'Marty Supreme': para triunfar hay que ser bastante gilipollas
En su primera película en solitario, el director Joshua Safdie, el más digno sucesor de Scorsese, nos regala una película frenética de deporte, ambición y bajos fondos en los Estados Unidos de la postguerra
Timothée Chalamet es Marty, un jugador de pimpón que quiere convertirse en una estrella. (Diamond)
Antes de que el único ascensor social operativo fuese la hoguera de las tentaciones, antes, en los años cincuenta de la posguerra, en un Estados Unidos victorioso, optimista y saliente de la recesión, Marty Mauser (Timothée Chalamet) vio el nicho virgen e inexplorado del pimpón como su billete de salida hacia la supremacía, la fama y el dinero. Judío en una época de antisemitismo que la tierra de las libertades ha querido borrar de su memoria, Marty tiene un único objetivo: ganar el próximo campeonato mundial. Y entre él y la gloria no puede interponerse nada ni nadie; no hay método heterodoxo ni ilegal. Todo vale, no sólo la meritocracia y el talento. Saquemos al Lazarillo de Tormes y transportémoslo cuatrocientos años adelante hasta las calles de Nueva York y tendremos la última película de Joshua Safdie, primera en solitario tras el divorcio fraterno, nominada a nueve premios Oscar, entre ellos los de Mejor película, Mejor guión original y Mejor actor protagonista para Chalamet.
Tráiler de 'Marty Supreme'
En la última década, los hermanos Joshua y Ben Safdie se han postulado como los herederos más legítimos del cine de Scorsese, con ese nervio, ese humor negro, esa violencia sostenida y sistémica que estalla en el momento climático. Después de una larguísima carrera en el cortometraje, los hermanos Safdie codirigieron su primer largometraje en 2009: Daddy Longlegs, seleccionada en la Quincena de Cannes, una dramedia autobiográfica sobre un padre divorciado desastroso a cargo de dos hijos pequeños. El primer gran golpe en el tablero hollywoodiense fue Good Time (2017), con Robert Pattinson y el mismo Ben Safdie de protagonistas. Atracos, violencia y un ritmo espídico, una frescura sórdida y canalla, los bajos fondos de Nueva York retratados a la vez como en los decadentes ochenta y los estridentes dosmil, el grano y los zooms mezclados con el flúor, todo acompañado con la banda sonora electronica de Oneohtrix Point Never, colaborador indispensable, cuya música es también una superposición de esas décadas.
Su consagración llegó con Diamantes en bruto (2019), la resurrección de Adam Sandler como un prestamista neoyorquino hechizado por una suerte y un éxito que no le corresponden. Lo que es un leitmotiv de sus películas: gente que ambiciona el éxito, pero que no debería pertenecer ahí, y que es capaz de sacrificarlo todo por un segundo más en la cima.
Thimothée Chalamet se ha llevado el Globo de Oro por su papel en 'Marty Supreme'. (Diamond)
Todo en el cine de los Safdie es una sucesión de causas y consecuencias tan irrefrenables como una explosión en cadena, tan apabullantes como angustiosas de contemplar. Siempre entra la suerte en juego. Y la suerte siempre se presume buena: no nos gusta acordarnos de la mala. El azar traicionero es, sin duda, una herencia de los Coen, otro tándem de hermanos disuelto. Siempre interesados por personajes de entornos marginales en los que las reglas no se aplican, o no se aplican de la misma manera: maravillosa es Telemarketers, la serie documental sobre teleoperadores y estafas piramidales que sólo ellos podían haber retratado con tanta humanidad dentro de la sordidez. Porque sus personajes siempre intentan hackear el sistema, pero el sistema es implacable, amigo.
En Marty Supreme, Joshua Safdie viene a contarnos que para triunfar hay que ser bastante gilipollas. Pero que siempre habrá un hijo de puta mayor que tú. Inspirada libremente en la biografía de Marty Reisman, una de las primeras "estrellas" del pimpón estadounidense y que firmó unas memorias tituladas algo así como El jugador del dinero: confesiones del campeón de pimpón y estafador más grande de América, Marty Supreme está escrita a cuatro manos junto a Ronald Bronstein, otro de los colaboradores indispensables y protagonista de aquella primera película autobiográfica. La chulería del personaje, esa autoindulgencia, esa impetuosidad y esa obsesión ciega por el dinero hacían de Reisman el personaje perfecto para un thriller marca Safdie.
