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'Frankenstein' llega a Netflix: ¿quién es el verdadero monstruo?
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ESTRENO DE LA SEMANA

'Frankenstein' llega a Netflix: ¿quién es el verdadero monstruo?

Guillermo del Toro lleva a su terreno la creación de Mary Shelley como una fantasía steampunk sobre la humanidad, el amor y la soledad

Foto: Mia Goth, Oscar Isaac y un cadáver en un momento de 'Frankenstein'. (Netflix)
Mia Goth, Oscar Isaac y un cadáver en un momento de 'Frankenstein'. (Netflix)

En momentos de inestabilidad y desconcierto el ser humano busca solaz en la estabilidad de las figuras paternas, de los mitos. No es de extrañar que en los últimos pocos años se hayan sucedido los Dráculas -este 21 de noviembre se estrena en España el de Luc Besson-, los Nosferatu y ahora le toca el turno a Frankenstein a cargo de Guillermo del Toro. ¿Qué nos pueden enseñar los monstruos del romanticismo del momento que vivimos ahora? ¿Qué representan esos monstruos respecto a las amenazas a las que nos enfrentamos hoy? Es comprensible que Del Toro haya perseguido toda su carrera adaptar al cine el moderno Prometeo; todas sus películas, atravesadas por esa identificación visceral con el diferente, hacia el marginado, no podían sino desembocar en esta reinterpretación de Frankenstein, el monstruo existencialista más incomprendido de todos, el monstruo de corazón doliente que tan sólo busca empatía y amor, y que se ve subyugado por una sociedad que lo condena por raro, por feo, por puro. Porque la sociedad percibe la pureza como debilidad.

La empatía -la conexión- se produce como una descarga eléctrica a través de la mirada; la esclerótica blanca de los perros es la parte que los humaniza y que nos hace percibir sus emociones. La mirada es también el punto de vista y Del Toro ha querido vertebrar en dos su Frankenstein para meternos en los zapatos del monstruo y que, de cerca, ya no nos parezca tal. Su Frankenstein comienza con el relato de Víctor, el creador, y termina con el contrarrelato de la criatura en una fantasía steampunk que deviene en un paisaje gótico y emotivo, la pura esencia de Shelley. Ni Del Toro ni su película se avergüenzan de su sensibilidad, es decir, de lo que nos hace humanos, y le da otra vuelta de tuerca al icono del terror gótico, humanizándolo más que nunca. El mexicano se permite incluso un momento Disney, con la criatura adoptando ratones de mascota al más puro estilo Cenicienta.

Del Toro condensa en su Frankenstein todas -o casi todas- las obsesiones de su filmografía: los gabinetes de curiosidades, los cachivaches científicos, el gore estilizado, las escenografías barrocas, el gusto por las antigüedades y el melodramatismo oscuro y candoroso que comparte con su compadre Tim Burton. Los escenarios suntuosos se resienten, sin embargo, con un exceso de imágenes generadas por ordenador que deslucen el trabajo espectacular de vestuario y arte, postales Memento Mori en movimiento, una reflexión más introspectiva que terrorífica sobre la muerte, el amor, la soledad y la humanidad.

placeholder Mia Goth y Jacob Elordi son Elizabeth y el monstruo de 'Frankenstein'. (Netflix)
Mia Goth y Jacob Elordi son Elizabeth y el monstruo de 'Frankenstein'. (Netflix)

Otra cosa que pasa en estos últimos tiempos de Instagram es que todos quienes aparezcan en las imágenes han de ser bellos, desde las presentadoras de los telediarios hasta el monstruo. Si en las anteriores criaturas de Frankenstein -de Boris Karloff a Robert De Niro- se exacerbaba su desfiguración, en la visión de Del Toro, la bestia hecha de retales de cadáveres es un adonis de piel tersa y abdominal marcado, un rompecorazones por mucho que se le cobije bajo cicatrices, pelucas y ropas putrefactas de muerto. Jacob Elordi, el gran sex symbol de la generación Z, pone cara y cuerpo a este monstruo de Frankenstein atlético y reflexivo.

