'Die My Love': ¿y si la maternidad destruye a la mujer... y a la familia?
Lynne Ramsay adapta la novela de la escritora argentina Ariana Harwicz en un regreso tan esperado como frustrante de la mano de Jennifer Lawrence y Robert Pattinson
En 2012 la editorial Lengua de Trapo publicó en España la primera novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, Mátate, amor, un debut visceral y colérico sobre la maternidad, la soledad y la alienación que arranca con un empujón como éste: "Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular. Detrás, en el decorado de una casa entre decadente y familiar, podía sentir las voces de mi hijo y mi marido. Los dos en cueros. Los dos chapoteando en la pileta de plástico azul, con el agua a treinta y cinco grados. Era un domingo víspera de día feriado". Inspirada e incendiada por la experiencia del primer postparto, Harwicz se tomaba como materia prima -como la protagonista, ella también vive en una casa en medio de la Francia rural- para imaginar la vida y la mente de una mujer en plena demolición tras abandonarse -y, en cierta forma, ser abandonada- exclusivamente al papel de madre.
Más de una década después, la cineasta escocesa Lynne Ramsay se ha llevado a su terreno la novela de Harwicz en su esperado regreso ocho años después de su anterior largometraje, En realidad nunca estuviste aquí (2018), con el que también compitió por la Palma de Oro en Cannes. Precisamente, durante la producción del thriller protagonizado por Joaquin Phoenix, Ramsay acababa de ser madre. La maternidad no es un tema ajeno a la filmografía de Ramsay; la adaptación en 2011 de la novela de Lionel Shriver Tenemos que hablar de Kevin, se centró en la culpa de una mujer (Tilda Swinton) que nunca sintió instinto apego e instinto maternal hacia su hijo (Ezra Miller) y que se culpa por ello de que éste se convirtiese en un asesino en masa. Ramsay, con su uña afilada y terca, horada en la psicología de unos personajes torturados por la ambigüedad de sus pensamientos y emociones, muchas veces asociales y rayando lo patológico, pero humanos, al fin y al cabo. Ese pensamiento fugaz e inmoral que jamás confesaremos lo hemos tenido todos, y quien diga que no, miente, que también es pecado. Sin duda, el material novelístico de Harwicz era masa madre indudable para una película de Ramsay.
Si ya Joaquin Phoenix le había dado el impulso a Ramsay para competir en una liga algo más abierta que la de sus primeras películas, que Jennifer Lawrence -oscarizada, portadizable y cara visible de franquicias multimillonarias- y Robert Pattinson -su equivalente masculino, aunque sin estatuilla- se sumasen al proyecto ha sacado a Ramsay del nicho y la ha elevado a la difícil categoría de cine de autor popular, aspirante a los multicines. Los actores -quizás- más representativos de su generación interpretan a Grace y Jackson, una pareja joven y apasionada que se muda a un granero destartalado con la idea de formar una familia lejos del ruido de la ciudad. Un plan para un futuro idílico que se acabará resquebrajando. Ramsay se ha llevado el paisaje geográfico y emocional a las estepas de Montana, al gótico americano, como bien anticipó esa portada de la edición española de la novela, que utilizó la pintura de Christina's World, de Andrew Wyeth, que retrata a una mujer con discapacidad arrastrándose por el campo en dirección a un cobertizo.
Y es que es como una discapacitada como se siente Grace, la protagonista de Die My Love, en su nueva realidad, como si le hubiesen mutilado una parte de sí misma. Die My Love -han decidido no traducir el título traducido anteriormente del castellano- arranca con un juego de seducción animal entre los dos protagonistas, una pareja poco convencional más cercana al amour fou, que se nos presentan imitando a un león y a una leona acechándose mutuamente, como en un ritual sexual. Son una pareja compenetrada en su sexo y en sus rarezas, un tal para cual que quieren sublimar su amor en un bebé que complete la familia. Pero la llegada de ese bebé será la dinamita que les haga saltar por los aires. La propuesta visual de Ramsay es apabullante: la fotografía de Seamous McGarvey acompaña el colapso de esa fantasía que ha imaginado la pareja alejándose del realismo y abrazando el subjetivismo y el expresionismo de la imagen, pero sin caer en el surrealismo.
