El director Álex de la Iglesia monta una rave en un aquelarre
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Sección oficial fuera de competición

El director Álex de la Iglesia monta una rave en un aquelarre

El director vasco regresa a su cine más personal y transgresor en ‘Las brujas de Zugarramurdi’, una comedia enloquecida e irregular sobre la brujería

Foto: Fotograma del nuevo filme de Álex de la Iglesia
Fotograma del nuevo filme de Álex de la Iglesia

El hombre más gordo de EEUU. La mayor borrachera de la historia de las despedidas de soltero. La película más desmelenada de Álex de la Iglesia.... Dada la tendencia al desparrame del director vasco, decir que Las brujas de Zugarramurdi es su cinta más disparatada hasta la fecha puede hacer estallar más de una cabeza. Pero algo de esto hay en su enloquecido regreso a su cine más personal y transgresor, el que va del satanismo punk de El día de la bestia (1995) al barroquismo político de Balada triste de trompeta (2010), el que retrata la España negra a golpe de picaresca, delirio, droga, fenómenos paranormales y metralleta. El que le ha convertido en un director de culto en el extranjero. Las brujas de Zugarramurdi, que se presenta hoy en la sección oficial fuera de competición, es una bilbainada del tamaño de un mapamundi de Bilbao. La demostración definitiva de que Álex de la Iglesia es la versión cinematográfica de un pelotari que golpea una bola en Bilbao y consigue que rebote con gran estruendo en un frontón en Marte.

Si a Julio Iglesias le gustaban las mujeres y el vino, a Álex de la Iglesia le gustan el LSD y el circo. Los héroes de El día de la bestia tomaban tantos tripis que se les aparecía el anticristo. Los de su nuevo filme, por su parte, no tienen claro si las brujas que ven son reales o el fruto de una intoxicación con polvos de estramonio, belladona y beleño. O la realidad como alucinación. En efecto, las visiones de España propuestas por De la Iglesia son fruto de una imaginación profundamente lisérgica: sólo a Álex de la Iglesia se le puede ocurrir convertir a Bob Esponja en un atracador a mano armada, como ocurre en el arranque de Las brujas de Zugarramurdi.

Pero su querencia por el circo va más allá de haber convertido a una compañía circense en protagonista de Balada triste de trompeta. Se trata de una cuestión de actitud: Las brujas de Zugarramurdi es un circo de tres pistas: comedia salvaje, cinta de terror y thriller de acción. Parodia de la guerra de sexos, retrato antropológico de la brujería vasca y drama romántico imposible. Todo a la vez y con un grado de intensidad tal que cabría pensar que a De la Iglesia le sonaron las trompetas de Jericó el día qué empezó a rodar. Las brujas de Zugarramurdi no es una película: ¡Es la guerra!

Una batalla cinematográfica que peca, a veces, de exceso de ruido. La desbocada triple función de De la Iglesia tiene diversos grados de acierto e interés: como comedia sobre la batalla de sexos no funciona, como thriller sobre la brujería, sí.

De la Iglesia sitúa el origen mundial de la brujería en un pequeño pueblo rural de la Navarra más vasca (Zugarramurdi), donde van a parar un grupo de atracadores a la fuga (Hugo Silva y Mario Casas), tan nulos para el crimen como para afrontar sus obligaciones sentimentales/paternales. En Zugarramurdi se llevarán su merecido: o el mayor aquelarre de la historia como vía para dilucidar de una vez por todas la guerra de sexos a la española.

Las tensiones hombres/mujeres alimentan el errático humor de un filme lastrado tanto por la falta de pericia cómica de sus protagonistas masculinos como por su abuso del chiste ocurrente.

En defensa del director hay que decir que intenta el más difícil todavía: combinar comedia y thriller de acción (disparatado) con reparto coral. Es decir, una de esas cintas en las que hay tal mogollón de actores en plano que si las réplicas no se hacen en el tono y a la velocidad adecuadas, la cosa no carbura. Eso que Berlanga hacía a la perfección (en pausado registro realista, eso sí, a ver quién es el guapo que monta una comedia coral en medio del apocalipsis, como hace De la Iglesia).

Más interés tiene todo lo relacionado con el universo de las brujas y el folclore milenario vasco. Por ejemplo, su reinvención antropológica de la brujería. O sus alucinantes efectos especiales: esas brujas caminando amenazantes por el techo de un caserón ante el estupor de los machos de la función. Por no hablar de la exhibición de maldad de un casting femenino encabezado por unas Carmen Maura, Terele Pávez, Carolina Bang, Macarena Gómez y María Barranco enfebrecidas y con una misión: expulsar a los hombres de la faz de la Tierra.

Para la antología de las escenas más vibrantes de la filmografía del director vasco quedará un aquelarre donde se mezclan el delirio de una rave con la mitología más siniestra de la brujería. Sombreros fuera.

En 1610 la Inquisición española condenó a cuarenta vecinas de Zugarramurdi a morir en la hoguera acusadas de brujería. En 2013 De la Iglesia las rinde homenaje a su manera: montando una oda lisérgica a la brujería.

Nunca sabremos cómo habría quedado la película si se hubiera rodado de otro modo, pero es una pena que De la Iglesia no haya frenado su tendencia al humor cafre, como ya había hecho en la cinta más oscura de su carrera, Balada triste de trompeta, para centrarse en rodar el thriller definitivo sobre el submundo de las brujas.

Unos pensarán ahora que De la Iglesia no hace aquí otra cosa que repetirse. Otros que se trata de un autor con un mundo propio que vuelve una y otra vez a sus obsesiones. Lo que está claro es que sigue siendo un cineasta único en el contexto del cine comercial español. Único porque nadie ofrece lo mismo que él. Un hombre con una visión ácida de un país dado a la exageración. A ver si De la Iglesia va a ser al final un sobrio naturalista de los usos y costumbres de esa España que se resiste a dejar de ser negra.

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