'Queridos camaradas': ¿denuncia de los crímenes comunistas o defensa de Stalin?
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'Queridos camaradas': ¿denuncia de los crímenes comunistas o defensa de Stalin?

Andrei Konchalovsky logra su mejor película al ocuparse de la matanza de Novocherkassk, pero también la de trasfondo más inquietante

placeholder Foto: Fotograma de 'Queridos camaradas'.
Fotograma de 'Queridos camaradas'.

Andrei Konchalovsky probablemente estará harto de que todo cuanto se escriba acerca de él incluya una mención a los bandazos que su carrera ha dado. Pero es que ha dado muchos. El ruso empezó como guionista de Andrei Tarkovsky en obras maestras como ‘La infancia de Iván’ y ‘Andrei Rublev’, pero también ha dirigido a Sylvester Stallone y Kurt Russell en el ‘actioner’ ‘Tango & Cash’. Entre el resto de sus proyectos hay una monumental epopeya soviética llamada ‘Siberiada’, una versión en 3D de ‘El Cascanueces’, un 'biopic' de Miguel Ángel Buonarroti y una película ambientada en un pabellón psiquiátrico durante la guerra de Chechenia, protagonizada por Bryan Adams. Es una filmografía rara. Y ahora, con 83 años, ha dirigido la que podría ser su mejor película como director.

‘Queridos camaradas’ es el descarnado retrato de una sociedad fagocitada por sus supuestos ideales. Rememora la matanza que tuvo lugar en la ciudad de Novocherkassk el 2 de junio de 1962, cuando las autoridades soviéticas —¿El ejército? ¿La KGB?abrieron fuego contra un grupo de manifestantes que apoyaban la huelga de los trabajadores de las fábricas. Oficialmente murieron 26 personas, pero la versión de muchos de quienes estuvieran allí asegura que las víctimas fueron muchas más. Los cuerpos fueron enterrados en secreto y los medios mantuvieron silencio acerca de la masacre, que además no fue reconocida ni investigada por la oficialidad rusa hasta 30 años después, tras la caída de la Unión Soviética.

Tráiler de 'Queridos camaradas'

Konchalovsky filma la matanza de forma implacable, y el esquema visual de la película —blanco y negro, formato de pantalla televisivo— hace que las imágenes de los hechos posean el tipo de urgencia y energía del material de archivo. En todo caso, lo que más le interesa no es el episodio en sí sino sus consecuencias, y en concreto la velocidad con la que el aparato represor cobró vida para organizar el gigantesco encubrimiento. Para ello acompaña a Lyuda (Yuliya Vysotskaya), una burócrata del gobierno local. Al principio del relato está orgullosa de su posición en el partido y convencida de sus ideales, pero tras la masacre descubre que su hija se encuentra entre los desaparecidos. Con la ayuda reacia de un oficial de la KGB, la mujer se embarca en una búsqueda desesperada a través de pasillos salpicados de sangre y telarañas administrativas para averiguar si su hija permanece escondida en algún lugar para evitar el arresto o si, por el contrario, está entre los cadáveres no identificados apilados en fosas comunes. En el proceso, inevitablemente, algo en ella se resquebraja.

Conviene recordar que Konchalovsky está vinculado a Putin, que siempre ha promovido una revalidación de la figura de Stalin

Lyuda no es una mujer heroica ni particularmente amable, pero a pesar de ello Konchalovsky y Vysotskaya logran que sintamos empatía hacia ella. Y por el hecho de pertenecer al bando de los perpetradores, de ser una mujer que gracias a su situación de privilegio puede recibir más comida y vivir mucho mejor que sus vecinos, su presencia en el centro de la historia —y no la de, por ejemplo, una madre perteneciente a la clase obrera— es una forma eficaz de señalar las contradicciones del comunismo soviético. Lyuda siempre ha sido una defensora a ultranza de Stalin, y siente nostalgia de los años de la guerra porque, según dice, “entonces todo tenía sentido, quién era el enemigo y quién era uno de los nuestros”. En la URSS pos-estalinista, en cambio, el ejército dispara contra la ciudadanía y nadie puede abrir la boca sin correr el riesgo de desaparecer rápida y misteriosamente del mapa.

Si hay un aspecto verdaderamente problemático en ‘Queridos camaradas’ es que, en última instancia, parece usar la masacre de Novocherkassk como un instrumento con el que ensalzar el régimen de Stalin. De principio a fin, la película sostiene que aquel periodo estuvo lleno de horrores y purgas, sí, pero también a diferencia del régimen de Khrushchev de verdaderos ideales. Teniendo eso en cuenta, conviene recordar que Konchalovsky y su entorno siempre han estado particularmente vinculados con Vladímir Putin, que desde su ascenso al poder hace décadas ha promovido una revalidación de la figura de Stalin como líder fuerte que logró una victoria en la Segunda Guerra Mundial y convirtió la Unión Soviética en una superpotencia. Aunque menos patriotero que su hermano, el también director Nikita Mikhalkov, Konchalovsky ha disfrutado siempre de todos los privilegios que la cercanía al Kremlin puede proporcionar a un cineasta, ya sea en forma de financiación o de medallas y demás títulos honoríficos. Y tener eso presente hace que toda la furia de la película cobre un nuevo sentido, menos conmovedor y más inquietante.

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