Die My Love encuentra ciertas concomitancias con ¡Madre! (2017), de Darren Aronofsky, más allá de que en la pantalla coincidan la maternidad, Jennifer Lawrence, y un caserón de madera que se cae a pedazos. Pero, a diferencia de la película de Aronofsky, que consigue trasladar esa quiebra de la razón interior en una de las secuencias más angustiosas que ha dado una cocina de cine, Die My Love no traslada la psicosis a imagen, se mantiene siempre en el plano de lo posible: la realidad exterior no se disloca al mismo nivel que la quiebra interior de Grace.
Porque Grace es una mujer encerrada en pleno campo abierto. Grace y Jackson se perciben desde el principio como una pareja liberal, llegada de un entorno urbano y muy probablemente nocturno, por la relación con el alcohol que ambos muestran: ella tiene la idea de escribir una novela en los ratos que el bebé recién nacido duerma -es decir, ninguno-; él es músico y debe dejar a Grace sola en el caserón mientras se marcha de gira. En la guantera de la furgoneta, un paquete de preservativos sospechoso. Grace se convierte exclusivamente en madre. Grace no parece tener más lazos que los de la familia de Jackson, que son los dueños del granero en el que viven, que aunque han intentado convertir en un hogar sigue teniendo algo decadente. La madre de él, Pam (Sissy Spacek) cuida de su marido (Nick Nolte), enfermo de demencia. Grace pasa mucho tiempo sola, enredándose con sus propios pensamientos, con la frustración, con los celos, con la insatisfacción, con los miedos... y con la enfermedad mental.
Sin embargo hay algo que no funciona en los personajes, que no genera empatía, que desvincula del espectador. Quizás lo estrafalario de los protagonistas desde el punto de partida, que difumina el terreno entre la depresión postparto o la alienación y el trastorno esquizofrénico. Aunque quizás Ramsay simplemente mostrase una pareja sexual, provocadora, juguetona, la interpretación de Lawrence coloca a Grace desde el principio en el casillero de la enfermedad mental con un personaje histriónico y al límite. Sin esa dosificación, Die My Love se convierte en una experiencia ciertamente exasperante, con una mirada confusa sobre unos personajes y unos actores que parecen perdidos en su propia maraña de emociones. La extrañeza se siente artificial, desbarrada, y al cabo de un tiempo es difícil mantener una mínima conexión con ninguno de los personajes, salvo con la abnegada Pam.
Y es tal el enredón en el que se mete Die My Love que no le queda sino que inmolarse en un desenlace fácil, un recurso que es como preferir prenderle fuego a la casa entera antes que recogerla. Y aun así, a pesar de contar con una actriz-productora que parece más preocupada por su regreso a lista de nominables que por la lucha interior de su propio personaje, a pesar de que la película no llega ni la mitad de profundo que llegó la novela, a pesar de todos los pesares, un destello de la genialidad de Ramsay es siempre tan refrescante como el rocío de la mañana en medio de un paisaje -hollywoodiense- mayormente calcinado.
En 2012 la editorial Lengua de Trapo publicó en España la primera novela de la escritora argentina Ariana Harwicz, Mátate, amor, un debut visceral y colérico sobre la maternidad, la soledad y la alienación que arranca con un empujón como éste: "Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular. Detrás, en el decorado de una casa entre decadente y familiar, podía sentir las voces de mi hijo y mi marido. Los dos en cueros. Los dos chapoteando en la pileta de plástico azul, con el agua a treinta y cinco grados. Era un domingo víspera de día feriado". Inspirada e incendiada por la experiencia del primer postparto, Harwicz se tomaba como materia prima -como la protagonista, ella también vive en una casa en medio de la Francia rural- para imaginar la vida y la mente de una mujer en plena demolición tras abandonarse -y, en cierta forma, ser abandonada- exclusivamente al papel de madre.