'Aro Berria': no hay revolución sin revolución sexual
Irati Gorostidi da el salto al largo con la prolongación del corto 'Contadores', sobre la comunidad Arco Iris fundada en Navarra en 1978. 'Aro Berria' llega a cines tras su paso por el Festival de San Sebastián, donde obtuvo una mención especial
Un momento de 'Aro Berria', la ópera prima de Irati Gorostidi. (Elastica)
Por llegar tarde, en España llega tarde todo dios, hasta la revolución. Diez años después de que en Estados Unidos las mujeres empezaran a quemar sujetadores y de que en la Universidad de Nanterre (Francia) las protestas por no poder visitar los dormitorios del sexo opuesto prendieran la mecha del mayo del 68 en toda Europa, la España postfranquista empezaba a acostumbrarse a unas libertades que le habían sido arrebatadas cuarenta años atrás. Es a la juventud de 1978, exploradora y miedosa como un recién nacido que se abre al mundo, adonde nos traslada la cineasta navarra Irati Gorostidi en su ópera prima, Aro Berria, que en castellano se lee como "Nueva Era". Esa nueva era de cambios políticos y sociales también trajo consigo una nueva forma de relacionarse con el cuerpo propio, salidos todos los cuerpos de un esquema punitivo y vergonzoso de represión y desconocimiento. La carne como pecado. La abstinencia de la carne -en el sentido más literal y en el más figurado- como norma. Porque no pudo haber revolución sin revolución sexual.
Tráiler de 'Aro Berria', de Irati Gorostidi
Gorostidi cuenta la Transición desde la transformación de una mujer en concreto, Eme (Maite Mugerza Ronse), perdida en medio de una corriente de otros cuerpos como el suyo. Arranca Aro Berria con las negociaciones del primer convenio del metal en Gipuzkoa, con el tira y afloja entre trabajadores, sindicatos y patronal. Eme es una empleada de la fábrica de contadores de agua de San Sebastián: las jornadas de intenso debate se circunscriben a los temas de la huelga, los parones y las asambleas: ¿hay que apoyar a los sindicatos que luchan por conquistar nuevos derechos laborales o hay que salirse del marco mental y pelear por un nuevo orden?
Maite Muguerza es Eme, una de las protagonistas de 'Aro Berria'. (Elastica)
Las disquisiciones sobre lo inmediato, sobre lo pragmático, desatienden, sin embargo, otras necesidades de un grupo de trabajadores jóvenes que aspiran a que esa (r)evolución afecte a algo más que a su trabajo. Ellos y ellas, entre los que se encuentra Eme, buscan que esa primavera los reforme en aspectos mucho más íntimos. Quieren renovarse en cuerpo y mente. Y para liberarse totalmente, hay que liberarse en cuerpo y alma.
En Aro Berria, que ganó una mención especial en la sección Nuevos Horizontes del Festival de San Sebastián y que compite por el Premio Feroz Arrebato de Ficción, Gorostidi lleva al largometraje la historia real que ya exploró en su cortometraje Contadores (2023), con el que participó en la Semana de la Crítica de Cannes. Es la de la comuna Arco Iris, en Lizaso (Navarra), un proyecto utópico que basó en gran parte en el sexo tántrico su forma de revolución. "El sexo centrado en el coito procede de una tradición religiosa", concluye una de las jóvenes que participan, junto a Eme, en la lucha obrera. No sólo hablan de hacer huelga y elaborar pasquines, sino también de contracepción, de la sumisión médica de la mujer en la anticoncepción y de cómo la alternativa que les ofrecen a pastillas y procedimientos médicos varios para "evitar que los cuerpos queden embarazados" es muchas veces la abstinencia total. Qué poco se distingue aquello de la forma más reaccionaria y tradicional de relacionarse con el sexo, piensan. Y aquello también debe cambiar.
La película se ambienta en mayo del 78. (Elastica)
Rodada en castellano y en euskera, Aro Berria se inspira en las vivencias de los padres de Gorostidi a su paso por la comuna, un proyecto insólito en la España de 1978. Cansados de una revolución obrera encallada en la dialéctica, entraron a formar parte de un grupo que buscó la transformación a través de los bailes grupales, la terapia y el autoconocimiento. Gorostidi rueda los cuerpos moviéndose al unísono, las carnes trémulas, las catarsis. Su aproximación es inmersiva y visceral, llena de energía. Su mirada es hacia el conjunto, hacia las dinámicas, pero también hacia los anhelos de cambio de cada uno de los individuos, con pequeñas pinceladas en las que caben todas las dudas.
Algunos personajes hablan de la crianza colectiva. Otros hablan del pudor. La conversación bascula continuamente entre las necesidades individuales y colectivas. Y en medio de todo, Eme, observando callada y con los ojos muy abiertos, los del espectador. La cara de Mugerza es poderosa, pero más lo es su mirada, entre desconcertada, escéptica y deseante. Gorostidi se recrea en "las dinámicas" de grupo, jugando a veces con la impaciencia del espectador. Pero la cámara resiste dentro de esa carpa circense roja donde tienen lugar la mayor parte de las transformaciones, como si fuese el útero materno, un útero común.
Los trabajadores organizan una huega por la firma del primer convenio del metal postfranquista. (Elastica)
Los colores azulados y apagados de la fábrica y sus uniformes contrastan con la vivacidad del entorno natural donde ha crecido la comuna, como un elemento más del bosque. Rodada en anamórfico en 16 milímetros, la bellísima fotografía de Ion de Sosa -quien también estrena como director este fin de semana Balearic- consigue los colores y texturas para sumergirnos en esos finales de los setenta de una manera orgánica, muy lejos del acartonamiento del cine de época. Preciosos son esos rojos exaltados y voluptuosos y esas pieles tostadas y vivaces. Porque la experiencia de Aro Berría es, sobre todo, sensorial, gracias a los espacios fragmentados, a los gritos acompasados, a la música de Narcoleptica (Beatriz Vaca) que lleva al espectador al trance. Una película que demuestra que también hemos entrado en una Nueva Era, pero del cine español.
Por llegar tarde, en España llega tarde todo dios, hasta la revolución. Diez años después de que en Estados Unidos las mujeres empezaran a quemar sujetadores y de que en la Universidad de Nanterre (Francia) las protestas por no poder visitar los dormitorios del sexo opuesto prendieran la mecha del mayo del 68 en toda Europa, la España postfranquista empezaba a acostumbrarse a unas libertades que le habían sido arrebatadas cuarenta años atrás. Es a la juventud de 1978, exploradora y miedosa como un recién nacido que se abre al mundo, adonde nos traslada la cineasta navarra Irati Gorostidi en su ópera prima, Aro Berria, que en castellano se lee como "Nueva Era". Esa nueva era de cambios políticos y sociales también trajo consigo una nueva forma de relacionarse con el cuerpo propio, salidos todos los cuerpos de un esquema punitivo y vergonzoso de represión y desconocimiento. La carne como pecado. La abstinencia de la carne -en el sentido más literal y en el más figurado- como norma. Porque no pudo haber revolución sin revolución sexual.