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'Bugonia': Hacia un cine cada vez más enfermizo
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'Bugonia': Hacia un cine cada vez más enfermizo

La nueva propuesta de Yorgos Lanthimos arroja un saldo de absoluta vaciedad

Foto: Jesse Plemons en una escena de 'Bugonia'. (Universal)
Jesse Plemons en una escena de 'Bugonia'. (Universal)

El cine de captores suele funcionar bien. En esencia, la película secuestra al público, lo mete en un espacio cerrado y le obliga a ver una obra de teatro. Los actores se reparten los papeles de secuestrado y secuestrador, y no suele haber mucho más, salvo cadenas o cerrojos y platos de comida y alguien que llega y mira por la ventana mientras dentro el captor contiene la respiración. Es una historia vista mil veces, desde la novela El coleccionista (1963), de John Fowles, llevada al cine dos años después por William Wyler, a 10 Cloverfield Lane (2016). Entre medias, destaca Misery (1990), donde el secuestrado es un hombre, o Black snake moan (2006), con tensión interracial añadida. También tiene un largo rato de cautividad Natalie Portman en V de Vendetta (2005).

En Asia, particularmente en Japón, hay un abundante subgénero perverso sobre secuestrar a la chica que te gusta y convencerla de que se enamore de ti. En Corea del Sur, la película Salvar el planeta Tierra (2003) desviaba el motivo hacia las invasiones alienígenas, y Yorgos Lanthimos ha considerado que hacer un remake de esta cinta era lo que le pedía el cuerpo. La ha titulado Bugonia.

Es su tercera película en tres años, nuevamente con Emma Stone, repitiendo con Jesse Plemons, y despertando idénticas expectativas en los cinéfilos: otra vez este señor de Grecia con sus cosas.

No soy fan de que un actor protagonice todas las películas de un director (como DiCaprio con Scorsese), porque su cine acaba pareciendo un servicio de comida rápida, donde siempre ofrecen lo mismo y el personaje se confunde o solapa con el anterior personaje interpretado por el mismo actor en la anterior película del mismo director. Yorgos adora a Emma y le da trabajo cada año, algo que tiene a su vez un punto de perversión.

Yorgos adora a Emma y le da trabajo cada año, algo que tiene a su vez un punto de perversión

En Bugonia, se aborda con cariño la figura del conspiranoico. Dos pobres desgraciados viven juntos y preparan la defensa de la Humanidad contra la invasión alienígena, que ya se ha producido y sólo ellos han notado. Debajo de la cara de mucha gente se esconde un extraterrestre, y poco a poco han ido ocupando espacios de poder y determinando nuestra extinción. En la película no se llaman reptilianos sin andromedanos.

Plemons y Aidan Delbis deciden secuestrar a Emma Stone, mandamás de una empresa de biotecnología y alienígena en sus horas libres. La meten en el sótano de su casa y la torturan para que revele sus planes maléficos, que se consumarán cuando se produzca un eclipse, cuatro días después. Rapan la cabeza de la CEO para que no se comunique con sus jefes, pues creen que el cabello extraterrestre tiene cualidades radiotransmisoras. También la obligan a untarse todo el cuerpo con una crema, esto no recuerdo muy bien por qué.

La película es impecable, pero poco a poco va filtrándose un sentir que nuevamente (como en Sirat) me permito calificar de enfermizo. En los 90, también se hacían películas incómodas, viscerales, moralmente ambiguas, pero había como un pilar humanista alrededor del cual giraba todo. Ahora nos recreamos en ser desechos morales, coqueteamos con que cualquier idea por estúpida que parezca valga lo mismo que la verdad ilustrada y exhibimos con orgullo nuestra debilidad y decadencia. Al final de Bugonia, no hay nada. Un ejercicio de sadismo autocomplaciente. Unas risas echadas junto a la piscina de la mansión.

La película me tiene en su contra desde que, en el primer tercio, un policía saluda al personaje interpretado por Jesse Plemons y entendemos que le violaba de niño, pero que ahora “ha cambiado”, según sus propias palabras. El modo en el que está planteada esta escena, con intención de que nos haga gracia, me repugna. Toda la película despide desde ese momento una inacabable sensación de repugnancia.

Toda la película despide desde ese momento una inacabable sensación de repugnancia

Jesse Plemons construye su personaje como una copia muy lograda de Kurt Cobain, es decir, con estética grunge (ruralismo chic, diríamos). Su compañero de conspiraciones recalienta el cliché del gordito idiota (desde el “recluta patoso” de La chaqueta metálica al Hugo de Lost). Emma Stone parece pedir un Oscar por haberse dejado rapar el pelo, y su personaje ejecutivo es completamente indistinguible de todos los personajes ejecutivos femeninos filmados en el siglo XXI. Además, se recupera o resucita a Alicia Silverstone. La música de Jerskin Fendrix es absolutamente criminal, compuesta para hacerte daño.

Supongo que es una película que va a gustar mucho a la misma gente que compra los libros porque no puede pronunciar el nombre de sus autores.

El cine de captores suele funcionar bien. En esencia, la película secuestra al público, lo mete en un espacio cerrado y le obliga a ver una obra de teatro. Los actores se reparten los papeles de secuestrado y secuestrador, y no suele haber mucho más, salvo cadenas o cerrojos y platos de comida y alguien que llega y mira por la ventana mientras dentro el captor contiene la respiración. Es una historia vista mil veces, desde la novela El coleccionista (1963), de John Fowles, llevada al cine dos años después por William Wyler, a 10 Cloverfield Lane (2016). Entre medias, destaca Misery (1990), donde el secuestrado es un hombre, o Black snake moan (2006), con tensión interracial añadida. También tiene un largo rato de cautividad Natalie Portman en V de Vendetta (2005).

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