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'Kill Bill: The Whole Bloody Affair': más larga, más excesiva, más sangrienta
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'Kill Bill: The Whole Bloody Affair': más larga, más excesiva, más sangrienta

Mientras se decide a rodar su décimo -y, supuestamente, último- largometraje, Quentin Tarantino reestrena 'Kill Bill' como, según el director, fue concebida: como una sola película de cuatro horas y media

Foto: Uma Thurman es Beatrix Kiddo, Mamba Negra, la novia, Arlene Machiavelli y quién sabe cuántos nombres más. (Elastica)
Uma Thurman es Beatrix Kiddo, Mamba Negra, la novia, Arlene Machiavelli y quién sabe cuántos nombres más. (Elastica)

Casi todo vendido en los principales cines del centro de Madrid. Pocas veces el estreno de una película -o dos- de más de veinte años de antigüedad ha despertado tanta expectación. Apenas media decena de butacas libres dos días antes del evento: Kill Bill, de Quentin Tarantino, vuelve más larga, más excesiva y más sangrienta. Y no ha envejecido un ápice. Sigue siendo tan moderna, tan transgresora, tan incorrecta como a principios de milenio. La agudeza de Tarantino se muestra en cada pincelada: ya sabemos que el enfermero es un hombre del que desconfiar simplemente por las gafas horteras que lleva colgadas en el bolsillo del uniforme; ya imaginamos el tipo de ciudad que es en la que sucede la masacre por el hecho de que el policía se dirija al sheriff llamándolo "papi". Un genio.

Todo empieza con un toque de trompetas envolviendo unos títulos de crédito con caracteres cantoneses, heredados del estudio de cine hongkonés de los Shaw Brothers, responsables de joyas de culto como El espadachín manco (1967) y Crippled Avengers (1978), algo así como Los vengadores lisiados, ambas dirigidas por Chang Cheh. Cine de aventuras y de acción oriental sin complejos, con coreografías llenas de acrobacias e imaginación, colores chillones y héroes que sobrevivían a emboscadas imposibles, un disfrute desconocido para el gran público occidental y una mina de fotogramas indelebles que, con un pequeño toque a la americana, podrían encandilar al público occidental igual que lo hicieron con Quentin Tarantino cuando era niño. Y también de adulto.

Con esos primeros segundos de Kill Bill, Tarantino explicitó unas intenciones quizás más escondidas en su debut como director una década antes con Reservoir Dogs (1992): exprimir el posmodernismo cinematográfico, crear imágenes icónicas y convertir en espectáculo de masas lo que antes había sido un cine marginal, ya fuese el cine de kung fu, la blaxploitation o el spaghetti western. Por eso vistió a su protagonista, la novia (Uma Thurman), con un mono amarillo muy parecido al que llevaba Bruce Lee en el rodaje de Juego con la muerte (1978), la película en la que murió. De verdad. Por eso la película está repleta de referencias al cine de explotación, al cine de yakuzas y el anime japonés e incluso de guiños con sabor español como a La novia ensangrentada (1972), de Vicente Aranda.

​"La venganza es un plato que se sirve frío", avisa Tarantino al comienzo de Kill Bill. Y tanto. Kill Bill: vol. 1 se estrenó en 2003 y Kill Bill: vol 2, seis meses después. Ambos títulos se convirtieron en clásicos instantáneos, pero a Tarantino se le quedó una espina clavada: no haber podido estrenarlas como fueron concebidas, como una sola película de cuatro horas y media. Miramax, la productora de los hermanos Weinstein, lo obligó a ajustarse a la duración estándar del cine comercial y Tarantino tuvo que transigir con el minutaje: todavía no había llegado la moda marveliana de equiparar duración y calidad. En 2006, Tarantino proyectó la versión completa en Cannes y en 2011 en los cines de los que es dueño en Los Ángeles, los New Beverly. Tarantino se suma así a remontajes sonados y recientes como los de Coppola para Apocalypse Now o el que hizo Zack Snyder de La liga de la justicia.

Más de veinte años después de su estreno, con Harvey Weinstein entre rejas, y convertido ya en uno de los cineastas de autor más mainstream del cine contemporáneo, Tarantino se ha desquitado estrenando Kill Bill: The Whole Bloody Affair, la historia de la novia vengativa toda del tirón, sin recapitulación entre medias y con siete minutos y medio de anime sangriento añadidos. En algunas salas se proyecta, además, en 70 mm, el sueño húmedo del director, que este año también estrena -como guionista- The Adventures of Cliff Booth, una especie de secuela de Érase una vez en... Hollywood (2019), dirigida por David Fincher y que sigue el periplo del personaje interpretado por Brad Pitt. Mientras llega su décima -y, supuestamente, última- película, habrá que conformarse con estos entremeses tarantinianos.