Gwyneth Paltrow es Kay Stone, una actriz otrora famosa, ahora venida a menos. (Diamond)
Marty, un Chalamet granujiento, larguirucho, cejijunto y extremadamente humano, trabaja en la zapatería de barrio de un familiar. Sólo hasta que se convierta en la gran estrella del pimpón estadounidense. Para ello, sólo tiene que ganar el mundial y conseguir que el pimpón le importe a alguien más que a él. Marty es un embaucador que sabe cómo sacar lo que quiere de los demás. No tiene escrúpulos. Conoce perfectamente los puntos fuertes y débiles de cada persona con la que se cruza: todos son rivales potenciales en su idea extremadamente individualista de la supervivencia. En su club de pimpón no tiene rival, pero después de que el Comité Internacional levante el veto a los japoneses -debido a su alineación con el Eje en la Segunda Guerra Mundial-, Marty se encuentra con Koto Endo (Koto Kawaguchi), un jugador que es su antítesis absoluta: silencioso, técnico, preciso. Además, como es sordo y no habla inglés, Marty no puede acudir a su verborrea para desestabilizarlo.
Marty ha jugado todas las fichas de su vida a la casilla del pimpón. Comparte casa con su madre (Fran Drescher), se acuesta con Rachel (Odessa A'zion), una mujer casada con un hombre violento, y necesita dinero para comprar el billete que lo lleve hasta Japón, donde se jugará el próximo mundial. Si embargo, conseguir el dinero no será tan fácil: como una zanahoria en su hocico, el dinero siempre huye de él. En el camino se encuentra con una antigua estrella de Hollywood venida a menos (Gwyneth Paltrow) y su marido, un billonario taimado (interpretado por otro billonario taimado, Kevin O'Leary, una especie de Trump a la canadiense), que intentarán ayudarle en su odisea deportiva. Y el enredo, como en todo el cine de los Safdie, es imprevisible, caótico y miserable. La moraleja de Marty Supreme se condensa en un sólo plano: el de una pala de pimpón azotando el culo desnudo, enrojecido y humillado del protagonista.
Marty siempre corriendo y hacia adelante, sin importar las cabezas pisadas. (Diamond)
Ningún personaje queda libre de pecado en esta historia de mentirosos, tramposos y jetas. Y visualmente, el virtuosismo de Safdie junto al mitiquísimo director de fotografía iraní Darius Khondji (Seven, La ciudad de los niños perdidos), hacen que la película sea a una revisitación efervescente y novedosa del cine clásico norteamericano. Es una reflexión sobre la mismísima identidad estadounidense, obsesionada como Marty con el éxito individual, con una dialéctica hobbiana del comportamiento humano: el hombre es un lobo para el hombre y, si quiero llegar alto, hay que morder el primero. ¿Será Marty el lobo más fuerte de todos?
Antes de que el único ascensor social operativo fuese la hoguera de las tentaciones, antes, en los años cincuenta de la posguerra, en un Estados Unidos victorioso, optimista y saliente de la recesión, Marty Mauser (Timothée Chalamet) vio el nicho virgen e inexplorado del pimpón como su billete de salida hacia la supremacía, la fama y el dinero. Judío en una época de antisemitismo que la tierra de las libertades ha querido borrar de su memoria, Marty tiene un único objetivo: ganar el próximo campeonato mundial. Y entre él y la gloria no puede interponerse nada ni nadie; no hay método heterodoxo ni ilegal. Todo vale, no sólo la meritocracia y el talento. Saquemos al Lazarillo de Tormes y transportémoslo cuatrocientos años adelante hasta las calles de Nueva York y tendremos la última película de Joshua Safdie, primera en solitario tras el divorcio fraterno, nominada a nueve premios Oscar, entre ellos los de Mejor película, Mejor guión original y Mejor actor protagonista para Chalamet.