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'Bitelchús, Bitelchús': demasiada nostalgia y demasiado poca escatología
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'Bitelchús, Bitelchús': demasiada nostalgia y demasiado poca escatología

Treinta y seis años después Tim Burton rescata a Bitelchús, el protagonista de su primer gran éxito comercial

Foto: Michael Keaton retoma el papel de Bitelchús treinta y seis años después. (Warner)
Michael Keaton retoma el papel de Bitelchús treinta y seis años después. (Warner)

Treinta y seis años después todos somos bastante más viejos y descreídos, salvo Tim Burton, que el Bitelchús, Bitelchús vuelve a demostrar que sigue creyendo en el amor romántico y en los monstruos debajo de la cama. La primera entrega de esta ahora bilogía fue el primer gran éxito de un Burton treintañero que venía de trabajar como animador en Disney, dirigir una docena de cortos -entre ellos Vincent (1982) y Frankenweenie (1984)- y de debutar en el largometraje con La gran aventura de Pee-Wee (1987). Los noventa fueron la época dorada del gótico de Burbank: seis películas en diez años, entre las que se encuentran los dos Batman (1989,1992) -el primero ha envejecido muy mal, el segundo muy bien-, el clásico victoriano Eduardo Manostijeras (1990), la carta de amor al cine y a los perdedores que es Ed Wood (1994), la travesura interplanetaria Mars Attacks (1996) y la adaptación al cine del clásico de terror de Washington Irving, Sleepy Hollow (1999), el jinete sin cabeza. Ah, y el libro de poemas La melancólica muerte de Chico Ostra (1997), heredero de Edward Gorey, una de las principales influencias del director, que en sus libros de ilustraciones mezcló el humor con lo macabro. Si no han leído Amphygorey, se lo recomiendo.

Con el cambio de milenio la oscuridad romántica de vampiros y absenta y camisas con chorreras pasó a estar demodé, y el cine de Burton perdió su mojo, con inesperados destellos como Big Fish (2003) o La novia cadáver (2005), para caer en la autofagia después. Con la edad parece inevitable aburguesarse y el friki incomprendido que soñaba con despeñar a Miss América -más bien la idea de la América rubia, pija y bronceada- de un edificio, ha acabado en un cine complaciente y edulcorado, más parecido al Disney del que le despidieron.

Presentada en el Festival de Venecia fuera de concurso, con Bitelchús Bitelchús Burton se mantiene en esa zona de confort, en un territorio conocido y nostálgico, una especie de reunión de antiguos alumnos a la que asisten Michael Keaton y Catherine O'Hara -nadie diría que rebasan la setentena-, Winona Ryder -empeñada en un extraño registro gutural- y Danny DeVito -en un papel diminuto pero entrañable-. Como una burbuja impermeable, la película podría haber ocurrido en cualquier tiempo pasado o futuro; podría haber tenido lugar en los noventa, en los dosmil, en los dosmil diez, porque no hay nada que la conecte a ninguna actualidad. Tan sólo una rápida crítica al mundo de los móviles e instragram. Por lo demás, no hay nada que diferencie a la Lydia Deetz (Ryder) de los ochenta de Astrid Deetz (Jenna Ortega), como si un adolescente de los años 80 y un adolescente de 2024 fuesen perfectamente intercambiables. Entramos en el terreno de la fábula, sí, pero esa desconexión hace que la película sea algo añeja incluso antes de estrenarse.

placeholder Winona Ryder y Michael Keaton en 'Bitelchús Bitelchús'. (Warner)
Winona Ryder y Michael Keaton en 'Bitelchús Bitelchús'. (Warner)

Tres décadas después, la adolescente torturada Lydia Deetz se ha convertido en una estrella de la televisión gracias a un programa sobre casas encantadas. Trabaja como medium gracias a su habilidad para hablar con los muertos. Sale con su agente, Rory (Justin Theroux), un new romantic afectado y pasivo-agresivo, y tiene una hija, Astrid, que no le dirige la palabra. Y últimamente siente la presencia de Bitelchús, el demonio que la acosó en la primera entrega. La muerte en un accidente de tiburón del padre de Lydia -ante la negativa del actor Jeffrey Jones de aparecer en la secuela, Burton ha optado porque un escualo arranque la cabeza a su personaje- la obliga a volver junto a su madrastra Delia (Catherine O'Hara) a la mansión familiar en Winter Rivers, en el Connecticut rural. Por su parte, en el inframundo, Bitelchús sigue esperando reencontrarse en algún momento con Lydia y casarse. Lo que no espera es que a él también le va a acosar su exmujer, Delores (Mónica Bellucci), una sorbealmas que mata a los muertos: no hay más allá del Más Allá.

