El realizador kazajo-ruso Timur Berkmambetov dirige un tecno-thriller con un Chris Pratt atado a una silla eléctrica en una cuenta atrás para demostrar frente a una inteligencia artificial que no ha matado a su mujer
Chris Pratt es Chris Raven, un policía alcohólico acusado de matar a su mujer. (Sony)
El futuro es despiadado. Despiadado y feo, repleto de pantallas pixeladas, porque en el futuro, el 5G sigue funcionando regulero. Y el futuro parece depararnos películas distópicas disparatadas, con actores potentes de Hollywood ofreciendo sus caras en carteles despersonalizados, un par de frases de caladura impostada -"los seres humanos y la inteligencia artificial nos parecemos en algo: ambos cometemos errores", o algo así- y un guión en el que los personajes se empeñan en explicar continuamente lo ocurrido y lo ocurrible, no sea que, cuando levantemos la vista del móvil -Sin piedad es una producción original de Amazon, aunque se estrene en salas-, no encontremos una liana rápida para reengancharnos a la historia.
La premisa de Sin piedad -el título original es un irónico y opuesto Mercy, es decir, "compasión"- tenía su aquel para una tarde de entretenimiento palomitero: un inspector de homicidios de Los Ángeles se despierta en una silla eléctrica futurista, acusado de haber asesinado a su mujer. Le juzgará el programa de inteligencia artificial que él mismo ayudó a promover y que le otorga una hora y media -lo que dura la película- para demostrar su inocencia. Culpable hasta que se demuestre lo contrario. Inversión de la carga de prueba, creo que lo llaman. Chris Pratt como protagonista, Rebecca Ferguson y su mirada gélida como la implacable jueza artificial. ¿Qué podría salir mal?
Dicen que el ser humano se acostumbra a todo y, mucho me temo, el ojo también. Inundados como estamos de imágenes feas -siquiera feístas- en internet, conexiones televisivas pixeladas, de los colores chirriantes y los cardados megalómanos de Mediaset, nuestra pupila ya no se resiente con lo antiestético. Hasta un punto. Sin piedad es una película, pero también es un videojuego y decenas de vídeos de TikTok. Sin piedad es un compendio del audiovisual trompicado y arrítmico en el que las pantallas se despliegan como en el escritorio de un portátil, jirones garabateados e inconexos que supuestamente deberán revelarnos la verdad, una verdad delirante de giros inverosímiles pero esperables.
Rebecca Ferguson es una juez artificial implacable. (Sony Pictures)
Sin piedadno puede desprenderse de su esencia serie B ni con la presencia de Pratt y Ferguson en pantalla. Dirigida por el realizador kazajo-ruso Timur Berkmambetov (Guardianes de la noche, 2004; Wanted: se busca, 2008) intenta sobreponerse al principal gran obstáculo de la propuesta: si el cine es movimiento, ¿cómo insuflar dinamismo a un tipo sentado en una silla mirando una pantalla? No lo consigue. Si el cine es también emoción, tampoco ayuda que la coprotagonista actúe como el rostro inexpresivo y átono que demanda su personaje. Al menos, la cuenta atrás a la que la jueza artificial somete al acusado ayuda a que haya un poquito de excitación.
Pero lo más perturbador de Sin piedad es que, así a lo tonto, como quien no quiere la cosa, deja entrever su patita fascistoide. Su historia se promete -¡oh, espectador iluso!- como una crítica a la hipervigilancia y a la sustitución del ser humano por la inteligencia artificial. Sin embargo, Sin piedad culmina como un alegato a favor del Estado policial en el que el gobierno tenga acceso ilimitado a todas las comunicaciones del ciudadano. La seguridad y la privacidad son incompatibles, viene a avisarnos.
Kali Reis es la agente Jaq Diallo, compañera de Chris Raven, el protagonista. (Sony)
Vale que el espectador adulto ya no comulga con protagonistas pluscuamperfectos, sin aristas, pero es que Chris Raven (Chris Pratt) debería acabar en prisión haya cometido o no el crimen. Las únicas interacciones con su mujer de las que somos testigo gracias a una nube que guarda todos los vídeos grabados por móviles -no es fácil justificar todas las videollamadas y grabaciones a las que recurre el director- o cámaras de seguridad presentan a un marido alcohólico y maltratador, que rompe cámaras y tira objetos como si fuese el comportamiento más asumible del mundo. Pero él ama mucho a su mujer, claro, y no ha podido asesinarla. ¡Viva la brutalidad policial, dentro y fuera de casa!
La investigación es tan peregrina como la resolución -manuales de anarquismo de por medio-, tanto que a nadie le extrañaría que en el guion hubiera participado también la prima guionista artificial de la jueza Ferguson. En un Estados Unidos envuelto en la represión del ICE, cuesta digerir ciertas imágenes de brutalidad policial elevadas a categoría de heroísmo, mientras que se representa a los manifestantes como drogadictos violentos ya en un arranque perezoso que recurre a la solución facilona de unir imágenes de telediarios ficticios que contextualizan el momento histórico: un futuro próximo. Todo es caos, todo es salvajismo, y el ciudadano sólo puede sentirse seguro gracias a una policía y una justicia implacables. Como cantaba Mary Poppins: "con un poco de azúcar esa píldora...".
El futuro es despiadado. Despiadado y feo, repleto de pantallas pixeladas, porque en el futuro, el 5G sigue funcionando regulero. Y el futuro parece depararnos películas distópicas disparatadas, con actores potentes de Hollywood ofreciendo sus caras en carteles despersonalizados, un par de frases de caladura impostada -"los seres humanos y la inteligencia artificial nos parecemos en algo: ambos cometemos errores", o algo así- y un guión en el que los personajes se empeñan en explicar continuamente lo ocurrido y lo ocurrible, no sea que, cuando levantemos la vista del móvil -Sin piedad es una producción original de Amazon, aunque se estrene en salas-, no encontremos una liana rápida para reengancharnos a la historia.