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'The Running Man': correr para sobrevivir a la televisión
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'The Running Man': correr para sobrevivir a la televisión

Edgar Wright ('Zombies Party', 'Baby Driver') adapta la novela homónima de Stephen King, una distopía frenética en la que un hombre se apunta a un concurso donde deberá sobrevivir a un grupo de cazadores para ganar el premio gordo

Foto: Glen Powell es el ciudadano Ben Richards contra el sistema. (Paramount)
Glen Powell es el ciudadano Ben Richards contra el sistema. (Paramount)

En un mundo distópico, un hombre corre para salvar su vida. Así de simple es la premisa sobre la que se construye The Running Man, la última película de Edgar Wright (Zombies Party, Bienvenidos al fin del mundo, Baby Driver, entre otras), basada en la novela homónima de Stephen King, que ya tuvo una adaptación (Perseguido, en España) en 1987 con Arnold Schwarzenegger y María Conchita Alonso como protagonistas. La novela de King imaginaba, precisamente, un Estados Unidos en 2025 arrasado por la desigualdad, la violencia y los reality shows, en una imagen todavía hipertrofiada pero factible de la realidad estadounidense hoy. En ella, Ben Richards, ciudadano del barrio empobrecido de Co-Op City, no puede encontrar trabajo porque su empresa lo ha apuntado en una lista negra por haber participado en la lucha sindical. Sin dinero, no puede comprar las medicinas que necesita su hija enferma, así que se apunta al reality show más extremo de la televisión, The Running Man, donde el concursante que sobreviva a un grupo de cazadores recibirá una cuantiosa suma de dinero. Para Richards, ese todo (el premio) o nada (la muerte) es la única grieta en el sistema por la que colarse y darle a su familia una vida digna.

Ahora, en el 2025 real, todavía no hemos llegado a ese punto. El reality show más extremo que emite la televisión coloca a un grupo de jóvenes en una isla a que desplieguen todo tipo de actitudes tóxicas con sus parejas y tengan sexo televisado con otra gente. Acabamos de enterarnos que, durante la guerra de los Balcanes, multimillonarios europeos viajaban a Sarajevo para "cazar" civiles indefensos: el precio de los niños era más alto. En Estados Unidos, Donald Trump dejará sin cobertura médica asequible a alrededor de 17 millones de ciudadanos gracias a su "big beautiful bill". Pero todavía no hemos llegado a los espectáculos de gladiadores en directo.

En The Running Man, Wright ha cambiado al actor austríaco por el texano Glen Powell (Hit Man. Asesino por casualidad, Twisters), un actor cuya imagen, a diferencia de la de Schwarzenegger, representa el equilibrio perfecto entre músculos y vulnerabilidad. Lo hemos visto en comedias románticas (Cualquiera menos tú, 2023) y en dramas históricos edulcorados (La sociedad literaria y el pastel de patata, 2018) y no tiene miedo de abrazar su faceta más bobalicona (la serie Chad Powers: mariscal de campo, 2025). No es poco lo que les gusta disfrazarse a los personajes de Powell y al Powell mismo: en The Running Man tampoco escatima en bigotes postizos, pelucas y uniformes de todo gramaje.

placeholder The Running Man, un programa para las masas. (Paramount)
The Running Man, un programa para las masas. (Paramount)

La distopía en la que nos sumerge The Running Man mezcla la atmósfera opresiva de una sociedad totalmente alienada, violenta y desigual con la sátira marca de la casa Wright, siempre gamberra y con un punto iconoclasta. El director combina la estética arrabalera inspirada en la ciudad amurallada de Kowloon, la antigua población-colmena hongkonesa que ha servido como modelo urbanístico de los futuribles más pesadillescos, con la estética mediasetera encarnada en el gran villano catódico Dan Killian, interpretado por un Josh Brolin bronceado, con gomina, traje italiano y carillas, perfecto cliché de directivo de plataforma angelino. El villano no representa al torturador abiertamente maligno, sino al psicópata mangoneador que hace el mal con la sonrisa puesta. Y es que, en otro guiño-puñalada pop, Wright ha utilizado una enorme ene roja como logotipo de la maligna corporación mediática dueña del formato The Running Man sospechosamente parecida a la de la plataforma audiovisual más popular de los últimos tiempos.

