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'La sustancia': déjame mirar cómo bota tu culo joven
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'La sustancia': déjame mirar cómo bota tu culo joven

Ganadora en el Festival de Cannes del premio a Mejor guión, la segunda película de Coralie Fargeat apunta a la explotación que hace el mundo del entretenimiento del cuerpo de las mujeres

Foto: Margaret Qualley es Sue, la nueva chica de moda en 'La Sustancia'. (Elastica)
Margaret Qualley es Sue, la nueva chica de moda en 'La Sustancia'. (Elastica)

El pasado mayo volví del Festival de Cannes con una amarga reflexión. Si el cine es el mejor termómetro del momento, en su catedral seleccionaron tres títulos en Sección Oficial que establecen que hoy, cuando el ascensor social se ha averiado, la única forma de que una mujer mejore su nivel de vida es a través de la mercantilización de su cuerpo. Uno de esos títulos fue la Palma de Oro, Anora, de Sean Baker, el en que una jovencísima stripper -y lo que surja- interpretada por Mickey Madison se agarra al matrimonio exprés con el hijo desnortado de un oligarca ruso para escapar de un presente de explotación y pobreza. Otro era Diamant Brut, de Agathe Riedinger, en el que una adolescente todavía más joven que la anterior que se encomienda a san Tiktok para que, luciendo palmito y grabando vídeos virales, algún directivo televisivo se fije en ella como concursante de reality y la saque del agujero familiar disfuncional en el que vive. Y, por último, La sustancia, de la francesa Coralie Fargeat, en la que una mujer que ha comercializado con su físico como presentadora de un programa televisivo de aerobic ve cómo al envejecer su cadena no duda en desecharla como un pañuelo lleno de mocos. Y es esta última la que se estrena en cines esta semana.

Mucho moco y mucha viscosidad es lo que hay en La sustancia, un film a caballo entre la explotación de un videoclip de Benny Benassi -¿se acuerdan del Satisfaction?- y la sátira mutante y de terror corporal -body horror, vamos- de David Cronenberg. Es es sus compases finales, cuando la película enloquece y pierde cualquier tipo de vergüenza, como un cuñado de boda, donde mejor funciona una película que pretende criticar la cosificación del cuerpo femenino... cosificando el cuerpo femenino. Bastantes líneas se han escrito en los últimos tiempos de reflexión sobre la mirada masculina: es, precisamente, el terror de serie B el género en el que más se ha abusado del cuerpo desnudo de la mujer joven y tersa para primero despertar los deseos sexuales del espectador masculino y para después torturarlo y mutilarlo, como castigo de su poder sexual. En resumen: glóbulos rojos por un tubo.

En Revenge (2017), su primer largometraje como directora, la francesa Coralie Fargeat subvirtió las reglas de este cine con su propuesta de violación y venganza (rape-and-revenge) en una película descarada, gamberra y muy muy sangrienta. La joven amante de un tipo rico lo acompaña a una cacería; la violan, la dan por muerta y ella resurge como ángel exterminador en busca de venganza. El cazador cazado, la presa caníbal. Revenge encumbró a Fargeat como la directora más irreverente del cine hemoglobínico y, siete años después, Cannes seleccionó su segundo largometraje dentro de la competición oficial. La expectación, sobre todo, por ver a Demi Moore de regreso a la primera línea del frente, con un rol que añade otra capa más a la lectura sobre la desechabilidad de la mujer madura en los mass media.

placeholder Demi Moore es Elisabeth Sparkle, una estrella en horas bajas. (Elastica)
Demi Moore es Elisabeth Sparkle, una estrella en horas bajas. (Elastica)

Demi Moore, quien fue novia de América, quien fue una de las primeras y orgullosas cougar del Hollywood del siglo XXI -se casó con Ashton Kutcher, catorce años menos que ella, ¡oh, sacrilegio!-, quien se rapó la cabeza para La teniente O'Neal (1997), quien fue la actriz mejor pagada del mundo gracias a Striptease (1996) y quien ha pasado las dos últimas décadas empalmando papeles en películas que no llegaron a las pantallas españolas, vuelve del exilio con un papel entre la autoparodia y la autocompasión, sobre una mujer, Elisabeth Sparkle, que como a ella han querido jubilar prematuramente. Eso sí, Moore ofrece la interpretación visceral de quien se sabe entre el todo y la nada.

En Hollywood bien gustan de una historia de redención y el año le tocó a Brendan Fraser, expatriado durante años a títulos directos a vídeo, y cuyo retorno con La ballena de Darren Aronofsky le valió el Oscar. Este año son Moore y Pamela Anderson las que han hecho ese mismo camino de penitencia, aunque la primera tiene muchas más posibilidades que la segunda de acabar en el quinteto final de las nominaciones a Mejor actriz principal. Porque Moore ha demostrado una entrega hasta límites humillantes, dispuesta a ofrecer su faceta más horrenda y antiglamurosa, monstruosa como nunca la habíamos visto, reventando el aura de estrella clásica, pionera en la revisión de icono posmoderno para el que la autoflagelación es indispensable. ¿Recuerdan cuando Demi Moore apareció sobre la pasarela de Fendi con un rostro irreconocible y deformado por los rellenos de ácido hialurónico? Pues eso mismo elevado a la enésima potencia.

