Muchos de quienes en estas fechas navideñas han atravesado la península para juntarse con sus padres, madres, hermanas o hermanos se sentirán profundamente apelados por el último trabajo de Jim Jarmusch, Father, Mother, Sister, Brother, flamante ganador del León de Oro en el último Festival de Venecia y una pasarela de los rostros más habituales del cine del director más rockabilly (Adam Driver, Tom Waits, Cate Blanchett) y de otros menos habituales (Charlotte Rampling, Vicky Krieps, Mayim Bialik, Indya Moore, Luka Sabbat). Cualquiera que se haya acompañado del tic tac del reloj, pesado y presente, en medio de una habitación repleta de desconocidos consanguíneos, encomendándose a la palabrería neutra y meteorológica para salir del paso entenderá a los personajes protagonistas de este filme capitular en el que Jarmusch amalgama drama y comedia, ternura y extrañeza y, sobre todo, esa mirada rimada y lírica que tiene él del mundo, tan atenta a la belleza de las cosas pequeñas, cotidianas, inmensas, a la magia en lo ordinario.
Inmenso interpreta Tom Waits, con esa voz ronca que dan la noche y los tugurios, a un padre al que sus hijos (Driver y Bialik) no suelen visitar. Elegante e inquisitiva es Charlotte Rampling, esa madre perfeccionista, escritora de éxito, que convida a té y pastas a sus dos hijas (Blanchett y Krieps), quienes parecen nacidas de úteros dispares de tan dispares que son. Al contrario que los dos hermanos protagonistas de la última sección del film (Moore y Sabbat), cuyas almas parecen conectadas por un mismo cordón umbilical. Jarmusch los junta en diferentes postales, para que hablen, para que callen; qué curioso el silencio, que aparece tanto cuando sobran las palabras y como cuando faltan.
Ya había explorado Jarmusch los relatos antológicos en Mystery Train (1989), Noche en la Tierra (1991) y Coffee and Cigarettes (2003) -que engloba varios cortometrajes anteriores con el mismo título-, y en Father, Mother, Sister, Brother vuelve a seccionar la narración en tres historias independientes cosidas mediante la repetición de elementos -coches, salones de casa, tazas de té, vasos de agua, patinadores callejeros- en distintos escenarios: la nevada y boscosa Nueva Jersey, la Dublín lluviosa y de ladrillo y la París decadente del distrito nueve.
Lukas Sabbat e Indya Moore son Billy y Skye, dos mellizos huérfanos. (Avalon)
Los personajes de Jarmusch hablan, mucho o poco, delante de un café y un cenicero lleno de cigarros o delante de un té con pastas, dentro de un coche o de un taxi durante una noche. La conversación y sus misterios encubiertos -o revelados- por la elección de las palabras son el punto alrededor del cual pivotan muchas de sus historias. ¿No sabía William Carlos Williams del poder de las palabras... y de las rimas?
"Tan lejos, tan cerca", parece pensar Jarmusch cuando propone estas tres piezas alrededor de las relaciones familiares. Cómo un padre puede saber tan poco de sus hijos y cómo dos hijos pueden saber tan poco de su padre, establece en ese primer extracto en el que Tom Waits, ya anciano, jubilado y moderadamente ermitaño, recibe ayuda económica de su hijo mayor, quien sospecha de su situación económica. Más que un reencuentro paternofilial, la visita se asemeja a la de Servicios Sociales, con conversaciones llenas de carraspeos, titubeos e incomodidades. Jarmusch juega a la extrañeza, tanto en los diálogos como en los movimientos de los personajes alrededor de las sillas: no saben lo que hacer para no tener que mirarse a los ojos. Con mucha ironía y mucha mala leche, Jarmusch representa el cambio de roles -y de Rolex-, cuando los hijos se sientan en el puesto de los padres y el padre -en una regresión post-viudem- adopta el papel de díscolo adolescente.
Adam Driver es Jeff, hijo, hermano y exmarido. (Avalon)
Después son las calles de Dublín, la casa señorial y las hermanas que se miran como a través del cristal de un zoo sin saber muy bien quién es la humana y quién el animal. Hermanas que se comparan, que buscan la atención materna, que sonríen con la espalda tensa y que se relajan al ver deslizarse las manecillas del reloj hasta el final de la velada. Lo contrario de esos hermanos que quieren que su abrazo dure eternamente, como solaz ante la muerte paterna y la imposibilidad de llegar a conocer algo más a sus padres, que ahora sólo les pueden contestar desde las fotos del pasado. ¿Quiénes eran? ¿Qué anhelaban, qué les gustaba? ¿Qué faceta suya ocultaron -o simplemente silenciaron- ante ellos?
La cámara de Jarmusch es testigo de esa intimidad, a la altura de los ojos, a diferencia de en los anteriores capítulos, que casi se siente como una presencia vigilante, fría, ajena; como una cámara de seguridad. Hay una sensación de inmediatez, de tiempo acortado pero real, una transparencia carente de efectismo, puesto que la belleza se encuentra en la sencillez de la vista de un paisaje desde una mecedora o el reflejo infinito de una estancia infinita en dos espejos enfrentados. Mientras los personajes intentan leer a sus familias a través de las fotos, nosotros intentamos leer a las nuestras a través de las imágenes en movimiento que propone un Jarmusch que no es el mejor de su filmografía, pero que siempre ofrece un rincón hogareño en el cine. Un retrato tierno y divertido de la familia, esa gente tan extraña.
Muchos de quienes en estas fechas navideñas han atravesado la península para juntarse con sus padres, madres, hermanas o hermanos se sentirán profundamente apelados por el último trabajo de Jim Jarmusch, Father, Mother, Sister, Brother, flamante ganador del León de Oro en el último Festival de Venecia y una pasarela de los rostros más habituales del cine del director más rockabilly (Adam Driver, Tom Waits, Cate Blanchett) y de otros menos habituales (Charlotte Rampling, Vicky Krieps, Mayim Bialik, Indya Moore, Luka Sabbat). Cualquiera que se haya acompañado del tic tac del reloj, pesado y presente, en medio de una habitación repleta de desconocidos consanguíneos, encomendándose a la palabrería neutra y meteorológica para salir del paso entenderá a los personajes protagonistas de este filme capitular en el que Jarmusch amalgama drama y comedia, ternura y extrañeza y, sobre todo, esa mirada rimada y lírica que tiene él del mundo, tan atenta a la belleza de las cosas pequeñas, cotidianas, inmensas, a la magia en lo ordinario.