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'Joker: Folie à Deux': el soporífero musical judicial que no gustará ni a unos ni a otros
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'Joker: Folie à Deux': el soporífero musical judicial que no gustará ni a unos ni a otros

Joaquin Phoenix y Lady Gaga se entregan en una mezcla de géneros -drama, musical, judicial, superhéroes- arriesgada que no acaba de cuajar

Foto: Joaquin Phoenix y Lady Gaga protagonizan la secuela de 'Joker', dirigida por Todd Phillips. (Warner)
Joaquin Phoenix y Lady Gaga protagonizan la secuela de 'Joker', dirigida por Todd Phillips. (Warner)

Imaginen que están viendo Anatomía de una caída, la parte judicial en la que la protagonista, interpretada por Sandra Hüller, debe demostrar si es o no una asesina. El juez juzga, los testigos testifican y la acusada... se pone a cantar como un crooner de los años sesenta. Imaginen, aún más, que Hüller ha maquillado su cara como la de un payaso. Y que todo el mundo implicado, desde los extras hasta el director, pretenden que el respetable ignore que hay un tipo cariacontecido con la cara embadurnada en maquillaje circense entonando canciones sobre la paradoja de Epicuro, sobre si el mal existe, en este nuestro juicio final. Todo muy solemne y muy trascendental, pero ahí están los zapatos de clown. Así es Joker: Folie à Deux, una propuesta plausible por lo arriesgado e inusual y abucheable por lo desarticulada y presuntuosa, que busca elevar el material sobre el que se basa, pero que sólo consigue acrecentar sus defectos. Joker: Folie à Deux es como ir a la boda de tu prima vestida para entrar en Ascot: el ridículo.

Hay mucha gente a la que el éxito le sienta mal. Buenos escritores que tras ganar un premio regional se piensan Hemingway y se pierden tratando de imitarlo en la prosa y en la vida. Lo más indigesto de Joker: Folie à Deux no es su reiteración, su problema de amalgamamiento ni el tedio con el que se suceden las escenas, sino la pomposidad con la que el director, Todd Phillips, trata al espectador. Phillips se enfrentó a la primera entrega de Joker (2019) con la idea de trasladar al villano de DC al realismo sucio, un paso más allá de lo que había hecho Nolan con El caballero oscuro. Heredero del Travis Bikle de Taxi Driver, el protagonista de Joker, Arthur Fleck, es el resultado de un contexto que lo ha abandonado, un hombre enfermo mental, nacido en una familia disfuncional, que canaliza sus traumas y sus inseguridades con la siembra del caos. Para rizar el rizo, en Joker, el personaje de Phoenix acaba matando a un presentador de televisión interpretado por Robert de Niro.

El director de Resacón en Las Vegas (2015) ancló la película en la actualidad política, apuntando a la crisis de la salud mental, la desafección social, el abuso y la desigualdad como caldo de cultivo perfecto para el auge de los populismos. Aupada por un León de Oro de Venecia inesperado y provocador, Joker trascendió el estatus crítico de "película de superhéroes". Pero también arrastró dedos que la acusaban de glamurizar el desacato y el caos social en un preludio premonitorio del asalto al Capitolio poco más de un año después.

placeholder Lady Gaga y Joaquin Phoenix en otro momento de la película. (Warner)
Lady Gaga y Joaquin Phoenix en otro momento de la película. (Warner)

En la secuela, Phillips se ha separado radicalmente de su antecesora, cambiando el realismo sucio por el onirismo de los musicales clásicos, pero sin la profundidad ni la coreografía de, por ejemplo, Vicente Minnelli. Pero Phillips no se ha distanciado tan solo en la forma, sino también en el fondo, en un propósito de enmienda que pasa a advertir de los peligros del populismo, de la imposibilidad de controlar el incendio de las masas cuando se ha prendido la mecha. Aquí Phillips también se dirige a los líderes: su valor es meramente simbólico y, cuando dejen de ser útiles, también serán arrollados.