Al ser Edgar Wright británico, se ha permitido mirar a la sociedad estadounidense desde la distancia crítica y cierta altanería metropolitana. La película presenta un Estado autoritario de hipervigilancia e intolerante a la disidencia. Eso sí, la empresa privada omnímoda por encima del Estado que permite guetos donde sus ciudadanos deben doblar y triplicar turnos de trabajo para poder infravivir, mientras una élite atrincherada en barrios cercados disfruta de sus privilegios de espaldas a las necesidades del resto, a los que ven como vagos, maleantes y disfrutones "de las paguitas" (sic) gracias a la connivencia del aparato mediático y manipulador. Ya desde Metrópolis (1927), el cine viene avisando de la segregación casi feudal de trabajadores y dueños (3%, la serie brasileña de 2016), y también de la competición por la supervivencia y para el entretenimiento de la masa (El precio del peligro, 1987; Gamer, 2009; Alice in Borderland, desde 2020; y, a su manera, El juego del calamar).

placeholder Otro momento de 'The Running Man'. (Paramount)
Otro momento de 'The Running Man'. (Paramount)

Ése es el contexto en el que Wright propone una película de acción frenética en la que Ben Richards, un hombre íntegro, siempre dispuesto a ayudar a pesar de que el sistema premia el individualismo, y padre de familia modélico (Jayme Lawson es Sheila Richards, su mujer, y Alyssa y Sienna Benn son Cathy, su hija), debe poner en funcionamiento todo su ingenio, su fuerza bruta y sus contactos en los bajos fondos para poder dar esquinazo a los cazadores que lo buscan para matarlo, con todas las tecnologías de vigilancia al servicio del canal de televisión. Por un lado, los paramilitares uniformados como soldados oficiales; por el otro, una ciudad de neones que recuerda a dicho Hong Kong de casinos y desfase. Porque los concursantes se mueven entre la inconsciencia y el hedonismo suicida.

Aunque haya varios villanos visibles (el grupo de cazadores, el cazador jefe, el directivo televisivo), también es enemiga la masa que se entretiene con el sufrimiento de los demás y que se deja dirigir por informaciones manipuladas y sesgadas que inciden en los prejuicios y demonizan a los participantes. Lástima haber perdido la oportunidad de señalar al espectador sádico que disfruta con el sufrimiento ajeno porque, lamentablemente, existe. También presenta la colaboración ciudadana y los movimientos underground como única salvación frente al aparato. Y hasta en los barrios más humildes, la empatía y el compañerismo se olvidan frente al vil metal.

placeholder Jayme Law es Sheila Richards, camarera de turno múltiple. (Paramount)
Jayme Law es Sheila Richards, camarera de turno múltiple. (Paramount)

Siempre a ritmo de una banda sonora impecable (Iggy Pop, Miles Davis, Tom Jones, Sly and The Family Stone), The Running Man presenta una puesta en escena punky y desatada, llena de giros y trampas imposibles, que decae cuando siente la necesidad de ponerse excesivamente discursiva. Su gamberrismo y la caricatura de sus personajes también desactiva en cierta manera su lectura política y su correlación con la realidad contemporánea, quedándose en un divertimento más inane de lo que plantea la premisa, pero con un sustrato mucho más crítico que el 90% de las superproducciones que ocupan habitualmente las pantallas de los multicines.

Por la pantalla pasan personajes que viven en pasadizos subterráneos, escondidos de los gobernantes, como William H. Macy, o un estupendo Michael Cera encarnando a un revolucionario comunista hijo de Policía represaliado. Con póster del Che Guevara incluido. ¡Anatema en el país del dólar!

placeholder Michael Cera es Elton Perrakis, un comunista en Estados Unidos. (Paramount)
Michael Cera es Elton Perrakis, un comunista en Estados Unidos. (Paramount)

La película también recurre a una conciencia metacinematográfica de fanzines en forma de vídeo como herramientas subversivas y disidentes del discurso oficial y que también se utilizan para poner el broche narrativo en una película que confía al 100% en el carisma y el físico de Powell como posible heredero de superestrellas del cine de acción al estilo Tom Cruise. Es la masculinidad del tipo afable, discreto y divertido, el vecino de al lado, que ha hecho su carrera comiendo muchos años de personajes cuyo nombre es profesión-almohadilla-número (vendedor #1, en El caballero oscuro, 2012), y que representa ese otro Estados Unidos al que todavía poder admirar.

En un mundo distópico, un hombre corre para salvar su vida. Así de simple es la premisa sobre la que se construye The Running Man, la última película de Edgar Wright (Zombies Party, Bienvenidos al fin del mundo, Baby Driver, entre otras), basada en la novela homónima de Stephen King, que ya tuvo una adaptación (Perseguido, en España) en 1987 con Arnold Schwarzenegger y María Conchita Alonso como protagonistas. La novela de King imaginaba, precisamente, un Estados Unidos en 2025 arrasado por la desigualdad, la violencia y los reality shows, en una imagen todavía hipertrofiada pero factible de la realidad estadounidense hoy. En ella, Ben Richards, ciudadano del barrio empobrecido de Co-Op City, no puede encontrar trabajo porque su empresa lo ha apuntado en una lista negra por haber participado en la lucha sindical. Sin dinero, no puede comprar las medicinas que necesita su hija enferma, así que se apunta al reality show más extremo de la televisión, The Running Man, donde el concursante que sobreviva a un grupo de cazadores recibirá una cuantiosa suma de dinero. Para Richards, ese todo (el premio) o nada (la muerte) es la única grieta en el sistema por la que colarse y darle a su familia una vida digna.

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