'Turno de guardia': manual de supervivencia de una enfermera desbordada
La suiza Petra Volpe se ha colado en la 'shortlist' de los Oscar con ese 'thriller' hospitalario
A Leonie Benesch la conocimos como la niñera adolescente, tímida y virginal de La cinta blanca (2009) de Michael Haneke. Convertida en una habitual del cine y la televisión en alemán - desde Babylon Berlin hasta Vienna Blood-, Benesch también ha incursionado en producciones británicas -The Crown- y coproducciones estadounidenses -September 5 (2024), película nominada al Oscar a Mejor guión-, pero la mayor gratificación de los últimos años ha venido de la mano de dos papeles con muchas concomitancias: Carla, la docente entregada de Sala de profesores (2023), un thriller escolar alrededor de la investigación de un robo en el aula, y Floria, la enfermera desbordada en Turno de guardia, ahora mismo una de las precandidatas al Oscar a Mejor película en representación de Suiza -la Academia anunciará las cinco finalistas el próximo viernes-. Carla y Eva, dos mujeres jóvenes, comprometidas más allá de la salud con su trabajo, Juanas de Arco aplastadas por el sistema precisamente a causa de su fe ciega en el mismo, perseguidas por la cámara en un laberinto de pasillos recorrido al paso de unos violines, minimalistas en la primera, febriles en la última.
Turno de guardia llega en el resurgimiento de la ficción hospitalaria, gracias, en parte, a la serie The Pitt, creada por los guionistas de Urgencias y ganadora de globos de oro. El sentimentalismo barroco y telenovelesco de finales de los noventa y principios de los dos mil deja paso a una búsqueda del rigor protocolario, de la experiencia inmersiva y la potenciación, valga la redundancia, de la urgencia. Turno de guardia se adentra en la rutina nocturna de un hospital suizo para convertirse casi en tiempo real en un thriller frenético y arrollador, una pesadilla laboral que encuentra su mayor virtud en la interpretación protagonista, en el ritmo y el espacio opresivo, pero poco ambicioso en su puesta en escena, más bien convencional y utilitaria, lejos del cine que se le presupone a una directora, Petra Volpe, que ha competido en Locarno y el Gijón, entre otros festivales.
Los hospitales siempre han sido escenarios difíciles de rodar, por ese feísmo despersonalizado y bicromo. Entre todos los fetichismos uniformados, incluso dentro de las fantasías médicas, nadie nunca jamás encontró la belleza del pijama sanitario real. Es más, la "luz de hospital" es paradigma de la iluminación deprimente y frígida, de la decoración desalmada. Y es difícil sobreponerse, en un arte audiovisual, ya no al desagrado estético, sino a la mediocridad. Y sin una propuesta osada, la película de Volpe sólo puede confiar en su historia. Y en su actriz.
Volpe adapta la novela autobiográfica
Eva es una enfermera tan diligente como cariñosa: regala caramelos a los niños, memoriza los nombres y no sólo los historiales, sino las historias de sus pacientes. Eva es pura vocación de servicio, de cuidado, resistente al desgaste y a la desmotivación. La seguimos en su recorrido, habitación tras habitación: conversaciones profesionales y personales se mezclan, como todas las noches.
Como en una acrobacia con platillos chinos, Volpe suma obstáculos y objetivos a un protocolo que se sostiene en un equilibrio frágil que se rompe con la llegada de un nuevo paciente ¿o cliente?, un empresario que ha pagado una habitación individual y que exige, ya que paga más que los demás, un trato preferencial. Y, a partir de aquí, el drama costumbrista entra en el terreno del 'thriller', de la cuenta atrás por recuperar el control, una carrera por la supervivencia -emocional y laboral- hasta que el reloj anuncie el cambio de turno.
Los frentes se le acumulan a Eva mientras las notas del violín vibran con violencia. Y las circunstancias a las que se refiere el título de la novela adaptada demuestran un cuerpo sanitario para el colapso entra dentro de dicha rutina. Personal y medios insuficientes y enfermos que son, al mismo tiempo, víctimas y verdugos de un sistema que responde, cada vez más, a las dinámicas de un capitalismo que erradica la humanidad a favor de la optimización económica. Y que enfrenta a pacientes -¿clientes?- y trabajadores.
El título original de Turno de guardia se traduce como "heroína" y es, quizás, esa visión heroica e inmaculada de la protagonista -incluso su acción más cuestionable es más una muestra de arrojo más que de debilidad- simplifica el retrato del gremio en una película que no deja respirar, ni al espectador ni a la propia historia, en la que las piezas se ajustan de una manera algo mecánica y previsible. Sin embargo, la experiencia de Turno de guardia es realmente inmersiva, y Leonie Benesch coge al espectador de la mano y lo desfonda en ese sprint final para colocarlo delante del espejo y confesarle, cuando el reloj por fin da la hora, que esa pesadilla nocturna no ha sido más que un día más.
A Leonie Benesch la conocimos como la niñera adolescente, tímida y virginal de La cinta blanca (2009) de Michael Haneke. Convertida en una habitual del cine y la televisión en alemán - desde Babylon Berlin hasta Vienna Blood-, Benesch también ha incursionado en producciones británicas -The Crown- y coproducciones estadounidenses -September 5 (2024), película nominada al Oscar a Mejor guión-, pero la mayor gratificación de los últimos años ha venido de la mano de dos papeles con muchas concomitancias: Carla, la docente entregada de Sala de profesores (2023), un thriller escolar alrededor de la investigación de un robo en el aula, y Floria, la enfermera desbordada en Turno de guardia, ahora mismo una de las precandidatas al Oscar a Mejor película en representación de Suiza -la Academia anunciará las cinco finalistas el próximo viernes-. Carla y Eva, dos mujeres jóvenes, comprometidas más allá de la salud con su trabajo, Juanas de Arco aplastadas por el sistema precisamente a causa de su fe ciega en el mismo, perseguidas por la cámara en un laberinto de pasillos recorrido al paso de unos violines, minimalistas en la primera, febriles en la última.