Linklater invoca ese cine libérrimo y revolucionario de la Nouvelle Vague a través de la figura de Jean-Luc Godard y de un retro making-of de 'Al final de la escapada' que compite este domingo en los Globos de Oro
Zoey Deutch es Jean Seberg y Guillaume Marbeck es Jean-Luc Godard en 'Nouvelle Vague'. (Elastica)
Detrás del escritorio de la redacción de Cahiers du Cinèma, la revista cinematográfica que cambió la historia del cine, y de sus sempiternas gafas negras, Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) se autocompadece por no haber dirigido aún una película antes de cumplir veinticinco años. Sus compañeros de publicación, Truffaut (Adrien Rouyard), Rohmer (Côme Thieulin), Chabrol (Antoine Besson) y Rivette (Jonas Marmy), quienes junto a él habían dictado el devenir del cine europeo desde los primeros cincuenta, ya se habían desvirgado en la dirección del largometraje, ya competían en Cannes y compañía y ya copaban las portadas y los elogios de la cinefilia. El crítico más punzante de Francia quería ser director, puesto que "la mejor forma de hacer crítica es hacer una película", tal y como le escupe a Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst) tras encontrárselo en una fiesta y diagnosticar que su producción El desfiladero del diablo "apesta".
Tráiler de 'Nouvelle Vague'
En 1960, Godard acabaría estrenando su ópera prima, Al final de la escapada, una película que revolucionó el cine, una de las más representativas de la Nouvelle Vague, una que rompería todas las convenciones del cine clásico. La historia de un maleante parisino de poca monta que se enamora de una chica estadounidense mientras le persigue la Policía. Nada nuevo bajo el foco, salvo la inmediatez, el naturalismo y la impertinencia, la tríada que redefinió el séptimo arte. Más de sesenta años después, Richard Linklater inventa "el retro making-of" -palabras robadas al productor de cine Enrique Lavigne- en una película que invoca esa libertad, ese naturalismo y esa ligereza de un cine explorativo que dista mucho de los corsés industriales que reprimen y constriñen a la industria hoy.
No hay nostalgia ni melancolía en Linklater -quizás más en el espectador anhelante-, sino el espíritu juguetón y profundamente comprometido heredado de aquella Nueva Ola, y, a través de sus personajes, nos regala su visión del cine como "un asunto moral", no como un simple pasatiempo. Nouvelle Vague, que pasó por la Sección Oficial del Festival de Cannes, es cine dentro del cine, como lo fue La noche americana (1973) de Truffaut, es una historia de amor -de los personajes de Patricia y Michel- dentro de otra historia de amor -de Godard y el cine-, es un film noir de robos y persecuciones, y es también un ensayo fílmico que desgrana la visión -no los mandamientos, porque mandamientos no hay ninguno- de Linklater sobre su oficio, heredados de Godard y antes de Rossellini y los neorrealistas italianos.
Un momento del rodaje dentro del rodaje de 'Nouvelle Vague'. (Elastica)
Es, precisamente, el Rossellini de ficción, interpretado por Laurent Mothe, quien le habla a nuestro protagonista de la moralidad del arte y le regala sus propias claves: "El cine es un arte como cualquier otro; olvida el sonido, el color, la técnica"; como ya ocurrió en las artes plásticas, mucho más veteranas, las reglas están para romperse; eso sí, con conocimiento de causa. "No hay una sola forma de rodar", también dice Rossellini, pero "la mejor forma de filmar es la más sencilla" y "siempre hay que rodar en un estado de urgencia y necesidad".
¿Cómo espectadores y autores hemos abrazado la burocratización audiovisual? ¿Dónde queda esa ansia de hacer algo nuevo, de hacer algo ya, n'importe quoi? Nouvelle Vague nos devuelve a esa esencia intrépida y juguetona del cine; porque lo esencial del cine primigenio, da igual que hablemos de Griffith o de Méliès -o de Segundo de Chomón-, era el descubrimiento, el ensayo y error y... la ilusión.
En Nouvelle Vague nos encontramos con ese Godard de juventud, ambicioso y conflictivo, muchas veces impertinente, pero siempre fuera de lo ordinario, en su salto de la crítica al cine. Tanta es su cara dura que consigue que De Beauregard, al que acaba de vituperar, le produzca esa ópera prima coescrita con un Truffaut que acaba de ganar el premio a Mejor director en Cannes con Los 400 golpes, su debut en la dirección. De la mano de Linklater, acompañamos a Godard en sus tribulaciones para sacar adelante una película mientras cuestiona cada regla del juego. Y Godard, al que siempre se le ha retratado como soberbio y déspota, se refleja en la lente tierna y humanista de Linklater como un hombre profundamente comprometido con el poder y la responsabilidad de la imagen. "Intentemos rodar el plano más triste de la historia del cine", pide Godard en un momento de Nouvelle Vague; no se puede decir que el director de Banda aparte (1964) se autoimpusiese metas fáciles.
