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Ni sexo ni violencia: no se pierdan lo último de Paul Thomas Anderson
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Ni sexo ni violencia: no se pierdan lo último de Paul Thomas Anderson

Paul Thomas Anderson fabula una historia de amor californiana y setentera con la audacia narrativa y el escrúpulo estético que más lo caracterizan

Foto: 'Licorice Pizza'.
'Licorice Pizza'.

Una película larga, de las que ya no se conciben (133 minutos). Una factura analógica. Ni sexo ni efectos especiales. Tampoco violencia ni la más leve alusión a las cuestiones coyunturales. Una película sin política, ni reivindicaciones, ni activismo. Ni concesiones al abrevadero cultural. Acaso el único 'escándalo' consista en la manera en que pueda desenvolverse la relación sentimental de un adolescente con acné y una mujer de 25 años, pero tampoco en ese caso concreto la 'comedia romántica' de Paul Thomas Anderson aspira a suscitar controversias estériles ni debates generacionales. Cuestión de disfrutarla en su narrativa y su plasticidad. Y de ensimismarse en su ritmo, en sus curvas, en sus gags estratégicos.

Los hay explícitos, como la parodia de Sean Penn emulando a William Holden en la crisis de identidad sexagenaria (los clichés del actor que devoran a la persona, como Tarzán a Weissmüller). Y los hay implícitos, como el propio título de la película: 'Licorice Pizza' emula una broma que se traían Abbot y Costello cuando pretendían vender discos de vinilo haciéndolos pasar por pizzas de regaliz ('licorice', en inglés).

Tráiler de 'Licorce Pizza'

Se le podría reprochar al filme la cursilería del desenlace —no procede destriparlo—, pero ni siquiera las objeciones sentimentaloides pueden tomarse en serio porque 'Licorice Pizza' se ríe de sí misma. Y de las peripecias de un chaval de 15 años —Cooper Hofmann, el hijo del difunto Philip Seymour Hoffman— cuyo talento para los negocios emergentes —de las camas de agua a las máquinas de 'pinball'— se desempeña en paralelo a la torpeza de sus estrategias de seducción. Las observa con candor la mujer cortejada —Alana Haim— y las termina incorporando a las peripecias que reaniman la película con las prestaciones estelares de los actores secundarios. Si es que puede hablarse de secundarios cuando intervienen el carisma de Tom Waits o la testosterona de Bradley Cooper, a quien corresponde representar el papel real —y caricaturizado— de un amante 'verdadero' de Barbra Streisand.

Reputación de 'fucker'

Jon Peters, se llamaba. Fue productor y peluquero. Y adquirió merecida reputación de 'fucker' en Los Ángeles de los años setenta. Y no es que la película de Anderson pretenda reconstruir puntillosamente unos u otros episodios históricos, pero sí describe una época y una sociedad que no conoció, y que, curiosamente, parece el reflejo de una memoria heredada —igual que Tarantino en 'Érase una vez en Hollywood'—, de tal manera que 'Licorice Pizza' es un fresco pop que se relame en una nostalgia felizmente impostada. Y que se recrea en una suerte de fantasía californiana partiendo de la sugestión atmosférica de la banda sonora. No escoge Anderson la zona noble de Beverly Hills ni los destellos de Hollywood, sino la clase media y obrera del Valle de San Fernando en la ladera oculta de la montaña mágica. Una historia de amor cuyo escenario de fondo identifica la crisis petrolífera de 1973, la agonía política de Nixon y hasta el impacto pornográfico de 'Garganta profunda', pero lejos de cualquier aspiración sociológica, moralizante y editorializante. Cine es cine, diría P.T.A. revalidando el eslogan más famoso del entrenador serbio Vujadin Boskov (fútbol es fútbol).

Anderson cultiva un cine atípico y congrega una feligresía devota que se identifica en la sensibilidad y en la plástica

Anderson tiene una relación orgánica y hasta biológica con el cine. Y hasta con Hollywood. Lo demuestra la evidencia de que nació en el barrio de Studio City. Lo prueba la sensación de pertinencia a una cultura 'clásica' del cine que le permite explorarla con todas las libertades.

Se entiende así mejor la naturaleza de la fábula que imprime carácter a su película. Y la audacia con que sobrevive a las presiones de la industria contemporánea, quizá porque Paul Thomas Anderson —'Magnolia', 'Pozos de ambición', 'El hilo invisible'— ha cultivado un cine atípico y ha congregado una feligresía devota que se identifica en la sensibilidad y en la plástica. Es la posición de privilegio que le permite seguir rodando en celuloide. Y que le consiente sorprender al espectador lejos de todas las convenciones, tanto por el esfuerzo artesanal como por la inteligencia y el estupor estético que convierten una historia menor-de-amor en un acontecimiento cinematográfico. Procede ir al cine para abstraerse. Las tiranías domésticas —el móvil, las obligaciones familiares, el segundero— contradicen cualquier ejercicio de concentración. Es más, los verdaderos andersonianos deberían limitarse a 'contemplar' 'Licorice Pizza' en los dos únicos cines del territorio español —Phenomena Experience, de Barcelona, y Palafox, de Zaragoza— que la proyectan en la resolución de 70 mm.

Una película larga, de las que ya no se conciben (133 minutos). Una factura analógica. Ni sexo ni efectos especiales. Tampoco violencia ni la más leve alusión a las cuestiones coyunturales. Una película sin política, ni reivindicaciones, ni activismo. Ni concesiones al abrevadero cultural. Acaso el único 'escándalo' consista en la manera en que pueda desenvolverse la relación sentimental de un adolescente con acné y una mujer de 25 años, pero tampoco en ese caso concreto la 'comedia romántica' de Paul Thomas Anderson aspira a suscitar controversias estériles ni debates generacionales. Cuestión de disfrutarla en su narrativa y su plasticidad. Y de ensimismarse en su ritmo, en sus curvas, en sus gags estratégicos.

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