Foto: guillermo-del-toro-deslumbra-en-venecia-con-su-apabullante-frankesntein

Aunque la novela de Shelley se publicó en 1818, Del Toro se toma también la licencia de trasladar la acción a 1857, en plena época victoriana, tras el final de la Guerra de Crimea, un conflicto tremendamente cruento que, por otro lado, asistió al nacimiento de la medicina moderna y la fotografía de guerra: el colodión húmedo se convirtió en la técnica predominante. Un momento en el que, tras la Primera Revolución Industrial, el racionalismo y la investigación científica buscaban imponerse al empirismo en una batalla no menos cruenta. Y arrancamos entre los hielos del Polo Norte, en el barco de una expedición danesa que ha quedado encallada, en el limbo entre la vida y la muerte.

placeholder Oscar Isaac es Víctor Frankenstein. (Netflix)
Oscar Isaac es Víctor Frankenstein. (Netflix)

Este ambiente le sirve al director mexicano para emplazar a su Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) en un ambiente de pugna constante entre la razón y el corazón: "Ni el espíritu tiene tejido ni los músculos tienen sentimientos", recuerda su padre, un cirujano distante y malencarado, al Frankenstein pubescente. Y si Del Toro no escatima en lujosos bodegones, palacios ampulosos y verdes praderas con horizontes montañosos, tampoco escatima en disecciones humanas, espinas dorsales partidas, animales despellejados y mandíbulas arrancadas. También consigue recrear ese Londres pestilente de suelos embarrados y adoquines mugrientos y sangrientos por los que se deslizaban los señores emperifollados de la Royal Academy of Science. Otro escenario más para el contraste de opuestos.

Si Frankenstein no es del todo una película de superhéroes -que podría serlo-, sí está tratada como una película de aventuras, incluso de acción. Podría considerarse como un cómic sobre los orígenes del villano, pero, ¿quién es el villano aquí? Justo en 1856 nació Sigmund Freud, con lo que tendrían que pasar varias décadas hasta que el padre del psicoanálisis pudiera haber explicado, como hace Del Toro, la obsesión de Víctor Frankenstein con la muerte a partir de su complejo de Edipo y la desafección para con su padre. A partir de un hecho luctuoso que marcará su vida, el joven Frankenstein tendrá un sólo objetivo: "conquistar la muerte". En su camino se encuentra con el fabricante de armas Harlander (Christoph Walz), un apasionado de la fotografía, y su sobrina Elizabeth (Mia Goth), a la que acaban de sacar de un convento pero cuyos intereses abarcan vastedades, entre ellas, la entomología. Comparte con Frankenstein la naturaleza curiosa, pero mientras el doctor se percibe como un demiurgo capaz de desafiar a la muerte -y a sus criaturas como animales-, Elizabeth las aprecia como iguales, seres bellos y extraños necesitados de compasión.

placeholder Un irreconocible Lars Mikkelsen como el Capitán Anderson. (Netflix)
Un irreconocible Lars Mikkelsen como el Capitán Anderson. (Netflix)

Y en esta reinterpretación del clásico. Del Toro pone la primera persona en el monstruo es una segunda parte que antepone el camino de autodescubrimiento de la criatura al frenesí sanguinolento de la primera mitad y que consigue el momento álgido de emoción en la escena archiconocida con el anciano ciego, interpretado esta vez por David Bradley y que consigue provocar corazones trémulos y lacrimales rebosantes, a pesar del subrayado musical insistente e innecesario. Tampoco juega a favor una puesta en escena angustiosamente inquieta, que no para de mover la cámara en un vaivén efectista en una película que gana cuando su ampulosidad se circunscribe a las tragedias en vez de a las formas.

El Frankenstein de Del Toro se nota cuenta pendiente y canción de amor, pero también resiente del desgaste -en general, en la industria- de la inercia adaptativa de estos últimos tiempos. Todos quieren hacer su Nosferatu, su Drácula, su vida, su obsesión infantil regresiva, y la sensación es de que ya nos conformamos con las migajas de la enésima reinterpretación, con los destellos de genialidad y originalidad en una historia ya mil veces contada, que nos hace mirar y mirarnos con ojos pasivos y reciclados, como tarareando una música de ascensor.

En momentos de inestabilidad y desconcierto el ser humano busca solaz en la estabilidad de las figuras paternas, de los mitos. No es de extrañar que en los últimos pocos años se hayan sucedido los Dráculas -este 21 de noviembre se estrena en España el de Luc Besson-, los Nosferatu y ahora le toca el turno a Frankenstein a cargo de Guillermo del Toro. ¿Qué nos pueden enseñar los monstruos del romanticismo del momento que vivimos ahora? ¿Qué representan esos monstruos respecto a las amenazas a las que nos enfrentamos hoy? Es comprensible que Del Toro haya perseguido toda su carrera adaptar al cine el moderno Prometeo; todas sus películas, atravesadas por esa identificación visceral con el diferente, hacia el marginado, no podían sino desembocar en esta reinterpretación de Frankenstein, el monstruo existencialista más incomprendido de todos, el monstruo de corazón doliente que tan sólo busca empatía y amor, y que se ve subyugado por una sociedad que lo condena por raro, por feo, por puro. Porque la sociedad percibe la pureza como debilidad.

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