesita de su billetera para subsistir. La película basada en el éxito editorial homónimo, en el que Lauren Weisberger se despachó a gusto sobre su trabajo como asistente de Wintour, radiografió un sector en el que convivían el lujo obsceno y la precariedad becaria y que, veinte años después, tras la llegada de internet y el declive de las revistas de moda, se aferra a un espejismo.
En El diablo viste de Prada 2han pasado veinte años desde que Andy Sachs (Anne Hathaway) sobrevivió a su paso por la revista Runaway y a los latigazos verbales de su jefa, Miranda Priestly (Meryl Streep). Andy ahora trabaja como periodista de reportajes en profundidad en un periódico medianamente prestigioso que decide cerrar y despedir a toda la plantilla de un día para otro. Así que, cuando le llega una oferta para volver a Runaway y hacerse cargo de la sección de reportajes, a Andy no le queda más remedio que aceptar el puesto.
Por la pantalla pasan personajes odiosos, como Simone (repite Emily Blunt), Amari (Simone Ashley) y Benji Barnes (Justin Theroux irreconocible como la caricatura de Bezos) y personajes menos odiosos como Nigel (tiernísimo Stanley Tucci), Sasha (Lucy Liu, como la caritativa exmujer de Barnes/Bezos) y Patrick Brammall como arquitecto rémora de especuladores inmobiliarios e interés amoroso de la protagonista. Porque la moraleja de El diario viste de Prada 2 es, más o menos, trágate tus-principios, acepta que el mundo que nos está quedando es horripilante, abusivo y frívolo y, si no puedes acabar con ellos, únete a ellos y sobrevive.
También regresa Emily Blunt, la amienemiga de Andy en la primera entrega. (20th Century Fox)
Esta premisa sirve para confrontar a Andy con su pasado y al espectador con los cambios que ha sufrido el sector periodístico en concreto y las élites económicas en general. Las viejas fortunas acaban en las manos de unos hijos educados en escuelas de negocios obsesionadas con la optimización y despreocupadas de la continuidad del legado. Las empresas ya no siguen una visión histórica, sino las directrices de grupos auditores externos. El pasado, la tradición y los valores antiguos ya no importan, ahora sólo lo hace el futuro, aunque sea una entelequia. En un mundo de tendencias efímeras, el arte pierde su valor, porque sólo es arte lo que perdura. Por eso la moda, por su naturaleza fugaz y en su mayoría, es lo contrario al arte.
Sorprendentemente y a pesar de pertenecer al género de la franquicia, El diablo viste de Prada 2 resulta una comedia con cierta personalidad. Una comedia que no se toma muy en serio y que conoce perfectamente su público objetivo. No es la planicie inmunda a la que nos tienen acostumbrados muchos de estos proyectos nacidos exclusivamente para monetizar la efeméride. No está escrita en piloto automático como tantos y tantos refritos que llegan a la cartelera. Las guionistas, al menos, se han esforzado en escribir réplicas y contrarréplicas que se salgan del encefalograma plano. El director, de vez en cuando, regala alguna imagen que se sale del puro pragmatismo narrativo. Incluso nos hemos salido -aunque con truquitos- de la imagen digital perfectamente nítida que hace que la puesta en escena parezca aún más televisiva en muchas de estas películas. También es verdad, que el caso de los blockbusters, los mínimos con los que nos conformamos son bajos.
Stanley Tucci y Meryl Streep siguen teniendo mucha química. (20th Century Fox)
La película dirigida por David Frankel (El diablo viste de Prada, Una pareja de tres)y coescrita por Aline Brosh McKenna y Weisberger tiene mordida y recuerda a aquellas comedias noventeras y principios de los 2000, a las buenas comedias de Nora Ephron. Los diálogos son afilados y el ritmo preciso en este retrato -que no se toma muy en serio, gracias a Dios- de la decadencia de la prensa escrita en la que hasta Anna Wintour trata de sobrevivir. Un pequeño muffin de Proust para una generación que creció replicando la anorexia de las portadas de las revistas de moda y que por fin se ha dado cuenta de que Sexo en Nueva York es bastante más carca de lo que vendía su marketing.
En El diablo viste de Prada 2 hay mucho brilli brilli, mucho cameo superestrellado, y también cierta dosis de falsa moralina que habla de la degeneración y depauperación del periodismo, el arte o la vivienda desde una producción de más de 85 millones de euros que también juega a ser superficial y entretenimiento puro. Los ricos también lloran, lloran botox, collares de perlas y zapatos Louboutin. Mucha ostentación, mucha cabeza caliente y muchas marcas que aparecen por la pantalla haciéndose las despistadas, aunque sean un product placement escandaloso. Como también hay que darle caché old money a la película, hay que viajar por supuesto a Italia, a Milán, Lo más irritante de la película es, quizás, el empeño de los guionistas en buscarle un subterfugio moral hasta al más villano de la película.
El diablo viste de Prada 2 no es arte, no perdurará y no habla a la generación del momento, sino que busca alimentarse de la nostalgia millennial. No hay sinceridad porque todo está medido y estudiado. Es puro entretenimiento confortable. Es como leer un reportaje de ¡Hola! y criticar los estilismos y las caras estiradas. Es querer estar ahí pero conformarse con despellejar a los que sí están. Es placer vicario, como en las películas de amor y lujo con las que deleitaban los estudios del Hollywood clásico a una población en plena crisis. Es Anne Hathaway siendo torpe y -falsamente- ¡espontánea! en un mundo acartonado. Es una fantasía. Es un cuento de hadas urbano. Es un algodón de azúcar: artificial, sin valor nutricional, malo para la salud, pero en pequeñas cantidades está rico. Y, por lo menos, que a veces parece mucho pedir, entretenimiento del que entretiene.
La clase, ¿se compra, se hereda, se aprende o se gana en un sorteo aleatorio? El próximo lunes Nueva York celebra su enésima gala MET, un escaparate que, con la excusa de recaudar fondos para nadie-sabe-qué organización benéfica, reúne a todos los que Anna Wintour, directora editorial de Vogue en todo el mundo y guardiana de las esencias altacosturiles, considera que son el epítome de las tendencias y el gusto, emperifollados todos por un diseñador de renombre, incapaces de sentarse a la mesa sin que las ballenas del corsé les perforen el bazo. Desde hace meses los corrillos de la moda -y sus publicaciones- andan vituperando porque la suma sacerdotisa ha aceptado que sean Jeff Bezos, milmillonario fundador de Amazon, y su esposa, Lauren Sánchez, los patrocinadores de tan magno evento, chequera mediante. La misma Lauren Sánchez que protagonizó una sonada portada de Vogue vestida de novia, el mismo Jeff Bezos que ha decidido implantarse una barbilla y abdominales postizos y abandonar su vestuario de pantalones de pana y chaleco de pipero por un look de gymbro chetado. La misma pareja que no se pierde una primera fila de los mejores desfiles de la Semana de la Moda de París. Los mismos que han decidido que quieren marcar estilo pero que no se pueden quitar la etiqueta de chonis y vulgares. La clase se vende, la clase se paga, sí, pero no todos te la compran.