Aubry Dullin es Jean-Paul Belmondo. (Elastica)
En Nouvelle Vague, Linklater recrea ese primer encuentro entre Jean Seberg -a quien interpreta, casi como una posesión, Zoey Deutch- y el boxeador-aspirante-a-actor Jean-Paul Belmondo (Dullin), la primera absolutamente desconcertada con el método godardiano, el segundo con una fe de salto al vacío. También hay espacio para la frivolidad, para conocer las intrahistorias de los amores y los desamores, para gestos tan humanos y definitorios como el de Rossellini robando canapés y pidiendo dinero a los plumillas bohemios, quienes también tenían el bolsillo vacío. Y vemos cómo el grupo de los "cinemaníacos", aquellas firmas de Cahiers du Cinèma, se tomaban el cine muy en serio y muy en broma, que es como hay que tomarse el cine... y la vida. El método de Godard parece caótico y desorientado, pero no lo es; simplemente los tiempos, los procesos y los mecanismos no se someten al estándar.
Linklater no homenajea, sino invoca. Y lo hace a través de las propias imágenes, ¿cómo si no? Con ese viaje en coche de Godard a Cannes que imita el recorrido del coche de Michel (Belmondo) en Al final de la escapada o con el gesto de robar unos cuantos billetes a sus allegados para conseguir sus propósitos. También con la decisión de replicar esos personajes mirando a cámara, esa textura casi documental heredada del neorrealismo italiano -aunque en Nouvelle Vague embellecida para los estándares actuales-, ese blanco y negro, ese formato académico, esos jumpcuts -cortes- abruptos y ese casting apenas conocido, decisiones audaces y a contracorriente en una industria que pliega al gusto común y se repliega ante cualquier "extravagancia". Tan herético es que un americano de Texas haya dirigido la película más importante sobre la película más importante del cine francés -sobreviviendo a chovinismos- como que la protagonista de la película más importante del cine francés, Jean Seberg, también fuese estadounidense. Godard rebelándose hasta contra sí mismo.
Otro momento de 'Nouvelle Vague'. (Elastica)
Nouvelle Vague, que compite este domingo en los Globos de Oro en la categoría de Mejor comedia o musical -Linklater compite por partida doble, también con Blue Moon, en la que la precisión radica en las palabras-, podría considerarse el reverso luminoso de The Studio, la serie de Seth Rogenque muestra una industria de Hollywood podrida por la avaricia y el cinismo y consciente de estar matando a franquicias el arte que, supuestamente, pretenden defender. Nouvelle Vague es un soplo de verdad, de sinceridad, de ternura de amor por el oficio y de, como insiste Rossellini, compromiso moral. Como lo ha sido todo el cine de Linklater (Boyhood, la trilogía Antes de....), quien nunca ha escondido sus herencias y referencias nouvellevaguianas.
Y es de una belleza conmovedora que un director debutante (el Godard de 1959) y un director consagrado (el Linklater de 2025), separados por más de sesenta años, dialoguen, se reconozcan y abracen una misma manera de ver el mundo: genuina, al margen y cuyo motor de ignición es difícil de explicar desde la palabra, sino desde la emoción más pura. Nouvelle Vague es un faro luminoso, una inyección de frescura y un recordatorio de que era esto por lo que amábamos el cine.
Detrás del escritorio de la redacción de Cahiers du Cinèma, la revista cinematográfica que cambió la historia del cine, y de sus sempiternas gafas negras, Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) se autocompadece por no haber dirigido aún una película antes de cumplir veinticinco años. Sus compañeros de publicación, Truffaut (Adrien Rouyard), Rohmer (Côme Thieulin), Chabrol (Antoine Besson) y Rivette (Jonas Marmy), quienes junto a él habían dictado el devenir del cine europeo desde los primeros cincuenta, ya se habían desvirgado en la dirección del largometraje, ya competían en Cannes y compañía y ya copaban las portadas y los elogios de la cinefilia. El crítico más punzante de Francia quería ser director, puesto que "la mejor forma de hacer crítica es hacer una película", tal y como le escupe a Georges de Beauregard (Bruno Dreyfürst) tras encontrárselo en una fiesta y diagnosticar que su producción El desfiladero del diablo "apesta".