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'Ciudad sin sueño': realismo mágico en la Cañada Real
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'Ciudad sin sueño': realismo mágico en la Cañada Real

Guillermo Galoe consigue dar color y poesía a la rudimentaria vida en las chabolas

Foto: Fotograma de 'Ciudad sin sueño'.
Fotograma de 'Ciudad sin sueño'.

Fue muy acertado el trailer que se distribuyó de Ciudad sin sueño, la película que ha dirigido Guillermo Galoe sobre la Cañada Real. En sólo minuto y medio, dejaba claro que lo suyo no era cine social recitativo, denuncia explícita o simplonería ideológica, sino que se pretendía un mayor vuelo artístico, lindante con lo surreal y fabuloso. Con todo, parece que mucha gente ha leído la película a la baja, conmiserativamente, como si de un testimonio sobre la falta de luz eléctrica se tratara.

La Cañada Real es un poblado “informal” (ilegal) a las afueras de Madrid sobre el que pesa la leyenda y el estigma. Mucha droga, mucha pobreza. Ir a comprar droga a la Cañada es la aventura de tu vida, como muestra el hecho de que tanta gente tenga que contarlo o hacer libros con ello. También muchos periodistas se asoman por el poblado, normalmente para hacer ese periodismo estacional contra la maléfica Ayuso que funciona tan bien en Navidades. Pocos se acercan a este peligroso asentamiento sin el concurso de su propia adicción.

Ciudad sin sueño, sin embargo, entra en la Cañada Real buscándole el alma, un sentido, cierto folclore y cierta magia. Quizá por la producción francesa, la imagen es muy distinta de la que observamos en el cine español convencional, donde todo parece televisión con algo más de dinero. Hay en la filmación de la película una sensualidad muy seductora, sobre todo teniendo en cuenta que filmamos descampados, casas en ruinas, coches quemados, campo seco madrileño y personas que usan cada día la misma ropa.

La pauta mágica de la cinta la encontramos en las primeras imágenes. Dos gitanos adolescentes se graban con el móvil, y juegan con los filtros y nos muestran cielos verdes, hierba roja, sus propias caras con colores extraordinarios. Esto nos lleva de la mano hacia una especie de tribalidad muy asentada, y donde creíamos que sólo había miseria y delito, encontramos toda una cultura, casi primitiva. El director no nos dice: “Miren qué pobreza”, sino: “Miren qué riqueza”.

La película se acerca a un modo de vivir, y no a una marginalidad intolerable

Así, hay leyendas, los “mengues”, hombres sin cara que te devoran, según se cuentan unos niños a otros; y se sueña con ciudades de oro, con pájaros de colores cubriendo el cielo y ríos de leche, café y vino. El patriarca es una especie de demiurgo, y la matriarca, una suerte de oráculo. Tiene en su casa estabulados decenas de animales fabulosos.

Todo esto es como les digo, a lo largo del filme entero, por eso es tontería muy gorda reducir la cinta a que en la Cañada Real no hay luz eléctrica. Es un asunto que ni siquiera se nombra en la película, si va la luz o no. Narrativamente, tenemos ecos del neorrealismo italiano, en el trabajo de actores no profesionales que se dan vida a sí mismos, y en la trama levísima. No es una bicicleta la que guía la historia, sino una galga que cambia de manos por asuntos más o menos oscuros, y que el protagonista, de quince años, quiere recuperar.

La película diríamos que se acerca a un modo de vivir, y no a una marginalidad intolerable. La vida salvaje tiene sus ventajas (una que me gusta: no pagar impuestos; otra: el campo), y el patriarca no entiende que su prole quiera irse a vivir a Madrid capital, a un piso de realojo que les han ofrecido. En este episodio es en el único en que Galoe filtra baratura ideológica, pues alguien teme meterse en estos pisos si luego acaban “en manos de los buitres”. El cine no está para decir lo que se puede decir con un tuit.

Todo lo demás es brillante, verdadero, purísimo. La película se ofrece con subtítulos porque los gitanos hablan con sus palabras alucinantes, “llamisela”, “malmurar”, que dan a todo el filme un barniz de retórica legendaria. El resultado, si a algo debemos compararlo, es al pueblo de interior, vuelto mito, de Juan Rulfo en Pedro Páramo. La realidad, tomada así sin más, no dice apenas nada, salvo periodismo; precisamente hacemos arte para buscarle el color y la poesía a las cosas, la médula espinal.

Ciudad sin sueño propone unos trávelin preciosos sobre la noche con hogueras, y ahí asoma el tráfico de drogas, que se escucha de fondo, un gramo de esto, un kilo de lo otro. El final de la película es muy francés, con un largo plano sostenido, absurdo para el gran público, pero que va ganando peso según pasan los segundos (dura minutos), hasta ser, de nuevo, un gran acierto, música incluida.

Fue muy acertado el trailer que se distribuyó de Ciudad sin sueño, la película que ha dirigido Guillermo Galoe sobre la Cañada Real. En sólo minuto y medio, dejaba claro que lo suyo no era cine social recitativo, denuncia explícita o simplonería ideológica, sino que se pretendía un mayor vuelo artístico, lindante con lo surreal y fabuloso. Con todo, parece que mucha gente ha leído la película a la baja, conmiserativamente, como si de un testimonio sobre la falta de luz eléctrica se tratara.

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