placeholder Otro momento de 'La sustancia'. (Elastica)
Otro momento de 'La sustancia'. (Elastica)

La sustancia, a grandes rasgos, trata de Elisabeth Sparks, una mujer madura (Demi Moore) que presenta un programa de fitness en la televisión. El directivo de turno (Denis Quaid en una interpretación grotesca), que probablemente es de su misma edad o mayor, decide que Elisabeth está obsoleta y necesita un recambio. Ella, consciente de que se la quieren quitar de encima, recurre a un tratamiento que promete una nueva versión sublimada y joven de sí misma. Y como dicen las abuelas sabias, el remedio es peor que la enfermedad y esconde un reverso adverso que enseñará a la protagonista que, si bien la sociedad es terriblemente cruel con las mujeres maduras, si no hay sororidad, hermana, lo tenemos todas jodido. Como actriz secundaria aparece Margaret Qualley, la nueva -ya no tan nueva; las modas van muy rápido- novia de América, a la que hemos visto en Érase una vez en Hollywood (2021), de Quentin Tarantino, y Kind of Kindness (2023), de Yorgos Lanthimos, y que será la rival de Moore en la pantalla. No abundaremos más en la trama para no desvelar demasiado.

El principal problema de La sustancia es la continua trampa de la propuesta. Pretende subvertir los retratos sexualizantes de las mujeres, pero no los resignifica de ninguna manera. Los encuadres de pechos y culos no adoptan ninguna reinterpretación que no tuvieran los encuadres de pechos y culos antes. No hay revolución ni contestación en la forma de rodar y relacionar los cuerpos por parte de Fargeat. No hay subtexto en las imágenes: lo que ves es lo que hay. Las protagonistas sólo están interesadas en el éxito y la belleza, no hay subterfugio para la empatía, para la contradicción, para la humanidad.

placeholder 'La sustancia' acaba volviéndose loca y convirtiéndose en puro Cronenberg. (Elastica)
'La sustancia' acaba volviéndose loca y convirtiéndose en puro Cronenberg. (Elastica)

El otro gran problema de bulto es el funcionamiento del artefacto narrativo. Es decir, el elemento fantástico a través del cual Elisabeth Sparks decide rejuvenerse. La propuesta de la directora y guionista no tiene mucha lógica. La protagonista no gana nada, a priori, al someterse al tratamiento rejuvenecedor: no es ella la que conseguirá los contratos, no es ella la que disfrutará de las miradas seductoras, no es ella la que ganará nada.

La sustancia, eso sí, es muy representativa de nuestro tiempo, del poder de lo visual frente a lo narrativo, del impacto de lo estético -o antiestético- por encima de la lógica o el discurso. Metralleta de imágenes vacías de significado. Y de ambigüedad. Porque La sustancia, eso sí, es estridente e histérica. Con esa mezcla de colores saturados y pasteles, con esa martilleante -adoro- banda sonora entre el ambient y el electro industrial a cargo de Raffertie que te levanta de la butaca y te empuja a bailar -¿estamos, de pronto, en Fabrik?-, con esos grandes angulares y esos movimientos bruscos y ese ritmo endiablado y ese montaje enajenado y todos los estímulos posibles para sentirte extasiado y alienado, en trance, como en una rave.

Y donde mejor funciona la película es en la aberración, en el asco, en la arcada. La caída en barrena del personaje de Demi Moore, cuando se da cuenta de su tragedia -y de la nuestra-, es celebratoria. Cuanto más se humilla el personaje, más se humilla Moore, más alimentamos nuestra pupila deseosa de imágenes inmundas. Pero donde The Neon Demon de Nicolas Winding Refn -que también habla de la bendición/maldición de la belleza y de la industria del espectáculo- era sugerente y perturbador, lo que estaba oculto para luego revelarse, aquí es pura pirotecnia, puro vacío existencial.

El pasado mayo volví del Festival de Cannes con una amarga reflexión. Si el cine es el mejor termómetro del momento, en su catedral seleccionaron tres títulos en Sección Oficial que establecen que hoy, cuando el ascensor social se ha averiado, la única forma de que una mujer mejore su nivel de vida es a través de la mercantilización de su cuerpo. Uno de esos títulos fue la Palma de Oro, Anora, de Sean Baker, el en que una jovencísima stripper -y lo que surja- interpretada por Mickey Madison se agarra al matrimonio exprés con el hijo desnortado de un oligarca ruso para escapar de un presente de explotación y pobreza. Otro era Diamant Brut, de Agathe Riedinger, en el que una adolescente todavía más joven que la anterior que se encomienda a san Tiktok para que, luciendo palmito y grabando vídeos virales, algún directivo televisivo se fije en ella como concursante de reality y la saque del agujero familiar disfuncional en el que vive. Y, por último, La sustancia, de la francesa Coralie Fargeat, en la que una mujer que ha comercializado con su físico como presentadora de un programa televisivo de aerobic ve cómo al envejecer su cadena no duda en desecharla como un pañuelo lleno de mocos. Y es esta última la que se estrena en cines esta semana.

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