'Azul': cuando el cine era bueno (y nosotros también)
Fascina ver la obra maestra de Kieslowski en 2024, sobre todo si fuiste uno de los 600.000 espectadores que la vio en 1993
En noviembre de 1993, yo tenía dieciocho años y sólo iba al cine a ver las películas que me decía la prensa cultural que tenía que ver. Todo lo que recibía un aluvión de estrellitas en la Guía del Ocio o recomendaba Carlos Boyero o ganaba en Cannes o Berlín, o salía en la portada de Metrópoli o en la del Tentaciones de El País podía contar con engañarme. Fue el engaño continuado más gratificante de mi vida. Todo lo que sé de cine se lo debo a un periodismo cultural bien hecho. Y al programa de José Luis Garci (¡Qué grande es el cine!) y al
El resultado es que en 2024 reestrenan Azul (1993), de Kristof Kieslowski, y sólo puedes estar agradecido de que ésas fueran las películas que antes te decía la crítica cinematográfica que tenías que ver. Dentro de treinta años, nadie dará las gracias a la crítica por haberle hecho ir a ver El mal no existe.
Volví a ver la película en un Renoir el sábado pasado. Éramos veintiséis personas. Miré al resto de espectadores con atención, uno a uno, mientras empezaba la cosa. Y supe, con una seguridad absoluta, que éramos los mismos que habíamos visto Azul en noviembre de 1993. No era improbable que alguno de nosotros la hubiéramos visto juntos, a la misma hora y en la misma sala (Kieslowski tiene una película titulada El azar). Salvo dos jóvenes que entraron luego, nadie tenía menos canas que yo. Habíamos ido al cine no para ver Azul, sino para ver cómo es eso de que pasen treinta años.
Es bastante fuerte.
Antes (llámenme nostálgico y cascarrabias), el cine era algo sagrado. El silencio en un cine era algo sagrado, y llegar a tiempo y no molestar y no parpadear siquiera mientras circulaban las imágenes. Con Azul 2024, tres o cuatro espectadores entraron en la sala cuando la película llevaba cinco minutos en marcha, y buscaron sus butacas con el móvil encendido, como policías en un thriller barato. En 1993, hubiéramos fusilado a esta gente.
Como saben por la competencia, Azul es la primera entrega de una trilogía afrancesada donde los títulos de las películas configuran la bandera gala y su temática profunda se inspira en los preceptos básicos de la Ilustración: Libertad (Azul), Igualdad (Blanco) y Fraternidad (Rojo). Todo esto es una coquetería inspiracional sin la menor importancia, también les digo.
Azul trata de una mujer que pierde, en la primera secuencia del filme, a su hijo y a su marido, en un accidente de tráfico. Todo lo que viene después es duelo y poesía, el “poema visual” de Jean-Luc Godard y la escultura en el tiempo de Tarkovski. Kieslowski no quiere contar una historia, quiere crear imágenes nuevas. La suma de todas las palabras que pronuncian los actores no debe de superar los cinco folios. Casi no dicen nada, o nada extraordinario. Como mucho, intercambian tres o cuatro parlamentos. Azul es una exploración de la cámara, un filmar lo no filmado, un combinar tierra y cenizas.
Vemos en primerísimo plano un terrón de azúcar, la punta del terrón toca el café y el café asciende durante tres o cuatro segundos hasta teñir de marrón todo el azúcar. Vemos a Juliette Binoche destrozarse los nudillos de la mano derecha contra un muro de piedras (lo hizo de verdad). Vemos su dedo índice recorrer una partitura y hacer sonar la música.
Las imágenes que más me han impresionado en 2024 de Azul son exactamente las mismas que me impresionaron en 1993. El tiempo no ha dejado en evidencia una frivolidad artística que hace treinta años pasáramos por alto. Azul sigue siendo increíblemente densa, bella, pura y verdadera.
Una defensa de Europa
Lo que no puede entender un espectador virginal de hoy es lo que representaba esta película a principios de los años 90. Era una defensa de Europa. En el cine, la palabra Europa sonaba entonces a nuestro favor, nos sentíamos orgullosos de ser Europa, teníamos claro qué significaba ser europeo y Lars von Trier estrenaba Europa (1991) y Agnieska Holland estrenaba, poco antes, Europa, Europa (1990).
Azul encadena escenas, gags y caprichos que apuntan todos en dirección a un escenario común civilizado y culto, progresista. No en vano, el marido de la protagonista es compositor y trabajaba antes de su muerte en una sinfonía por encargo del Consejo de Europa.
Como les he dicho en otra ocasión, nada de lo que hoy se reivindica con furia delirante estaba ausente en los años 90, sólo que entonces se defendía sin la psicosis de la superioridad moral. Cuando Azul nos muestra a una anciana yendo a reciclar una botella de cristal (encantadora escena que se repite en Blanco y Rojo), Kieslowski nos habla de ecología, sin sermones. Cuando Binoche llama al secretario de su marido muerto para que se acueste con ella, Kieslowski nos habla de feminismo, sin sermones. Y cuando Binoche le regala su casa a la amante embarazada de su marido, ¿no es un gesto de sororidad totalmente insuperable?
La vecina de Binoche trabaja en un local de strip tease porque “le gusta”; y nunca lleva ropa interior. No hace falta darse tantos aires, amigas, se puede hacer con dos gestos y dos frases.
De noche, Binoche oye ruido en la calle y ve a tres hombres dar una paliza a otro. En 1993, todos sabíamos lo que nos estaba diciendo Kieslowski con esa escena.
Por si fuera poco, la trama sugiere que quizá el personaje de Binoche era el que componía en secreto para su marido, argumento que hoy en día (véase Fortuna, de Hernán Díaz), muchos creen que no se le había ocurrido antes a nadie.
Por no hablar del modelo de mujer que representaba Juliette Binoche, nunca filmada más guapa, más icónica, más maravillosa que por Kieslowski en Azul.
En noviembre de 1993, yo tenía dieciocho años y sólo iba al cine a ver las películas que me decía la prensa cultural que tenía que ver. Todo lo que recibía un aluvión de estrellitas en la Guía del Ocio o recomendaba Carlos Boyero o ganaba en Cannes o Berlín, o salía en la portada de Metrópoli o en la del Tentaciones de El País podía contar con engañarme. Fue el engaño continuado más gratificante de mi vida. Todo lo que sé de cine se lo debo a un periodismo cultural bien hecho. Y al programa de José Luis Garci (¡Qué grande es el cine!) y al