La cuarta película de Tarantino es casi un spin off de Pulp Fiction (1994): el personaje de Mia Wallace, interpretado también por Thurman, cuenta que participó en un piloto de una serie televisiva que jamás vio la luz: "Era una serie sobre un grupo de agentes secretos llamado Force Fox Five. Fox, como en que somos un grupo de chicas sexis y astutas como zorras. Force, como en que somos una fuerza a tener en cuenta. Five, como en que somos una...dos...tres...cuatro...cinco. Había una rubia, Sommerset O'Neal, ella era la líder. Una japonesa, una negra, una francesa y una morena, yo. Todas teníamos habilidades especiales. Sommerset tenía memoria fotográfica, la japonesa era una maestra de kung fu, la chica negra era una experta en demoliciones, la especialidad de la francesa era el sexo". ¿Les suena?

placeholder Un momento del combate entre Beatrix Kiddo y O-Ren Ishii. (Elastica)
Un momento del combate entre Beatrix Kiddo y O-Ren Ishii. (Elastica)

Pero en Kill Bill Thurman no era la morena, sino la exnovia rubia de Bill (David Carradine), un mafioso vengativo que, antes de que hayan pasado tres minutos de película, ya le ha pegado un tiro en la cabeza a la protagonista a ritmo del Bang Bang cantado por Nancy Sinatra. Y es que esta mezcla de violencia, sentido de la ironía y gusto musical son la marca de la casa Tarantino. En Kill Bill, Tarantino no da tregua: antes de que en el reloj hayan pasado seis minutos, la novia ya se ha enzarzado en su primer combate marcial. Antes de que hayamos llegado al cuarto de hora, ya vemos el primer cadáver.

Kill Bill: The Whole Bloody Affair eleva el gore y el entretenimiento a pura cinefilia, a deleite visual. La trama pierde importancia: sólo necesitamos saber que hay una mujer cabreada a la que su exnovio Bill intentó matar cuando estaba embarazada, supuestamente acabando también con la vida de su hija. Dividida en diez episodios, como si fuera aquella serio de Force Fox Five comprimida en una película, en cada capítulo de Kill Bill, la protagonista - a la que nos referiremos como Beatrix Kiddo, entre sus múltiples apodos- se vengará una a una de las personas que participaron en su intento de asesinato: Vernita Green (Vivica A. Fox), Elle (Daryl Hannah), O-Ren Ishii (Lucy Liu), Sofie Fatale (Julie Dreyfus) y Budd (Michael Madsen), hasta llegar a Bill. Y, entre medias, cientos de daños colaterales. Una idea que recuerda mucho al hilo conductor de la cinta japonesa Lady Blood (1973), de Toshiya Fujita, protagonizada por Meiko Kaji, quien se especializó en interpretar personajes femeninos conflictivos muy dados a la venganza sádica.

placeholder Chiaki Kuriyama es Go Go, la asesina de la maza encadenada. (Elastica)
Chiaki Kuriyama es Go Go, la asesina de la maza encadenada. (Elastica)

La gran novedad de la nueva versión de Kill Bill: The Bloody Affair es la escena animada en la que la hermana de Gogo (Chiaki Kuriyama) -la secuaz de O-Ren Ishii que viste de colegiala y gira una maza encadenada-, quien sobrevive a la masacre de La Casa de la Hojas Azules -una de las secuencias más recordadas del film- y vuelve a vengar la muerte de su hermana. "Era demasiado loca, demasiado violenta, tenía demasiada acción", explicó el propio Tarantino.

Kill Bill, así, toda seguida y en 70 mm, exacerba el exceso que es, en general, el cine de Tarantino: un juego, un disfrute, una minipímer de referencias visuales y musicales, todo está lleno de simbolismo y dobles y triples significados. Kill Bill es pura cinética, es expresionismo cromático, es mestizaje. Es virtuosismo narrativo -impecable el montaje a cargo de Sally Menke-, que dosifica al espectador la información sobre el misterioso personaje de Thurman y los motivos de su vendetta. Es a la vez popular y de nicho. Cada personaje lleno de particularidades y rarezas, pero a la vez tremendamente reconocibles. Y una retahíla de frases listas para enmarcar.

placeholder Daryl Hannah es Elle, la enfermera homicida de la voz sedosa. (Elastica)
Daryl Hannah es Elle, la enfermera homicida de la voz sedosa. (Elastica)

Pocas películas tan sangrientas son tan bellas como Kill Bill: The Whole Bloody Affair. La fotografía de Robert Richardson es impecable. En el pase de los cines Paz ha habido incluso un desmayo que ha provocado que tuvieran que parar la cinta en medio del metraje al grito de "¿Hay algún médico en la sala?". Porque la pantalla no para de sangrar y los personajes no paran de moverse y la cámara no para de bailar y las katanas no paran de chocar. Pocas secuencias tan incómodas y tan extremas como el anime -esta vez más alargado- en el que Tarantino cuenta la venganza de O-Ren Ishii, dibujado por Nazuto Kanazawa, que añade litros y litros de hemoglobina a una historia en la que todo el mundo busca su venganza.

Kill Bill: The Whole Bloody Affair es ya un clásico indiscutible, una muestra del mejor Tarantino y del mejor cine de acción, que ha ganado incluso con el tiempo. En estos veinte años es difícil encontrar una película con tantos momentos icónicos, con una banda sonora que recupera joyas escondidas de todo el mundo -hasta Lole y Manuel- y que es muestra del cine más disfrutable y desacomplejado. Una película para, efectivamente, desmayarse.

Casi todo vendido en los principales cines del centro de Madrid. Pocas veces el estreno de una película -o dos- de más de veinte años de antigüedad ha despertado tanta expectación. Apenas media decena de butacas libres dos días antes del evento: Kill Bill, de Quentin Tarantino, vuelve más larga, más excesiva y más sangrienta. Y no ha envejecido un ápice. Sigue siendo tan moderna, tan transgresora, tan incorrecta como a principios de milenio. La agudeza de Tarantino se muestra en cada pincelada: ya sabemos que el enfermero es un hombre del que desconfiar simplemente por las gafas horteras que lleva colgadas en el bolsillo del uniforme; ya imaginamos el tipo de ciudad que es en la que sucede la masacre por el hecho de que el policía se dirija al sheriff llamándolo "papi". Un genio.

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