Rodrigo Cortés, sin rodeos sobre el cine español: "No existe la industria, cada película es una empresa"
El director español se sube a El Copiloto para hablar de su pasión por el séptimo arte y por las historias bien contadas. También de su paso por Hollywood y su opinión sobre el sector
Por un momento vi a Rafa Nadal en Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Orense, 1973). Suena descabellado, y justamente fue por el cabello: por la forma que tenía el director de atusárselo cuando hablaba. Véalo: un gesto de recolocarse el pelo detrás de las orejas que hacía rememorar los tiempos en los que el manacorí cumplía fielmente su ritual antes de golpear la bola.
Cortés, hombre educado y agradabilísimo, por no golpear no lo hace ni con las palabras: las elige con el mismo esmero que un diseñador de trajes a medida; las busca, las examina, las encuadra. Y no tiene pavor a decir que no sabe sobre algo, justo el signo de inteligencia de quien sabe mucho.
El que es uno de los directores españoles más prestigiosos del mundo se sube —con gafas de sol— a El Copiloto, el videopódcast de El Confidencial patrocinado por Occident. Tiene claro cuándo fue su momento ‘a por todo’, ese clic que le hizo emprender el camino para ser quien hoy es. El gallego decidió hace años que el cine iba a ser algo más que un entretenimiento en su vida, que iba a ser (o lo intentaría) su oficio. Ocurrió con una película de Charles Crichton: Un pez llamado Wanda. "Me recuerdo saliendo del cine con mi amigo Óscar un sábado por la tarde después de verla y decirle: ‘Se acabó, ya no soy espectador; pongámonos a hacer algo con la Super 8 de tu tío’".
En septiembre de 2010,el talento de Cortés se dio a conocer ante el mundo con un ataúd. Por ser precisos, con un hombre que se despierta enterrado vivo en un viejo ataúd de madera, sin más recursos que un teléfono móvil y un mechero. Buried,una película no apta para claustrofóbicos, enseñaba a cualquiera que prestara atención el talento narrativo de este director, al que se le abrieron las puertas de Hollywood con la cinta protagonizada por Ryan Reynolds. Llegaría Luces rojas en 2012, con un reparto de relumbrón (Cillian Murphy o Sigourney Weaver), en la que brillaba por encima de todos Robert De Niro: "A partir de ahí, trabajes con quien trabajes, te has quitado un peso de encima".
Llegaron más trabajos, y no solo en el cine: Blackwood, El amor en su lugar o Escape; también obras literarias como las novelas Los años extraordinarios y Cuentos telúricos, o ese particularisimo diccionario llamado Verbolario. Aun con todo, Cortés en este viaje se confiesa más tonto que hace años y centra sus palabras en cómo la libertad está muy relacionada con la capacidad de atención: ser dueños de nuestro tiempo y de a qué dedicamos las horas. Por la parte que más le afecta, asegura: "Si la industria asume que tiene que trabajar al nivel del más tonto, de repente estarás haciendo pelis para tontos".
Este hombre, apasionado de las historias, que acude tres o cuatro veces al cine por semana, admite que, pese al dramatismo habitual de los tiempos, sigue viendo grandes películas. Un cine que en nuestro país siempre es milagroso cada vez que nace: "En España no existe la industria del cine; cada peli es una empresa". Preguntado por la reciente polémica de la invitación de influencers en la pasada gala de los Premios Goya: "Estar cuatro horas sentado en una butaca viendo una gala que no termina jamás no es precisamente un premio codiciable…".
Muy al contrario, espero, que este nuevo viaje en carretera, donde se empieza hablando de las mejores road movies y se termina intentando descifrar a qué huele De Niro.
Por un momento vi a Rafa Nadal en Rodrigo Cortés (Pazos Hermos, Orense, 1973). Suena descabellado, y justamente fue por el cabello: por la forma que tenía el director de atusárselo cuando hablaba. Véalo: un gesto de recolocarse el pelo detrás de las orejas que hacía rememorar los tiempos en los que el manacorí cumplía fielmente su ritual antes de golpear la bola.