Gran parte de Bitelchús Bitelchús se centra en lo complejo (y dramático) de las relaciones paternofiliales. Padres que mueren en extrañas circunstancias acuáticas, madres y madrastras que no saben comunicarse con sus hijas, mucha teenage angst. Burton pone más énfasis en las tragedias del mundo de los vivos que en el cachondeo del mundo de los muertos, donde los fantasmas bailan soul, los desiertos están agujereados por gusanos gigantes, los funcionarios son cabezas jibarizadas y la ley es un actor de películas de acción de serie Z que se cree policía, uno de los grandes hallazgos del nuevo reparto, encarnado por Willem Dafoe en un papel muy divertido.

placeholder Jenna Ortega es Astrid. (Warner)
Jenna Ortega es Astrid. (Warner)

Porque es la comedia de Dafoe, O'Hara y, sobre todo, Michael Keaton lo que levanta Bitelchús, Bitelchús. Keaton vuelve a demostrar su versatilidad y su gran vis humorística y se echa de menos una mayor presencia de su personaje, perdido entre las diversas tramas sensibleras. Sus chistes groseros y escatológicos y su desvergüenza macarra salvan los platos en una película menos transgresora que su predecesora y que dulcifica en exceso los pocos momentos siniestros que podrían haber resultado en una película con muchos más contrastes.

Tampoco consigue Jenna Ortega -que ya entró en el universo Burton con la serie Miércoles- darle a su personaje esa ansiedad juvenil -aparte de que quizás es demasiado mayor para el papel- y la insolencia que pide el texto: su Astrid queda un poco desdibujada y plomiza. Y Bitelchús, Bitelchús tampoco consigue reproducir un momento tan icónico como el del baile en la cena al ritmo de Banana Boat de Harry Belafonte. Lo intenta Burton con una secuencia musical en el interior de una iglesia, pero no lo consigue.

placeholder Monica Bellucci es Delores. (Warner)
Monica Bellucci es Delores. (Warner)

Tampoco se entiende el poco cuidado con el que los guionistas -entre los que se encuentra Seth Grahame Smith, autor de Orgullo, prejuicio y zombis- han construido al principal villano de la película, Delores, un híbrido entre Sally de Pesadilla antes de Navidad y La novia cadáver, con una Mónica Bellucci condenada a dos frases y a vagar por los pasillos. Poco más.

Burton siempre fue un maestro de la fantasía, de darle la vuelta a los elementos siniestros y convertirlos en algo cuqui. Todo su potencial está volcado en la creación de ese submundo heredado del expresionismo alemán, teatral, con estructuras angulosas y perspectivas imposibles, suelos de damero, llenos de finados que de un solo vistazo cuentan su historia: el glotón que se atragantó en un concurso de comer perritos calientes, la anciana a la que devoraron los gatos, la juez olímpica de lanzamiento de pértiga, atravesada por una ídem.

Y también resulta placentero reencontrarse con esas primeras notas rápidas de la orquestación de Danny Elfman mientras Burton recorre la maqueta de ese Estados Unidos de las primeras colonias, de casas victorianas de madera, árboles de hoja caduca y amplias calles por las que ir en bicicleta. El inframundo, el mundo de los monstruos, le resulta a Burton más atractivo que la constricción de la sociedad suburbial estadounidense, más de cartón piedra. Pero Bitelchús Bitelchús es un ejercicio más de nostalgia, cómodo, confortable y amable, con moraleja final y tan buenas intenciones como falta de ambición.

Treinta y seis años después todos somos bastante más viejos y descreídos, salvo Tim Burton, que el Bitelchús, Bitelchús vuelve a demostrar que sigue creyendo en el amor romántico y en los monstruos debajo de la cama. La primera entrega de esta ahora bilogía fue el primer gran éxito de un Burton treintañero que venía de trabajar como animador en Disney, dirigir una docena de cortos -entre ellos Vincent (1982) y Frankenweenie (1984)- y de debutar en el largometraje con La gran aventura de Pee-Wee (1987). Los noventa fueron la época dorada del gótico de Burbank: seis películas en diez años, entre las que se encuentran los dos Batman (1989,1992) -el primero ha envejecido muy mal, el segundo muy bien-, el clásico victoriano Eduardo Manostijeras (1990), la carta de amor al cine y a los perdedores que es Ed Wood (1994), la travesura interplanetaria Mars Attacks (1996) y la adaptación al cine del clásico de terror de Washington Irving, Sleepy Hollow (1999), el jinete sin cabeza. Ah, y el libro de poemas La melancólica muerte de Chico Ostra (1997), heredero de Edward Gorey, una de las principales influencias del director, que en sus libros de ilustraciones mezcló el humor con lo macabro. Si no han leído Amphygorey, se lo recomiendo.

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