'El monstruo de St. Pauli': no veas esta película sin un orfidal a mano
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'El monstruo de St. Pauli': no veas esta película sin un orfidal a mano

Resulta muy difícil recomendar un filme tan repelente y, sin embargo, eficaz

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'El monstruo de St. Pauli'.

Fatih Akin siempre ha sentido atracción hacia los rincones oscuros de nuestra sociedad y nuestra psique colectiva, pero nunca antes se había adentrado en ellos tan a fondo y con tanta convicción como lo hace en su décimo largometraje de ficción. 'El monstruo de St. Pauli' es un retrato de Fritz Honka, que entre 1970 y 1975 asesinó al menos a cuatro mujeres en su apartamento ubicado en el barrio chino de Hamburgo —el mismo, por cierto donde se crio el cineasta—, y también es una película repugnante, y lo es a conciencia. Mientras nos adentra en el pavoroso mundo de su protagonista, se esfuerza por asaltarnos, sacudirnos y asquearnos. Y, teniendo eso en cuenta, es justo decir que se trata de la película más efectiva de Akin hasta la fecha.

Sus intenciones quedan claras desde su primera secuencia, en la que vemos cómo el asesino arrastra un cuerpo inerte sobre la alfombra, le quita las bragas y la faja y sostiene un serrucho. Al parecer, el sonido que la herramienta emite al penetrar en el cadáver resulta tan insoportable para él como para nosotros, por lo que en un momento del proceso decide poner música y subir el volumen. A pesar de lo que esta descripción sugiere, se trata de la más decorosa entre las cuatro escenas de asesinato incluidas en la película porque, después de todo, está encuadrada de manera que la decapitación no es visible.

Tráiler de 'El monstruo de St. Pauli'

A partir de entonces, eso sí, la violencia física se hace más explícita en la película, igual que el descontrolado estado mental de su protagonista. El relato transcurre a la manera de una sucesión cíclica de buceos en el alcohol, agresiones sexuales salvajes —a veces perpetradas con ayuda de utensilios de cocina o salchichas— y asesinatos grotescos; tras cometerlos, Honka esconde algunos de los pedazos de sus víctimas en diferentes armarios y aparadores de su apartamento, y trata de disimular el hedor resultante con ambientadores para coche. Durante un prolongado interludio narrativo en medio de la película, es cierto, contemplamos cómo el monstruo decide dejar el alcohol y llevar una vida más o menos normal, pero es inútil. No puede cambiar su naturaleza.

Cuando la acción no transcurre en el domicilio de Honka, lo hace en el bar de St. Pauli que solía frecuentar, El Guante Dorado —hoy sigue abierto—, un mugriento antro poblado por seres decrépitos, abominables y patéticos que se congregan allí para beberse la vida; el lugar perfecto donde encontrar mujeres maduras solas, lo suficientemente desesperadas como para seguir a un extraño hasta un apartamento empapelado de recortes de revistas porno. Tanto en un escenario como en el otro, Akin lo cubre todo de porquería. Allá donde miremos hay basura en cada superficie, restos de heces en los inodoros, moho en los tarros de conservas, restos de sangre y babas y vómito. La fealdad extrema se extiende a la figura misma de Honka, de cabellera grasienta, rostro perpetuamente empapado en sudor, dientes destrozados, nariz bulbosa y piel llena de cráteres. El tipo resulta amenazante, sí, pero también risible, especialmente por la torpeza con que comete sus crímenes.

Allá donde miremos hay basura, restos de heces, moho, sangre, babas y vómito

El humor negro que esas escenas generan tiene mucho que ver con la impasible mirada que Akin les dedica y las surrealistas coreografías de lucha que orquesta. La violencia que aparece en pantalla es solo moderadamente explícita, pero la incomodidad que en todo caso generan es abrumadora, en parte porque resulta casi inevitable preguntarse qué sentido tiene contemplarlas. Y, de hecho, habrá quien considere que la película misma no debería existir.

Pasó lo mismo cuando vio la luz ‘Henry: Retrato de un asesino’ (1986), que comparte con ella varios parecidos; la diferencia es que la obra maestra de John McNaughton ahondaba en la psicología de su protagonista y aquí, en cambio, el monstruo no es más que un monstruo, a pesar de que Akin dedica cierto tiempo a hacer alusiones a la corrosión moral consustancial a una sociedad lastrada por el Holocausto. Entre los parroquianos de El Guante Dorado hay un viejo oficial de las SS y una superviviente de los campos de concentración; el propio padre de Honka fue prisionero del nazismo.

Sea como sea, a su manera, la película funciona como un correctivo frente a todas esas ficciones que 'glamurizan' a los asesinos en serie. En todo momento, se muestra horrorizada por las acciones de su protagonista —aunque, es cierto, al mismo tiempo Akin da la sensación de regodearse en la exhibición de atrocidades—, y su descripción de la práctica criminal es probablemente mucho más realista que la ofrecida por la mayoría de títulos de su mismo género. A pesar de ello —o tal vez precisamente por ello—, resulta muy difícil recomendarla, porque resulta del todo repelente y deja al espectador necesitado de una ducha y un orfidal. Y, de nuevo, ahí precisamente radica su eficacia.

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