entrevista con el director de 'la isla mínima'

Alberto Rodríguez: "Las ayudas al cine siempre son pocas"

El director de 'La isla mínima' analiza las claves de su película y de la situación actual del cine español

Foto: Alberto Rodríguez junto a Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo en el rodaje de 'La isla mínima'
Alberto Rodríguez junto a Javier Gutiérrez y Raúl Arévalo en el rodaje de 'La isla mínima'

Un guion abandonado, una exposición de fotos y un documental sobre la Transición española. Con semejantes mimbres Alberto Rodríguez ha parido una de las películas españolas del año, La isla mínima. Un thriller presentado en el Festival de San Sebastián que le ha confirmado como un director fundamental en nuestra industria. Capaz de contar la historia de un asesinato mientras radiografía la España profunda de los primeros años de democracia.

Rodríguez y su director de fotografía Alex Catalán, por entonces compañeros de piso y promesas del cine español, se quedaron fascinados por una muestra de Atín Aya, fotógrafo sevillano que se dedicó a recorrer las marismas y retratar “los vestigios de vida de sitios que habían estado muy poblados y con la mecanización del campo se habían quedado muy despoblados”, cuenta el director a El Confidencial.

Ahí surgió la idea para una película que nunca se materializó, quedó guardada en un cajón donde también estaba el guion sobre un asesinato que no convencía a Alberto Rodríguez. En 2012, tras el éxito de Grupo 7, el realizador veía como uno de sus proyectos más ansiados, llevar al cine la vida de Francisco Paesa, se paralizaba. En ese momento la historia de las marismas vuelve a cobrar vida, a la par que alguien sugiere a Alberto Rodríguez dos documentales sobre la Transición: Atado y bien atado y No se os puede dejar solos, realizados por los hermanos Bartolomé en 1981.

Esa fue la pista definitiva para que La isla mínima viera la luz. “Los documentales eran fantásticos, porque están editados en el 81 y no tienen perspectiva histórica. Son la opinión de la gente de la calle sobre lo que estaba ocurriendo. Te encontrabas con que había una especie de historia no oficial de la transición que era muy interesante. Había una sociedad crispada, con ilusión, pero había mucho enfrentamiento que nos cuadraba en la historia que teníamos”, explica el realizador.

Otro de los elementos que Rodríguez encontró en dichos documentales y que quiso trasladar a su thriller era las semejanzas que existen entre los primeros años de democracia y la actualidad: “En las dos épocas había una crisis económica galopante, gente que se estaba yendo del país a probar fortuna en otra parte, había incluso problemas con la distribucion del territorio y con la ley del aborto”.

El resultado, que llegará a los cines el próximo viernes, es una traslación del mundo de Atín Aya pasado por la negrura de una historia sobre el asesinato de dos menores. La imaginería del fotógrafo está presente en todo el filme, que replica muchas de sus instantáneas. Confesando su inspiración, Rodriguez cierra todos los comentarios que han relacionado el filme con True Detective, una referencia imposible debido a los tiempos de rodaje de La isla mínima.

Alberto Rodríguez en el rodaje de 'La isla mínima'
Alberto Rodríguez en el rodaje de 'La isla mínima'

La honradez de Rodríguez le lleva también a confesar que los maravillosos planos cenitales que abren su filme no son obra suya, sino de Héctor Garrido, fotógrafo del CSIC encargado de contar los pájaros que anidan en las marismas. Una sinceridad alejada del ego que se presupone de uno de los directores españoles del momento.

Un privilegiado en la industria

La isla mínima se rodó en ocho semanas, un tiempo que convierte a Alberto Rodríguez en un privilegiado en la industria española en comparación con todas las producciones actuales cuyo presupuesto y condiciones se reducen al mínimo.

Cada vez menos subvenciones para hacer películas. Una situación a la que Rodríguez se opone tajantemente: “Ahora mismo financiar una película es muy complicado. No depende sólo de lo público. Yo creo que las ayudas siempre son pocas, hay que dar más y abrir posibilidad a la gente joven. Esto es como el futbol, o tienes una buena cantera o tu equipo no va a ir bien”, apunta.

Para el realizador la situación actual de la industria es “una sangría constante”, y pide una nueva ley del cine “urgentemente”. “Pero de forma realista, porque si no van a acabar con la mitad de la industria”, subraya.

Sus orígenes fueron sin subvenciones. A golpe de trabajo y junto a otros compañeros de profesión andaluces como Santi Amodeo, Paco León, Chiqui Carabante o Alex O’Dogherty. Juntos crearon el Proyecto Colectivo Cinexin II, que consistía en 17 cortometrajes, realizado cada uno con una lata de película de 16 mm. “Empezaban con un letrero enorme que ponía: ‘Estos cortos no han sido subvencionados por la Junta de Andalucía'. Era una forma de protestar por la retirada total de ayudas al cortometraje”, explica Rodríguez.

Ahora mismo financiar una película es muy complicado. No depende sólo de lo público. Yo creo que las ayudas siempre son pocas, hay que dar posibilidades a la gente joven. Esto es como el futbol, o tienes una buena cantera o tu equipo no va a ir bienDe la precariedad a los medios que le han permitido realizar La isla mínima, un filme con “mucha posproducción” y con un rodaje parecido a un infierno. “Las circunstancias han sido brutales. Primero meteorológicas, ya que empezamos la peli con 42 grados y la acabamos con -2. Después con cosas que nos han pasado de todo tipo, como mareas, y también logísticamente, porque el sitio es inmenso, difícil de abarcar y los desplazamientos son un infierno”, cuenta Rodríguez.

Un buen entrenamiento para que ahora retome su filme sobre Paesa, aunque ahora con un presupuesto más realista. Un proyecto que Rodríguez considera “fascinante”, ya que contará la historia de este estafador que “lleva 50 años engañando y viviendo de la mentira”.

Seguramente volverá a conseguir que las manchas del pasado más oscuro de nuestro país salpiquen a la actualidad. Una de sus señas de identidad. En sus filmes no existen los finales felices al uso, y la mierda siempre termina salpicando a todo el mundo.

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