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'París, Distrito 13': historias de amor que no te interesan nada
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'París, Distrito 13': historias de amor que no te interesan nada

Jacques Audiard escribe y dirige una película menor, modesta, aburridilla y desangelada. Elegir rodarla en blanco y negro es solo una de sus más evidentes pifias

Foto: Fotograma de 'París, Distrito 13'.
Fotograma de 'París, Distrito 13'.

Dejarlo es imposible, y continuar solo sirve para hacerte daño. Este es un poco el martirio del artista cuya obra se alimenta de entregas sucesivas, más películas, más libros, otro disco. Alcanzado el cielo de tu arte, con lo que comúnmente se considera una obra maestra, el director de cine o el grupo pop podrían muy bien abandonar completamente la creación, y así dejar las cosas perfectamente ordenadas para su aprecio en la posteridad. Pero, entre que hay que comer, que uno no sabe hacer otra cosa y que —ojo— uno tampoco sabe lo que ha hecho hasta que el público dicta sentencia, tenemos que la gente de genio se va hundiendo en la más absoluta mediocridad.

Jacques Audiard ha filmado tres de las mejores películas del siglo XXI: 'De latir, mi corazón se ha parado' (2005), 'Un profeta' (2009) y 'De óxido y hueso' (2012). Era cine social épico. Por un lado, tenía esa cosa que tienen los franceses que son capaces de filmar la vida del barrio, la casa pobre y la gente que no viste de ninguna manera especial con increíble verosimilitud. Recuerdo de hecho ver en el mismo mes 'Un profeta' y 'Celda 211' (Daniel Monzón, 2009), y pensar que solo en Francia había cárceles como Dios manda. La prisión de 'Celda 211', por mucho que fuera una prisión verdadera, parecía una guardería de Carabanchel.

Audiard era como un Tarantino con conciencia de clase, un cruce entre el primer Ken Loach y el último Alfred Hitchcock

Además, en estas grandes obras de Audiard había crimen, sangre, acción violenta, 'thriller' de la mejor especie. Desde el amoral protagonista de 'De latir, mi corazón se ha parado', a la canónica escena sobre la esencia de la paternidad con que se cierra 'De óxido y hueso', pasando por el ajusticiamiento iniciático de Tahar Rahim en 'Un profeta', Audiard era como un Tarantino con conciencia de clase, un cruce entre el primer Ken Loach y el último Alfred Hitchcock. Por si fuera poco, contaba con Marion Cotillard, el propio Rahim o Romain Duris para bordar sus propuestas.

Ahora, después de la desconcertante 'Sisters Brothers' (2020), Jacques Audiard escribe y dirige una película menor, modesta, aburridilla y desangelada. Elegir rodarla en blanco y negro es solo una de sus más evidentes pifias.

Desde, como poco, principios de los noventa ('Ed Wood', 1992; 'La lista de Schindler'), rodar en blanco y negro es una buena forma de prestigiar tu película o, en su defecto, conseguir que nadie vaya a verla. Queremos ver la vida en colores, amigos, para eso pagamos la entrada. Rodar en blanco y negro es lo que hizo Alfonso Cuarón con 'Roma' (2020), y el motivo de que Kenneth Branagh rodara 'Belfast' (2021) en ese mismo formato; parece que tiene sentido que la memoria de la infancia se filme en tonalidades de gris. Pero 'París, Distrito 13' es presente puro, 'apps' para ligar, amor líquido y trabajadoras sexuales 'online'. Ponerlo todo en blanco y negro ha sido una ocurrencia, sin duda, empobrecedora.

La película trata sobre la vida amorosa de un profesor de raza negra y una joven precaria de origen taiwanés, amén de abordar la llegada a París de una treintañera procedente de la provincia y sus problemas de adaptación. Todo lo que propone 'París, Distrito 13' está mucho mejor hecho en decenas de películas recientes. Hay cierta inclinación por rodar escenas de sexo desacomplejadamente, pero resultan poco rompedoras comparadas con las de 'La vida de Adèle' (Abdellatif Kechiche, 2013), sin ir más lejos. También se busca algún tipo de denuncia social relacionada con los entornos educativos, así como con los ambientes laborales puramente alimentarios, denuncia que se ha hecho ya de forma suficientemente cruda y mucho más verídica en las filmografías de los hermanos Dardenne o de Robert Guédiguian. Las incursiones en la modernidad del amor, en su vertiente tecnológica, resultan cándidas para cualquier espectador, y si has visto 'Pvt chat' (Ben Hozie, 2020) ya lo has visto todo sobre el tema. Eso sí, la música electrónica de 'París, Distrito 13' está muy bien.

Hay cierta inclinación por rodar escenas de sexo desacomplejadamente, pero resultan poco rompedoras comparadas con 'La vida de Adèle'

El filme te aburre como una ópera prima que no está del todo mal hasta que llega la chica de Burdeos, interpretada por Noémie Merlant, en lo que parece la única actriz de verdad que ha encontrado disponible Jacques Audiard para su película. Sus problemas especulares con una estrella porno de internet parecen abrir paso al Audiard grotesco y sanguinario, abrasivamente emocional, que tantas escenas impactantes ha dejado para la historia del cine. Pero la cosa no se sale de madre y enseguida la película vuelve por los cauces elegidos, que son los de la cursilería, la previsibilidad y un blanco y negro por el que definitivamente no le recomiendo a usted pagar 9,40 euros.

Dejarlo es imposible, y continuar solo sirve para hacerte daño. Este es un poco el martirio del artista cuya obra se alimenta de entregas sucesivas, más películas, más libros, otro disco. Alcanzado el cielo de tu arte, con lo que comúnmente se considera una obra maestra, el director de cine o el grupo pop podrían muy bien abandonar completamente la creación, y así dejar las cosas perfectamente ordenadas para su aprecio en la posteridad. Pero, entre que hay que comer, que uno no sabe hacer otra cosa y que —ojo— uno tampoco sabe lo que ha hecho hasta que el público dicta sentencia, tenemos que la gente de genio se va hundiendo en la más absoluta mediocridad.

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