Ahora Arthur Fleck vuelve dopado con un presupuesto que cuadriplica el de la primera entrega y con un dispositivo visual de gran vodevil, con la fotografía expresiva de Lawrence Sher y una batería de temas musicales de los años sesenta y setenta que permiten que Lady Gaga se explaye en su virtuosismo vocal y en su carisma. Y Phoenix se esfuerza en estar a la altura de su coprotagonista, a pesar de su voz gangosa, y consigue sobrevivir con dignidad al reto. La implicación de Phoenix para con su personaje es admirable: su cuerpo anoréxico, el subrayado de las extrañezas de su anatomía, la intensidad de su risa-llanto. Pero el Arthur Fleck coescrito por Scott Silver es tan plano que poco puede ahondar el actor dentro de él.

placeholder Joaquin Phoenix es Arthur Fleck, un enfermo mental que sólo busca amor. (Warner)
Joaquin Phoenix es Arthur Fleck, un enfermo mental que sólo busca amor. (Warner)

Tras los asesinatos ocurridos en la primera entrega, a Fleck (Phoenix) lo internan en Arkham Asylum, una institución penal mental en la que se ha convertido en el ídolo de los reclusos. Allí su abogada (Catherine Keener) lo prepara para el juicio -mediático y penal- que le espera. Pretende que a Fleck se le exima de la responsabilidad de los crímenes y que se le reconozca como enfermo mental. Lo más parecido a una relación de amistad que tiene Fleck dentro de la cárcel-manicomio es con uno de los guardas, interpretado por Brendan Gleeson, que secretamente comparte con él el sueño frustrado de dedicarse al espectáculo. Su existencia monótona y androcéntrica se tambalea cuando, en el coro de la cárcel, Fleck conoce a Harleen Quinzel (Lady Gaga), otra enferma institucionalizada, con la que surge un flechazo a primera vista. Juntos, cantando, se evaden en su mundo de fantasía y de canciones de los años 60 y 70, un romance atípico entre dos amantes desahuciados.

La preparación del juicio -y el juicio en sí- se entrelazan con números musicales que se resignifican al aplicarse al destino trágico de Fleck, temas que hablan sobre las aspiraciones frustradas (Gonna Build a Mountain, que en su momento interpretó Sammy Davis Jr.), sobre la sociedad del entretenimiento y la espectacularización del drama (That’s Entertainment, cantada anteriormente Judy Garland), la salud mental (Voices, Döppelganger, compuestas para la película por Hildur Gudnadottir) o sobre la posibilidad -o imposibilidad- de ser amados (To Love Somebody, de los Bee Gees). Sin embargo, los números no sirven para levantar una trama que se limita a repetir lo que ya vimos en la primera película; peor, lo hace a través de diálogos y no de imágenes. ¿Para qué querríamos que nos contasen en boca lo que ya hemos visto?

El conflicto de Fleck se limita a decidirse por una faceta de su personalidad, la del enfermo mental torturado que le evitará la silla eléctrica o la del líder del caos y de las masas, la de Arthur Fleck o la del Joker, la vida o la fama. La película sufre también al no saber elegir -o no saber combinar- sus naturalezas opuestas: Joker: Folie à Deux no gustará a los que esperan una continuación de la entrega anterior, ni a los amantes del musical, ni a los incondicionales de DC. Joker: Folie à Deux lo apuesta todo a la originalidad e improbabilidad de su mezcla improbable de géneros, pero la gratificación que ofrece más allá es mínima, como esos videos de recetas made in USA que encontramos en Tik Tok: quizás para hacer ese pastel de criadillas con masa de galletas -no se pierdan el vídeo- haya que ser un genio. O un loco.

Imaginen que están viendo Anatomía de una caída, la parte judicial en la que la protagonista, interpretada por Sandra Hüller, debe demostrar si es o no una asesina. El juez juzga, los testigos testifican y la acusada... se pone a cantar como un crooner de los años sesenta. Imaginen, aún más, que Hüller ha maquillado su cara como la de un payaso. Y que todo el mundo implicado, desde los extras hasta el director, pretenden que el respetable ignore que hay un tipo cariacontecido con la cara embadurnada en maquillaje circense entonando canciones sobre la paradoja de Epicuro, sobre si el mal existe, en este nuestro juicio final. Todo muy solemne y muy trascendental, pero ahí están los zapatos de clown. Así es Joker: Folie à Deux, una propuesta plausible por lo arriesgado e inusual y abucheable por lo desarticulada y presuntuosa, que busca elevar el material sobre el que se basa, pero que sólo consigue acrecentar sus defectos. Joker: Folie à Deux es como ir a la boda de tu prima vestida para entrar en Ascot: el ridículo.

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